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LA CONTRACRÓNICA

La terrorífica noche que siempre se vive en Stamford Bridge

El Chelsea no ha cambiado su espíritu ni ha frenado su intensidad: la gloriosa noche de Iniesta llegó tras un sufrimiento indecible

El árbitro esloveno Vincic expulsa a Ronald Araujo en la primera mitad del partido entre el Chelsea y el Barça.

El árbitro esloveno Vincic expulsa a Ronald Araujo en la primera mitad del partido entre el Chelsea y el Barça. / Valentí Enrich / SPO

Joan Domènech

Joan Domènech

Barcelona
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Hasta el día más glorioso, el único vivido en nueve visitas al Chelsea fue un suplicio que se transformó en una jornada histórica en el último minuto. El Barça siempre ha sido maltratado en Stamford Bridge, y los siete años de distancia respecto a la anterior comparecencia no ha sido suficiente tiempo transcurrido para cambiar el verdadero Horrorland londinense. El London Lungeon produce menos sobresaltos.

En realidad, no ha cambiado el espíritu del Chelsea ni la influencia que ejerce el estadio, viejo y vetusto, repintado, incómodo en todos los sentidos de la palabra. Entre la velocidad del juego y el ruido de la grada, los azulgranas sucumbieron a la centrifugadora que perturbó sus sentidos. Por delante suyo volaban aviones, y ellos, zarandeados, andaban en tierra y acababan por tierra. Ni un duelo ganaron en la terrorífica noche de siempre que algunos descubrieron por primera vez. Los demonios azules empezaron a caminar a cinco minutos del final.

Una de las muchas jugadas de peligro en el área de Joan Garcia.

Una de las muchas jugadas de peligro en el área de Joan Garcia. / Valentí Enrich / SPO

Hansi pasa del 0-3 al 3-0

Hasta Hansi Flick descubrió lo distinto que resulta jugar en el adinerado barrio londinense. Había acudido una vez con el Bayern Múnich en 2020, poco antes de la pandemia, y venció por 0-3. El resultado se invirtió con el Barça. Era el primer partido de su carrera como entrenador en la Champions (37 partidos, repartidos casi por igual: 18 con el Bayern, 19 con el Barça) en los que su equipo no marcaba un gol. Encajó tres, más otros tres anulados.

En los primeros 27 minutos, el Chelsea marcó tres goles, los dos primeros anulados, el tercero concedido porque los tacos de Lewandowski habilitaron a Cucurella en un córner estratégico desde la otra esquina que defendía el lateral catalán. Antes del descanso, Ronald Araujo había sido expulsado por dos amarillas que certificaban la turbación del capitán: primero empujó al árbitro, tal que hubiera bajado mareado del vagón del tren de la bruja; luego, todavía conmocionado, le pegó un viaje a Cucurella, que ya estaba en su sitio, y le levantó del suelo. El árbitro ni pestañeó. Araujo ni reaccionó de lo flagrante que había sido la falta para completar su mayúsculo dislate.

Lamine Yamal frente a Marc Cucurella.

Lamine Yamal frente a Marc Cucurella. / Valentí Enrich / SPO

Lamine Yamal, devorado

Minúscula fue la noche de Lamine Yamal. Allí donde a Messi le pegaron desde el tobillo a la cabeza -Marc Cucurella es más educado que Asier del Horno, que John Terry, que Ricardo Carvalho-, el llamado sucesor pasó desapercibido, engullido por el defensa catalán, al que le bastó la astucia y la concentración para anular a su compañero de la selección. Sin necesidad de darle una patada. Las más aparatosas se las llevó Fermín, que corría a campo abierto. Al mediocampista le arrolló Chalobah y lo atropelló Robert Sánchez.

Lamine Yamal se marchó sustituido. Enfadado. Devorado. En el otro lado, Estevão, que no aguanta la comparación con su compañero de generación -el brasileño es tres meses mayor, ambos nacidos en 2007- aprovechó la noche ante el amable Balde y el no menos respetuoso Cubarsí, para marcar un golazo que había firmado Lamine Yamal.

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