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Con Ucrania en la Eurocopa, desde Guissona

Guissona, la pequeña Ucrania de Lleida

La llegada de ucranianos a Guissona

Mykola, ucraniano residente en Guissona, en el locutorio que regenta.

Mykola, ucraniano residente en Guissona, en el locutorio que regenta. / ARNAU SEGURA

Arnau Segura

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"Si Ucrania ganara la Eurocopa me volvería loco. Haría así", afirma Maxim y se pone a correr en círculos con los brazos abiertos. Es la hora del comedor y se refugia del sol en una sombra del patio mientras intercambia cromos de fútbol junto a Rares, hijo de inmigrantes de Rumanía y compañero de clase. Cursan primero de primaria en el colegio Ramon Faus i Esteve. En Guissona, Lleida. Es lunes y faltan pocas horas para el duelo de la primera jornada de la fase de la Eurocopa entre Ucrania y Rumanía.

Es el 'partido' de Guissona, de 7.781 habitantes: casi un 30% de sus habitantes proceden de estos dos países. 1.129 de Rumanía y 1.128 de Ucrania. Lideran el ranking por delante de Senegal (614), Bulgaria y Marruecos, en un municipio rural que ha crecido de forma exponencial: no llegaba a 3.000 habitantes hace 30 años y hoy hay 49 nacionalidades, con más inmigrantes que españoles (3.680). La gran mayoría de la población se dedica a la agricultura y a la ganadería, de la mano de la cooperativa bonÀrea.

Cerca de casa

Maxim explica que su padre hace fuets y que le encantan. A su lado, Yurii, su hermano, de tercero de primaria: responden al unísono que su asignatura favorita son las matemáticas. Les observa Ramona, monitora del comedor y nacida en Rumanía. El padre de Rares es camionero, como tantos otros hombres de Guissona. Igual que Dorian y Gorge, que apuran un café en el Bar Alex, justo delante de las instalaciones de bonÀrea. Se lo ha servido Adina, también de Rumanía. Dorian, llegado hace dos décadas, empieza a trabajar a las 3: justo a la misma hora que arranca el partido. Lo escuchará en la radio. Dice que el fútbol sirve para sentirse un poco más cerca de casa, aunque ya no ve tanto como antes. "El trabajo no te deja tiempo para otras cosas", escupe Dorian. Se ven camiones de bonÀrea por todos lados. No hay paro, un 2,4%.

Ucranianos residentes en Guissona

Taras con Yuri y Maxim. / ARNAU SEGURA

En las calles del centro, Mykola, ucraniano de 1973, regenta un negocio que es medio tienda de alimentación y medio locutorio. También seguirá el partido en la radio porque estará trabajando. "Pero ahora mismo el principal partido es entre Ucrania y Rusia", remarca. "Antes de la guerra veía mucho más futbol. También era mucho más joven". Solo han pasado dos años desde el inicio de la invasión. Prefiere dedicar su atención, su dinero y sus esfuerzos a "la defensa de Ucrania", pero no culpa a los jóvenes que han viajado a Alemania, sede de la Eurocopa: "El deporte debe seguir. Esta quinta no puede perder su juventud".

Lamenta, con pena, que la guerra está siendo "un desastre" y que cada día es igual que el anterior. O no: "Hay días que son peores". Señala su pueblo en un mapa de Ucrania, en la región de Ivano-Frankivsk, al oeste, y relata que llegó hace dos décadas: "El día 7 cumpliré 24 años". Cumplir, cual aniversario. Llegó en bus, persiguiendo un futuro. Pero una parte de él lo dejó en casa: cuando partió solo hacia Guissona su mujer estaba embarazada. No vio a su hijo hasta que ya tenía dos meses. "Fue duro", suspira.

La familia se instaló en Guissona al cabo de un tiempo. Mykola trabajó como paleta en la cooperativa hasta que una caída le obligó a reinventarse. Hoy recoge dinero para comprar y enviar material a Ucrania. Muestra cajas de rodilleras y gafas tácticas para el Ejército. "Una persona civil sin permisos no puede comprar mucho", dice excusándose. Recupera la sonrisa al mostrar la copa ganada por el equipo de Ucrania en el torneo entre comunidades que se jugó en 2015 en Guissona. "Tiene un poco de polvo", ríe. Las comunidades de Rumanía y Ucrania de Guissona juegan amistosos entre sí cada sábado. El fútbol como punto de reunión.

Olvidar la guerra

La comunidad ucraniana ve los partidos en el restaurante Cal Batist. Marian (1994) llegó hace dos años y Rosti (1990), hace 20, con sus padres: "Querían una vida mejor, más dinero". "El fútbol nos da un poco de alegría. La posibilidad de relajarnos y olvidarnos de la guerra y de todo lo que pasa durante una hora y media", suspira. "Hablaría rumano, pero solo sé decir palabrotas", reconoce entre risas. Mientras hablan, Rumanía consigue el 1-0.

 Vladimir se echa las manos a la cabeza. Vuelve a hacerlo con el 2-0 y el 3-0 final, mientras Alex y Cosmin se ponen de pie y gritan. Comparten mesa con David, hijo de inmigrantes ucranianos. Los tres, ya nacidos aquí, son alumnos de tercero de ESO. David no ha vuelto a Ucrania desde que comenzó la guerra, el día 24 de febrero de 2022. "Ojalá todo acabe algún día. Me gustaría poder volver. Quiero vivir siempre aquí, pero me gustaría poder ir a visitar a mi familia", suspira. "Quizás en un par de años".

 Ivan, Marian, Oleg, Oleksiy y Vlad, menores de 30 años, pueblan la mesa central. Llegaron hace 15 años de la región de Leópolis y la mayoría trabajan en la cooperativa. Todas las charlas mueren en el mismo sitio. "La situación es muy mala. Aquí la gente cada día habla menos de ello, pero sigue igual", afirman. Tienen conocidos en el frente. Algunos ya fallecidos. Nazar, más joven, está sentado a un par de metros, en silencio. Llegó escapando de la guerra. Cuando queda libre una silla de la mesa le invitan y acepta. Habla con poco español y con mucha timidez, pero habla. El fútbol, excusa, como punto de unión. Ríen a pesar de la derrota.

Ucranianos residentes en Guissona

En el restaurante viendo el partido Rumanía-Ucrania / ARNAU SEGURA

Taras, hijo de Ternópil, recoge a Maxim y Yurii al salir del colegio, a las 5, y les descubre la derrota. Su sonrisa se evapora, aunque resurge pronto. También habla de la guerra: "No se acaba nunca. Ellos no paran y nosotros no nos podemos rendir", apunta. "A los niños les explicamos que Rusia está atacando Ucrania. Nuestra casa, donde nacimos. No se enteran demasiado, pero ya entienden quienes son los malos y quienes son los buenos", continúa. Maxim y Yurii, a su lado, cuentan que han podido volver a Ucrania porque la guerra no ha llegado al oeste. Explican que ahí la gente está bien, que no está triste. "Y cuando llegamos nosotros se ponen muy contentos", grita Maxim.

Pero cuando vuelven a Ucrania solo pueden ir con su madre. "Si yo fuera a Ucrania no me dejarían volver. Tengo abuelos en Ucrania que ya son muy viejos y espero que esto acabe pronto, para poder verlos antes de morir", dice Taras. O no volver a casa. O volver a casa y no poder volver a casa. Y entre tanto un partido de fútbol.

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