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Análisis del derrumbe

El Barça se devalúa en Europa: Araujo, su rostro errático

La crónica: El Barça se estrella en sus despropósitos

La contracrónica: La terrorífica noche que siempre se vive en Stamford Bridge

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Araujo se lleva por delante a Cucurella, en la acción que le costó su expulsión en Stamford Bridge.

Araujo se lleva por delante a Cucurella, en la acción que le costó su expulsión en Stamford Bridge. / NEIL HALL / EFE

Marcos López

Marcos López

Barcelona
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De nuevo, en la casilla de salida. Europa es demasiado exigente para el Barça, quien firmó en Stamford Bridge el peor partido de la ‘era Flick’. No solo por la contundente derrota (3-0), sino porque se quedó seco (no marcó ni un solo gol, algo que no había ocurrido esta temporada) y, además, cometió tantos errores conceptuales que ni la expulsión de Araujo, segunda vez en Champions que dejó desnudo al equipo, le sirve de coartada.

No tuvo juego, apenas unos minutos iniciales, ni estructura táctica para superar la exigente prueba del Chelsea, un grupo con alma, velocidad y energía que en una sola noche se llevó por delante a Lamine Yamal -inédito y apagado, absorbido como quedó por la hiperactividad de Cucurella-, superado en el escenario europeo por Estevão. En el duelo de los adolescentes prodigiosos, ganó el joven brasileño, autor de un gol soberbio que retrató la debilidad azulgrana, incapaz como fue Cubarsí de frenarlo, mientras Balde llegaba tarde a la ayuda y Joan Garcia, agujereado por todos lados, recibió tres goles en 90 minutos, algo tampoco nunca visto. Cinco tantos había encajado en sus primeros siete encuentros como guardián de la casa azulgrana. Y en Londres se agachó hasta tres veces a recoger el balón de su red.

Errores que son regalos

El Barça se confundió. No entendió lo que demandaba el partido. Ni tuvo respuestas a sus propios errores. El 1-0 nace de un córner mal defendido, con la desgracia incorporada en el autogol de Koundé, enredado con el balón que previamente había despejado Ferran Torres. Un saque de esquina defendido con la mirada. El 2-0, que llegó en la segunda parte, surge de un error previo, un imprudente error de Frenkie de Jong, perdida la identidad, ya con un jugador menos, dejando que Estevão le arrebatara todas las portadas a un gris Lamine. Y el 3-0 fue un gol que le suelen marcar al equipo de Flick, aprovechando los latifundios que deja a su espalda.

Koundé se marca en propia puerta ante Ferran Torres en Stamford Bridge.

Koundé se marca en propia puerta ante Ferran Torres en Stamford Bridge. / NEIL HALL / EFE

No se entiende, sin embargo, nada de lo que ocurrió en Stamford Bridge sin el inesperado regalo de Araujo, quien se ganó una tarjeta amarilla por empujar al colegiado como si se tratara de un delantero rival (m. 31.14). El síntoma de que el Barça, frustrado y superado, había perdido el balón. Y el control del encuentro ya que el Chelsea llevaba tres goles (dos anulados y uno legal). Una cartulina innecesaria y absurda. Parecía un pequeño detalle, pero, en realidad, el anticipo de la tragedia deportiva porque el equipo de Flick era, además, inofensivo lamentando el increíble error de Ferran Torres nada más iniciarse la noche.

Y todo se envenenó de mala manera cuando Araujo, de manera irresponsable, tumbó a Cucurrella (m. 41.21) ganándose la segunda amarilla que dejaba a los azulgranas a la intemperie. Hasta Balde, en la otra punta del campo, se echaba las manos a la cabeza al comprobar la poca pericia del uruguayo, que recuperó los demonios que le devastaron emocionalmente hace meses.

De Barcola a Cucurella

Volvió Araujo a Montjuïc. Volvió a la Champions. Volvió a aquel 16 de abril de 2024 cuando Barcola, el delantero del Paris SG, le sometió a una carrera en la que no solo le desafiaba físicamente -era mucho más rápido- sino también tácticamente. El central eligió mal. Hizo falta, vio la tarjeta roja, dejó a sus compañeros con 10 (m. 29) y el Barça de Xavi caía eliminado (1-4) en los cuartos de final.

Y de allí a Londres. Más de lo mismo. Cabalga Cucurrella por la banda izquierda y el uruguayo comete idéntico error, con la diferencia de que tenía una amarilla y de que la acción no era de gol, ni mucho menos. “No tendría que haber entrado de esta manera, pero, al final, son cosas que pasan en el fútbol. No era el momento adecuado, no era la jugada adecuada, pero es así, es lo que es”, se limitó a decir con mucha educación Flick, mordiéndose la lengua. Se precipitó de tal manera que regresó al lugar del delito.

Examen suspendido con los grandes

En Araujo, el capitán que anda perdido y desorientado, quedó retratado un errático Barça, incapaz de sobrevivir a los grandes partidos (solo consta su victoria en Newcastle), la prueba que certifica que ha perdido, al menos en este inicio de temporada, el alma y la electricidad que le convirtió en un equipo rupturista. Cayó en el Bernabéu ante el Madrid (2-1), no pudo con el PSG en Montjuïc (1-2) y el Chelsea le colocó, con otra sonora bofetada (3-0), en el kilómetro cero, a pesar del optimismo que vendió después Flick.

Hansi Flick, técnico del Barça, grita en Stamford Bridge.

Hansi Flick, técnico del Barça, grita en Stamford Bridge. / Associated Press / LaPresse

Pero su Barça vive en la zona de la clase humilde de la Champions, lejos de la aristocracia de los ochos primeros, encajando goles sin freno (seis en los dos últimos partidos europeos, tres del Brujas, tres del Chelsea), aunque no todo se reduce a un problema defensivo. No, ni mucho menos. Va más allá al punto que en Stamford Bridge, el hogar que fue de Iniesta, se marchó con solo cinco remates -una cifra indigna, sea con 11 jugadores o con 10- y únicamente dos a puerta (Lamine en la primera mitad; Raphinha, en la segunda). Es, sin duda alguna, el peor registro de la temporada.

Por eso, se vio al peor Barça del curso, superado en todo momento por el Chelsea, aunque no hay mayor drama que debilitarte a ti mismo. Y eso hizo el grupo de Flick en Londres. No fue quien debe ser. Ni quien había sido. Desde el 15 de diciembre de 2024 no se quedaba anulado. El Leganés lo consiguió en Montjuïc con aquel 0-1 y el Chelsea, en el 25 de noviembre, lo retornó a la ley seca después de 53 partidos consecutivos marcando.

Y el alemán, que nunca había vivido algo así, ocultó su enorme enfado bajo un positivismo ficticio y diplomático.

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