Opinión | Golpe franco
Qué manera de perder

Lamine Yamal, durante la derrota del Barça en Stamford Bridge. / Associated Press / LaPresse
El Barça ya es, otra vez, cualquier equipo que sale de su guarida, acompañado de los mejores, y es igual que su peor estampa, triste y desencantado, animado tan solo por la idea de que, a lo mejor, al volver a casa encuentra otra vez la razón de ser de su gallardía.
En esta salida a uno de los mejores campos del extranjero, fue un equipo vulgar en un escenario exigente, como se dice, hablando del desamor, en la canción más bella de Los Secretos... El mejor de sus futbolistas, Lamine Yamal, cayó como un pájaro triste, ante el más revolucionario de sus contrincantes, este hombre de la melena al viento que parece a veces azulgrana y a veces es mucho mejor que los contendientes que tiene delante.
Cucurella es más que un club, es un equipo él solo, capaz de ir de arriba a abajo sin otra ayuda que la de su propio aliento. Enfrente el equipo azulgrana pareció un cantante perdido en medio de un concierto triste que empezó tiritando y terminó llorando en la esquina en la que los futbolistas no saben qué hacer con su pasado.
El Barça que acabó con el Athletic sucumbió casi con los mismos elementos que este que cayó como un pajarillo ante el Chelsea, un equipo con una hechura que parece liviana hasta que el campo se le abre con una alegría que parecía la del propio equipo azulgrana cuando éste empezó a golear en el nuevo Camp Nou.
Sentí, mientras se desgranaban los goles ingleses, que algo grave iba a pasar como símbolo de este descalabro, y en esa temida premonición se juntaron dos desgracias que luego fueron más, hasta el 3-0 que ahora es historia sin remedio de esta salida europea.
Que el primer gol fuera en propia puerta, y tan pronto, era una especie de jugada simbólica del destino que le esperaba al Barça. El alma azulgrana había sido deshecha por la banda en la que estaba Cucurella haciendo de su amigo de selección un guiñapo que no esperaba tal desastre.
El gol en propia puerta, la triste expulsión del uruguayo cuya altura se quedó en nada, la inutilidad de los esfuerzos y, al fin, la goleada, hicieron de estos colores que regresaron a Barcelona sin alegría una realidad penosa que ahora tiene la marca europea de la derrota.
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