Campeón olímpico de escalada

Alberto Ginés, el oro del gato de los rocódromos

  • A los 18 años se convierte en el deportista español masculino más joven en subir a lo más alto del podio olímpico.

  • Su padre lo inició cuando todavía era un niño y se ha perfeccionado desde el CAR de Sant Cugat.

Alberto Ginés, camino del oro en Tokio.

Alberto Ginés, camino del oro en Tokio. / EP

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Sergi López-Egea
Sergi López-Egea

Periodista

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No todos los días se gana una medalla de oro en unos Juegos. Menos con tan solo 18 años. Y todavía menos en una especialidad, desconocida para el gran público por mucho que le guste el deporte, que se llama escalada deportiva y que se ha estrenado olímpicamente en Tokio. Allí ha sido donde un joven extremeño de Cáceres, casi adolescente, que se llama Alberto Ginés se ha convertido en el primer campeón, entre la sorpresa y el esfuerzo, entre movimientos de gato, mucho sacrificio y entrenamientos.

Ginés es fruto de la pasión de su padre por los rocódromos, los que faltan en España, esos muros que asustan de solo verlos, donde es necesario mantener el equilibrio, moverse con destreza, forzar brazos y piernas y no perder la concentración, algo que pareció castigar a Ginés en la segunda de las tres tandas de la escalada, la denominada como bloque, donde los ocho finalistas de Tokio debían completar tres vías de complicado acceso. Allí falló después de ser el más rápido en la primera prueba de velocidad, donde dos escaladores tratan de superar los muros como si fueran ardillas subiendo a un árbol, y de competir con frialdad en la denominada dificultad, su gran especialidad, escalada pura y dura para llegar lo más alto posible y bajar de la cima con la medalla de oro colgada al cuello.

"Vi que iba primero y ya me estaba comiendo la cabeza haciendo números para ver cómo acababa. Pero me quedé como estaba", con el oro y sin bajar "de la nube" de la que no se movió cuando pisó el podio y escuchó el himno de España.

Ginés se convirtió así en el varón más joven de la historia en dar una medalla de oro al deporte español. Hasta ahora era Alfonso Pérez, que jugó en el Madrid y en el Barça, que da nombre al campo del Getafe, y que fue campeón olímpico con sus compañeros futbolistas en Barcelona 92. Porque las chicas son capítulo aparte con el equipo de rítmica, entre 15 y 17 años, que se alzó con el oro en Atlanta 1996.

Y de él se podría decir que llegó a Tokio casi por sorpresa porque su progresión ha sido tan excelente que rompió los planes de su entrenador y seleccionador de escalada, David Macià, que inicialmente lo estaba preparando para París 2024. Sin embargo, se ganó el pasaporte para Japón, en un selectivo grupo de apenas 20 escaladores, los mejores del mundo, de los que ocho se clasificaron para la final.

Llegada a Sant Cugat

Atrás quedaban los viajes a Pau, en el sur de Francia, para que el chaval mejorase en los muros franceses y el sacrificio de dejar a los suyos para internarse en el Centro de Alto Rendimiento (CAR) de Sant Cugat, adonde llegó becado por la Federación Española de Deportes de Montaña y Escalada (FEDME) en 2018 y hasta ahora.

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Allí se quedaba los fines de semana porque Cáceres está muy lejos de Barcelona y no es fácil llegar para hacer migas con otros deportistas que salían de la residencia; sobre todo los atletas, con los que mejor fraternizo. Lamentablemente, todo se rompió en marzo del año pasado. Estalló la pandemia, comenzó el confinamiento y la dirección del CAR decidió enviar a los deportistas menores de edad a sus casas. Alberto y su padre se las apañaron para montar un pequeño rocódromo en el patio de casa, apenas cinco metros, pero que le servía para mantenerse activo con el covid azotando al mundo.

Entonces apareció otro contratiempo. Pudo regresar al CAR pero en un entrenamiento hizo un giro inesperado y la rodilla a hacer puñetas, venga el quirófano y las alarmas. Se recuperó, obtuvo una medalla de plata en el Europeo de Edimburgo y se ganó el billete para Tokio. "Ahora lo único que espero es ir a más Juegos para ampliar mi palmarés", dijo desde Japón. París lo aguarda con los brazos abiertos. Y si le da por escalar la torre Eiffel no pasará nada.