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Opinión | Testigo directo

Barcelona

El socio regresa al Camp Nou: El abrazo de volver

Socios del Barça acceden por vez primera a las gradas del Spotify Camp Nou, todavía en obras, para presenciar el partido de liga entre el FC Barcelona y el Athletic de Bilbao

Socios del Barça acceden por vez primera a las gradas del Spotify Camp Nou, todavía en obras, para presenciar el partido de liga entre el FC Barcelona y el Athletic de Bilbao / JORDI COTRINA

En el fondo del cajón de mi mesita de noche, muy en el fondo, está lo único que conservo del Camp Nou. La chapita de mi asiento del Gol Nord, tan poca cosa, un pedazo de hojalata con un numerito, una birria de recuerdo con el que no he sabido qué hacer durante los últimos 909 días. Con los años he desarrollado el exagerado sentimiento de propiedad culé sobre un asiento, supongo. Esta mañana he comprobado que la chapita estuviera ahí, como siempre, en el fondo de todo del cajón, donde quedan las cosas tan bien guardadas que subsisten olvidadas, entre antinflamatorios y pilas para el transistor gastadas. También está una bufanda y una camiseta del Barça no sé muy bien por qué. Mi bufanda y mi camiseta de siempre. Supongo que porque sé que ahí nadie mete la mano. Otra victoria irrisoria para mi sentimiento de propiedad. Lo siento, soy del 89, vivo y quiero vivir en Barcelona y, como muchos de mi generación, entenderán que no lo tenga muy desarrollado.

Bien, hoy era el día del regreso a lo que muchos llaman templo porque han visto levitar a Messi frente a una grada hoy aún vacía el día de la remontada contra el PSG. Y el relato sacro tiene su base cuando uno ha visto cosas inexplicables como esa. Hay otras que de tan inexplicables el cerebro decide olvidar. Pero este sábado, con un frío de narices, más que cualquier noche de Montjuïc, nadie apelaba al calor del Padre ni del Hijo ni del Espíritu Santo -en su versión culé-, hoy todos lejos, por diferentes motivos y enemigos, del Camp Nou. Sino a la calidez de algo tan mundano como una casa, la sonrisa de volver y el abrazo del reencuentro.

Sonreía todo el mundo, perdidamente enamorado del hormigón, bailaba disimuladamente un operario en la inhabitada tercera gradería, con su casco y chaleco reflectante, antes del partido, y el público se hacía fotos para el recuerdo de verdad, no de las que quedan perdidas en el carrete del teléfono. "Casa", repetían todos. "¡Bienvenido a casa!", gritaban dos colegas a un tercero mientras se acercaba. Nunca he visto tantos abrazos en este estadio. Y siempre pensé que era insuperable el "abrazo de gol", ese instante de espontánea emoción y alegría, pero era porque aún no había descubierto el abrazo de volver.

"La nostra vida"

Siempre, o casi siempre, uno se encuentra sentado al lado de gente, en el nuevo Camp Nou muy muy al lado, con la que solo compartes una cosa: el jodido Barça. Excepto con mi hermano, con quien, además, comparto la vida y, claro, comparto el abuelo al que nunca hemos dado las gracias lo suficiente por todo. Con el partido empezado me descubro cantando eso de "el Barça és la nostra vida", cántico que entraña algo de vacío, pero, madre, tan cierto tantas veces. Como hoy, tratando desde primera hora de la mañana que encajara el caótico puzzle familiar tras los ataques de virus varios, y que mi hermano Guim, como si fuese él un enfermo terminal, ha zanjado con un discutible: "Martí, tú tienes toda la vida para ir al Camp Nou". Nota: Martí es mi sobrino, el niño que no para de colgar balones más allá de la verja de tanto insistir, y le había deslizado la posibilidad de ir hoy al estadio conmigo. Y Guim, persona non grata en el Reino Unido, ha llegado puntual antes del inicio del partido haciendo todavía más histórico este 22 de noviembre del 2025.

Por cierto, los asientos del nuevo Camp Nou no tienen chapita. Tocará coleccionar abrazos de gol y recordar para siempre los estrujones de alegría de volver.

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