3
Se lee en minutos
Lamine Yamal celebra el gol en propia puerta de Sergio Ramos.

Lamine Yamal celebra el gol en propia puerta de Sergio Ramos. / Jordi Cotrina

Por razones que tienen que ver a la vez con el periodismo y con la vida estas últimas semanas no he podido ver como Dios manda los partidos del Barça. Le he robado minutos a algunas ocasiones que me obligaban a estar atento a otras cosas que me alejaban de los escenarios contemporáneos del fútbol (la radio, la televisión), así que de vez en cuando me acercaba a las redes sociales o a los resúmenes digitales para tratar de saber cómo iba el equipo. Así supe de nuestro susto en Mallorca, del desastre limitado ante el Celta, y, más cerca aun, de nuestra incertidumbre en el NouNou Camp (si así se puede llamar el estadio de Montjuïc). 

En ambas ocasiones padecía los nervios que me acompañaron en la niñez, luego en la adolescencia y finalmente en las sucesivas maduraciones de la edad que me ha traído a los 75 años. No saber cómo va el Barça, la pregunta que me acompaña desde la noche de mis tiempos de los miércoles o de los domingos (ahora la verdad es que cada día de la semana, prácticamente), es un martillo pilón de mis ausencias del terreno virtual de juego que son las pantallas de la televisión y el auxilio benefactor de la radio. 

Prefiero la radio para escuchar lo que pasa, porque esa es la consecuencia de mi educación sentimental, pegado al aparato y luego al transistor para saber qué pensaban José Luis Lasplazas o José Félix Pons, y ahora Oliveros o Flaquer, mis guías más recientes, en estas épocas de transistor o de multitransistor.

No ver al Barça es como arriesgarse a ser cómplice inopinado de sus derrotas, pues los que somos paranoicos del fútbol creemos que el resultado depende de lo que nosotros mismos aportemos, desde nuestras casas o desde los automóviles, con nuestro nerviosismo entusiasta. El partido de Mallorca lo escuché a trancas y barrancas, mientras tenía que participar de la presentación de un libro, y este último ante el Sevilla de Sergio Ramos tuve que verlo mientras acudía a un estreno teatral en Tenerife. Cada vez que se producía una incertidumbre de luz en el escenario yo consultaba el resultado.

Me pasó también cuando el equipo jugó contra el Celta, cuando mi televisor empezó a engañarme con sus idas y venidas de sintonía: creí que mi ausencia del elenco virtual de espectadores había precipitado aquel enorme desastre, de modo que apagué del todo el aparato del que me valía, para ausentarme por completo del partido. De ese modo creía que ahuyentaba el peligro de una derrota aun más abultada. Hasta que volví a encender el teléfono y vi, con alborozo, que el Barça había remontado…

Alivio

El partido ante el Sevilla, pues, lo viví poseído por la certeza de que, al ausentarme de la audición, iba a propiciar un mal resultado. Dejé que pasaran los minutos, y de vez en cuando regresé al campo, por así decirlo, en busca de un alivio. 

Como un clandestino en el patio de butacas, armado de paciencia, regresé de vez en cuando al potro de tortura que era la incertidumbre del 0-0 hasta que, oh luz de los astros del fútbol, la radio me comunicó la buena nueva: Sergio Ramos, aquel enemigo, nos había regalado la alegría del desempate. Ese alivio incluía, al fin, otras sensaciones, pues es habitual que las radios (sobre todo las radios) nos recuerden, además de la herida de las pérdidas o de los empates, que fuimos corruptos en otra vida, que el Barça ganó porque compró a los árbitros, y esas cosas.

Noticias relacionadas

Soy del Barça, 'més que mai'; escucho esas invocaciones al abismo con resignación y sin alevosía, y sé que si además de no ganar, o de empatar, tenemos encima esa matraquilla del arbitraje cada vez que ponemos en orden el dial, el futuro de nuestros días de fútbol siempre tendrán encima un suplicio mayor que el de no ver los partidos, o de verlos a medias, mientras cae sobre nuestras cabezas la maldita sensación de que después el empate viene la derrota.

El viernes ganamos por la mínima. No pueden imaginarse usted cómo dormí esta noche.