Opinión | El Malecón
Las caballerías de Barça y Madrid, por José Sámano

Lamine Yamal celebra un gol en la presente Champions. / AFP7
Como el fútbol es puñetero, la exhibición ofensiva del Real Madrid en Mánchester se redujo a una agónica remontada casi en el tercer tiempo. Con una defensa remendada de urgencia, pero firme en el Etihad, el equipo blanco se descamisó con su manada de vanguardia: Bellingham, Rodrygo, Vinicius y Mbappé, cuatro chacales de élite. Una prueba más del efecto fetiche que tiene la Copa de Europa en este Madrid que no siempre se explica. Con los mismos cañones, el Real se quedó chato ante el Espanyol y durante todo el primer acto ante el Atlético no tuvo ni migajas en el área de Oblak.
La atómica delantera madridista contabiliza ya 65 goles en todas las competiciones: Bellingham (11), Rodrygo (13), Vinicius (17) y Mbappé (24). Cifras más que notables, pero a rebufo del también extraordinario cuarteto ofensivo del Barça. Si se toma a Dani Olmo como el Bellingham azulgrana por su fenomenal capacidad como enganche, entre el exjugador del Leipzig (6 goles), Lewandowski (31), Raphinha (24) y Lamine (11) suman 72. Dos taladradoras, la culé y la merengue, con perfiles opuestos en la fase terminal del juego.
En el Madrid, solo Vinicius tira serpentinas con su posición en la izquierda, su favorita. Pero también la predilecta de su compatriota y el parisino. Ninguno de los tres anida en el área, caso de Lewandowski, tan rebajado de la intendencia defensiva como Vinicius y Mbappé. En el Real, el convoy delantero asalta la portería rival a la carrera y dentro del área Bellingham es un ciclón. El mejor granadero de todos (Lewandowski) es el único sabueso, blanco o azulgrana, que puede fijar el juego de espaldas.
En el Barça, cada mosquetero ocupa su puesto natural. Incluso Raphinha, al que Flick ha reconvertido a la orilla izquierda con un éxito inopinado. Si Bellingham es el más currante del cuarteto de Chamartín, Raphinha suda como una regadera en la avanzada azulgrana. Al igual que Mbappé, cuando enfila hacia el gol lo hace con turbinas, a toda mecha y al espacio. Lamine, como Vinicius, ventila adversarios con su prodigiosa chistera, una moña por aquí, otra moña por allá y sus centinelas con cefalea. El parvulario barcelonista se alía a menudo con Koundé. Vinicius no espera a nadie. Un nexo: ambos manejan de maravilla el toque con el empeine exterior.
Rodrygo y Dani Olmo son sutiles. El primero, un jugador versallesco, tiene regate, velocidad y finura. Y suele resultar clínico cuando el cartel es de cinco estrellas. Con menos celebridad que sus camaradas, cuando aprieta Brahim es el señalado. Pero curso tras recurso resiste sin más ruido que el de su fútbol agudo, profundo y eficaz. Sin grandilocuencias ni estrépitos, lejos del mundo espumoso de la galaxia.
Dani Olmo, mártir de los despachos y la enfermería, actúa con la misma discreción que Rodrygo. Y con la misma elegancia, sin atrezos innecesarios, sin populismos. Al borde del área, donde abundan los cocodrilos, perita el fútbol como pocos. Rara vez recibe la pelota de espaldas, por su talentosa manera de perfilarse siempre de cara a la red. Si el gol se pone a tiro no titubea. Si no, ya dará con una rendija para asistir.
Otro apunte diferencia a las dos caballerías. Como donante del gol, el Barça tiene al fabuloso Pedri, un reloj con botas y cinco ojos entre ceja y ceja. En el Real, son legión los nostálgicos de Kroos y el filtro de Modric se apaga. Queda Ceballos, por fin emergente. Su pase a Mbappé ante el City, previo al emboque más churrero en la carrera del francés, tuvo aroma de Pedri.
Barça y Madrid, un homenaje al gol.
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