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Opinión | La lupa

Araujo y el Barça se separan

La lupa del Chelsea-Barça, por Albert Blaya

EL PERIÓDICO

Araujo y el Barça estaban condenados a entenderse pese a ser distintos. Durante mucho tiempo las necesidades colectivas del FC Barcelona, demasiado débiles e inconexas, pidieron a gritos la corrección e ímpetu del uruguayo, que ejercía de contrapunto y evidenciaba que su victoria sería, en muchos casos, una derrota para el Barça. Si Ronald era el mejor, el Barça sufría. Su central se sentía líder en el caos y la inferioridad y el Barça se hizo grande a través del orden y la superioridad. Una vez el equipo, con Flick al mando, insistió en recuperar aquello que hizo eterno al Barça, Araujo quedó en un limbo porque sus virtudes dejaron de serlo y sus defectos, antes amortiguados, se expusieron. Quien ganaba duelos, los empezó a perder, y con él en el campo una sensación de derrotismo que ha impregnado el último año y medio. Stamford Bridge evidenció un pasado que nunca se fue.

El Barça de este curso tiene un problema con la pelota y los rivales, cada vez más conscientes de ello, lo explotan copiando lo que dio resultados. PSG, Sevilla, Elche y Chelsea han hecho en esencia lo mismo: emparejamientos al hombre por todo el campo señalando las carencias de algunos jugadores (Araujo y Koundé compartiendo banda) y la falta de ideas y dependencia excesiva en Pedri y De Jong, aturdido y muy solo en Londres. Maresca, que se había postrado ante Flick en la previa, destrozó desde una presión selectiva y agresiva al Barça, cortocircuitando su juego interior y obligando a proezas técnicas a sus jugadores. En ese gota a gota, el Barça se fue haciendo pequeño, y los errores groseros en el gol y la expulsión hundieron al Barça en sus miedos. Este curso aún no ha ganado a ningún grande, algo que hace un año era tendencia.

Araujo se marcha al vestuario tras ser expulsado en Stamford Bridge.

Araujo se marcha al vestuario tras ser expulsado en Stamford Bridge. / Afp7

Al Barça se le vio sin alma. No hubo ademanes de remontada o de revuelta, sino una resignación silenciosa ante lo impepinable. El Chelsea, que es un equipo exuberante y muy estricto en su convencimiento, no le permitió entrar en el partido y los de Flick se dieron cuenta de que algo ha cambiado respecto al pasado curso. Sin Pedri ni Raphinha de titulares, cerebro y determinación del equipo, al Barça le cuesta resituarse en escenarios complejos. Los partidos que se tuercen tienden a ir entrando en una espiral negativa que le dificulta reconocerse.

Si algo debe saber el Barça es que las temporadas son ciclotímicas y debes saber surfear los estados anímicos. Hace un año, el Barça se estaba desangrando en un mes terrible liguero, con sensaciones raras y resultados horribles, para después ser capaz de coser sus heridas y recuperar el nivel al que quería aspirar. Hoy, un año después, este Barça es un equipo a medio hacer. Como si las virtudes pasadas estuviesen en letargo y las carencias que se tenían que pulir hubiesen quedado intactas. Entre medias, a Flick se le ha caído medio equipo a pedazos, obligando a un sobreesfuerzo gigante del resto. Las temporadas no se ganan en noviembre, pero estos tres meses sí sirven para señalar que algo no ha hecho click, que ese 'feeling' que enamoró al culer y le permitió ganar sobre todo en base a una ilusión arrolladora. Porque es la ilusión el motor que movió al Barça, el que le hizo ganar antes de hacerlo, como si ya tuviese la convicción de que lo terminaría haciendo. El actual, un equipo que ya ha ganado, necesita volver a jugar como si nunca lo hubiese hecho.

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