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VIAJE EN EL DELOREAN

Un balón, disparos y catorce muertos: la masacre de Croke Park que dio paso al 'Bloody Sunday' en Irlanda

El fútbol volvió a ese estadio, porque los irlandeses, tercos como son, nunca dejaron que la tragedia les arrebatara su pasión

21 de noviembre de 1920, uno de los peores días conocido como 'Domingo Sangriento'

21 de noviembre de 1920, uno de los peores días conocido como 'Domingo Sangriento' / X

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Lucía M. Algobia

Madrid
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El sol de noviembre pintaba las calles de Dublín con una serenidad engañosa. Era un domingo, de esos en los que los irlandeses se olvidaban por un rato del conflicto y se reunían para disfrutar del deporte nacional: el fútbol gaélico. Croke Park, el icónico estadio en el corazón de la ciudad, estaba a reventar, lleno de familias, amigos y fanáticos que querían ver el duelo entre Dublín y Tipperary. Pero ese 21 de noviembre de 1920, lo que debía ser una fiesta deportiva se convirtió en una de las jornadas más oscuras del conflicto irlandés, ganándose para siempre el sombrío apodo de "Bloody Sunday".

Las piezas del tablero

Para entender lo que ocurrió ese día, hay que remontarse al contexto. Irlanda estaba en pleno conflicto por su independencia. De un lado, la corona británica, con sus fuerzas policiales y militares. Del otro, el IRA (Ejército Republicano Irlandés), que no reparaba en métodos para lograr su objetivo: librarse de la dominación británica. Y en el centro, la población civil, atrapada en una espiral de violencia donde nadie estaba a salvo.

La chispa que encendió la tragedia de ese domingo fue una operación secreta del IRA dirigida por Michael Collins, el cerebro de la inteligencia republicana. En la madrugada, los "Twelve Apostles", un grupo de sicarios del IRA, eliminaron a catorce agentes de la inteligencia británica, conocidos como los "Cairo Gang". Eran espías, infiltrados que vivían en pensiones y casas discretas de Dublín, pero Collins los tenía fichados. Esa mañana, uno a uno, fueron abatidos en un operativo quirúrgico.

Los británicos, furiosos y humillados, no tardaron en contraatacar. Pero lo que sucedió en Croke Park no fue una represalia militar; fue una masacre.

El teatro de la tragedia

A las 15:15, el pitido inicial marcó el comienzo del partido. Las gradas estaban llenas, unas 5,000 personas disfrutaban de la acción sobre el césped. Entonces, como una tormenta inesperada, irrumpieron las fuerzas británicas. Camiones con policías armados, Auxiliares y Black and Tans, las temidas tropas paramilitares, llegaron al estadio. La excusa oficial era que estaban buscando sospechosos relacionados con los asesinatos de esa mañana, pero la verdad fue mucho más cruda.

Sin previo aviso, comenzaron a disparar. Caos. Pánico. Padres buscando a sus hijos. Gente intentando escapar, saltando las vallas, corriendo hacia cualquier lugar que prometiera seguridad. Pero no todos lo lograron.

Ese día, catorce personas perdieron la vida en Croke Park. Entre ellas, Michael Hogan, un jugador del equipo de Tipperary, cuyo nombre quedó grabado en la historia como símbolo de la tragedia. También murieron niños, como John Scott, de 14 años, que solo quería ver un partido de fútbol con sus amigos.

Las heridas del 'Bloody Sunday'

No fue solo un baño de sangre; fue un golpe brutal al corazón de Irlanda. En una época en la que los estadios eran refugios donde la gente podía olvidarse de la violencia, la masacre dejó claro que ningún lugar era sagrado.

El impacto internacional fue inmediato. Mientras los británicos intentaban justificar sus acciones, la opinión pública en todo el mundo empezó a mirar con más simpatía la causa irlandesa. Fue un error de cálculo político que, lejos de intimidar al IRA, fortaleció su determinación.

El eco de la masacre

Hoy, más de un siglo después, este episodio sigue siendo recordado como un símbolo de la lucha por la independencia irlandesa y del alto precio que pagaron civiles inocentes. Croke Park se ha convertido en un lugar de memoria, y cada 21 de noviembre, el césped que una vez se tiñó de sangre es testigo de homenajes a las víctimas.

El fútbol volvió a ese estadio, porque los irlandeses, tercos como son, nunca dejaron que la tragedia les arrebatara su pasión. Pero la sombra de aquel domingo de noviembre de 1920 nunca desapareció del todo. Y quizá está bien que así sea, para que nunca olvidemos que incluso en medio del deporte, de la vida cotidiana, la política y la violencia pueden colarse, dejando cicatrices que duran generaciones.