Investigación de la FIFA
Apellidos vascos y latinos en futbolistas de Malasia: un engaño masivo en nacionalizaciones que se extiende por Asia
Países asiáticos peinan el mundo en busca de talento ante el escrutinio de la FIFA, que multó a la Asociación de Fútbol de Malasia por incorporar jugadores sin vinculación con el país.

Facundo Garcés, en un partido con el Alavés. / Efe

Incluso en el admirable mosaico étnico y religioso de Malasia chirriaban esos apellidos sonoramente latinos y vascos con los que su selección de fútbol se impuso a la poderosa Vietnam el pasado mes de junio (4-0). La FIFA ha resuelto el entuerto: los abuelos de Gabriel Felipe Arrocha, Facundo Tomás Garcés, Jon Irazábal Iraurgui y otros cuatro jugadores no nacieron en Malasia, sino en España, Argentina, Brasil y Holanda. A la Asociación de Fútbol de Malasia le ha caído una multa de 438.000 dólares y una reprimenda pública. La falsificación de documentos, alecciona su informe, es “simple y llanamente una forma de engaño” que “golpea los valores esenciales de un deporte limpio y justo”.
Han admitido las autoridades malasias que agencias externas les ofrecieron bucear en los orígenes de los jugadores y nunca verificaron la documentación que les fue suministrada. Si no hubo dolo medió culpa, ha argumentado la FIFA, que consiguió las partidas de nacimiento originales de los antepasados sin esfuerzos. Sigue firme Malasia en sus reivindicaciones, achacando el desaguisado a un error administrativo y negando las evidencias, sin más fin aparente que salvar la honra tras ser pillada en flagrante fraude.
El engaño malasio es un caso extremo que subraya la pulsión de llenar las selecciones de activos ajenos. En el Campeonato del Mundo de 1990 apenas un 6,2% de los jugadores habían nacido fuera del país que representaban; en 2022, alcanzaban el 16,5%. Ningún continente ha abrazado con más entusiasmo esa práctica que Asia. En el más reciente campeonato de la ASEAN (naciones del sudeste asiático) se juntaron futbolistas nacidos en Colombia, Sudáfrica, Argentina, Suecia, Noruega o Japón. No habría logrado en enero Vietnam su tercer campeonato sin los cinco goles de su delantero, Nguyen Xuan Son, un jornalero global. Nació 27 años atrás como Rafaelson Bezerra Ferenandes en Brasil, jugó en equipos japoneses y daneses hasta aterrizar en la liga vietnamita, cumplió su reglamentario lustro y se cambió el nombre.
Singapur abrió el camino
Fue pionera Singapur, la diminuta ciudad-estado. Echó las redes en China para el tenis de mesa y después replicó la fórmula en el fútbol a escala planetaria. Con apenas seis millones de habitantes ha conquistado tres campeonatos de la ASEAN en este milenio. Su técnico, Radojko Avramovic, desdeñó las críticas: “Si tienes la oportunidad o el derecho de traer a un jugador que nació fuera a tu equipo nacional, ¿por qué no aprovecharlo?”.
Hace ya dos décadas, cuando Qatar reclutaba a deportistas de todo el mundo que probablemente no sabían señalar el país en el mapa, se entendió urgente ordenar el patio. La FIFA exigió en 2004 a cualquier jugador sin una “conexión clara” (el nacimiento de sus antepasados, por ejemplo) con el país adoptante que hubiera residido en él al menos dos años. En 2008 estiró el tiempo hasta los cinco años. Después permitió el trasvase si un jugador menor de 21 años contaba con tres o menos internacionalidades.
El sistema impide el alegre reclutamiento de mercenarios pero permite que los países más débiles peinen el mundo en busca de talento con lejanos vínculos. Indonesia sublima la estrategia. De su experiencia en Francia de 1938 con el nombre de Indias Orientales Holandesas no hay más noticias que su derrota por 6-0 contra Hungría en su único partido y las gafas con las que jugó su capitán y doctor. No ha pisado más los Mundiales y para regresar el próximo año emprendió una agresiva naturalización de jugadores. Aquella dolorosa colonización que esquilmó las riquezas nacionales, concluida en 1945, permite ahora una suerte de retorno en jugadores de fútbol. Diez de los once jugadores alineados recientemente habían nacido y crecido en Holanda. El aluvión le costó el cargo a Shin Tae-yong, un querido entrenador surcoreano, con el que Indonesia había subido 50 puestos en cinco años en la clasificación de la FIFA y estaba bien colocada en la clasificación al mundial. Pero el bueno de Shin no hablaba inglés ni holandés y fue relevado por Patrick Kluivert, exbarcelonista y leyenda oranje.
Sus rivales han planteado debates éticos. Quizá sea legal pero no parece muy justo. Sus detractores también sostienen que las naturalizaciones masivas diluyen la identidad nacional, torpedean el desarrollo del fútbol doméstico y desmotivan a los jóvenes que ven las puertas cerradas por los recién llegados. China, por ejemplo, ya abandonó la práctica años atrás. Pero la ampliación del próximo Mundial de 32 a 48 países ha ofrecido esperanzas a quienes nunca las tuvieron y la nacionalización ofrece un inmediato aumento cualitativo. El atajo, sin embargo, no asegura el éxito. Kluivert fue destituido tras ser eliminada Indonesia en la clasificación mundialista. En los estadios había pedido el público a gritos el regreso de Shin.
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