BARRACA Y TANGANA
Las selecciones son perfectas para quejarse, por Enrique Ballester
Una certeza entre el caos. No sé cómo será el fútbol del futuro, pero me gusta reconocer el pasado en el presente

El seleccionador español, Luis de la Fuente, junto a la Lamine Yamal, en la pasada Eurocopa de Alemania / J.J.Guillen / EFE

Es verdad que las selecciones son perfectas para quejarse. Si tu equipo juega en Primera División, te molesta porque la Liga para y te dejan sin partido. Si ibas en buena dinámica, porque la rompen. Y si estabas necesitado de resultados, porque la siguiente oportunidad para lograrlos se aleja demasiado en el calendario. Si tu equipo juega en Segunda División, y por lo que sea tienes algún internacional, obviamente te vas a quejar porque no lo vas a poder utilizar, porque la Liga no se detiene. Las selecciones son perfectas para quejarse.
Si no convocan a ninguno de tus jugadores, toca protestar: el seleccionador nos ignora, no tenemos peso en la Federación, si el chaval jugara en otro equipo ya llevaría 20 internacionalidades. Y si convocan a los tuyos, por supuesto, también mal: van a acumular un cansancio innecesario, se van a distraer y cuidado no se lesionen. Si un jugador de tu equipo se lesiona con la selección alcanzamos un nuevo nivel. El nivel del uy, uy, uy, madre mía. El nivel de los tribunales.
En el fondo, es bonito que esto perdure. Generación tras generación, todos hemos pasado alguna vez por alguna de estas fases. Algunos por todas y al mismo tiempo, incluso, posiblemente. Digo que es bonito porque es algo que permanece estable en este fútbol cambiante. Una certeza entre el caos. No sé cómo será el fútbol del futuro, pero me gusta reconocer el pasado en el presente.

Kylian Mbappé celebra un gol con la selección francesa. / Matthieu Mirville/ZUMA Press Wir / DPA
Es algo que proporciona una pizca de amparo en un paisaje de incertidumbre casi constante. Quizá sea una necesidad antropológica, una protección frente a lo desconocido. Quizá por eso los cambios en el fútbol se reciben con recelo siempre. Quiero el mismo asiento, el mismo escudo, el mismo himno y los mismos colores porque es probable que ese asiento, ese escudo, ese himno y esos colores sea de lo poco que nos conecte aún con la seguridad despreocupada de la infancia, con el útero de nuestra madre.
Habría que ver el fútbol en posición fetal siempre.
Futuro, pasado, presente
El futuro ya va por otra parte. A veces se dan algunas paradojas. Un día fue cosa del futuro poder ver vídeos de los partidos en un teléfono móvil, y resulta que empleamos ese avance para ver resúmenes del pasado constantemente, así que, en realidad, el futuro ha servido para vivir el pasado en el presente.
[Una novedad que no vi venir fue el VAR. La otra noche soñé con un gol de mi equipo que luego anulaba el VAR. Es la primera vez que el VAR aparece en mis sueños y no sé qué significa eso. Me dio bastante rabia, pero tampoco creo que importe].
Al futuro no le pido mucho. Le pido sobre todo que el fútbol me resbale, que me dé igual quién gane. Ser un viejo 'batallitas' que baja a almorzar, con una mano delante y otra detrás, uno que cuenta por millonésima vez una anécdota un poco graciosa (pero tampoco mucho) que no interese a nadie. Ser un abuelo que utiliza el fútbol como excusa para ver a sus nietos y no a sus jugadores, y que el resultado por tanto no importe porque es lo menos importante. Un viejo clásico, de manual, uno que espere que lleguen las selecciones para quejarse.
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