Historias irrepetibles del deporte (3)

Judit Polgar, la dama del ajedrez

La jugadora húngara, fruto de un experimento pedagógico puesto en marcha por sus padres, fue la primera mujer en alcanzar los diez primeros puestos del ránking mundial

Judith Polgar.

Judith Polgar.

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Juan Carlos Álvarez

Mucho antes de que 'Gambito de Dama', la serie que habla de una chica que triunfa en el ajedrez, se convirtiese en un fenómeno de masas gracias a Netflix, hubo una adolescente húngara que llegó donde nadie imaginaba a una mujer, a la selecta y casi inaccesible élite del ajedrez mundial. 

Judit Polgar fue el producto de un experimento pedagógico que sus padres pusieron en marcha en los años setenta. Todo resultó excepcional en su casa. Incluso la forma de conocerse sus padres. Laszlo y Klara eran dos profesores -él húngaro, ella ucraniana- que mantuvieron durante años una relación puramente epistolar. Tenían en común su tarea pedagógica y el ansia por conocer, por innovar, por descubrir. En esas cartas semanales describían sus experiencias e inquietudes, los problemas que se encontraban a diario y debatían sobre la forma de solventarlos.

El interés profesional empezó a converger con el personal. Laszlo desarrollaba en sus correos una idea que le rondaba desde hace tiempo: la posibilidad de convertir a un niño absolutamente normal, sin ninguna cualidad especial, en un genio. Según él solo hacía falta generar las condiciones ideales contradiciendo de este modo la opinión mayoritaria de quienes creían imprescindible una predisposición natural.

La pequeña de tres hermanas

Laszlo y Klara decidieron entonces experimentar juntos ese camino. Se casaron mientras el húngaro realizaba el servicio militar y, después de sortear no pocas dificultades, se instalaron en Budapest. Ya estaban preparados. Ahora se trataba de empezar a tener hijos y poner en práctica sus teorías. Tuvieron tres niñas (Susan, Sofía y Judit) entre 1969 y 1976, año del nacimiento de la pequeña.

Los Polgar tomaron la decisión de que las tres niñas serían educadas por ellos en su propia casa y que solo se presentarían a los exámenes al final de cada curso. No pisarían el colegio. Estaban legalmente autorizados a elegir ese camino, aunque las autoridades educativas húngaras no tardaron en mostrar su disconformidad con la medida. Fueron muchas las reuniones que hubo en su casa donde se instaba a los Polgar a corregir esa decisión. Pero nada les hizo moverse de sus ideas. Las niñas seguirían en casa siguiendo un estricto programa educativo en el que el ajedrez jugaba un papel fundamental porque Laszlo lo consideraba la piedra angular de su plan.

La ajedrecista en un tablero particular.

Susan fue la primera que comenzó a someterse a duros entrenamientos frente al tablero con su padre. Al ser la mayor, pasaba más tiempo con él y aquello no hacía otra cosa que despertar la curiosidad de sus hermanas pequeñas. La respuesta siempre era la misma: "No podréis estar con ella o vuestro padre hasta que sepáis jugar como ellos".

Judit evolucionó más rápido que ninguna. Los Polgar no tardaron en darse cuenta. Laszlo comenzó a llevar a casa a grandes maestros que le diesen a Susan el conocimiento que él ya no podía. A todos ellos les impresionaba la precocidad de la pequeña, su curiosidad, sus preguntas... El modelo empezaba a ser un éxito. Sus notas eran inmejorables y su evolución como jugadoras de ajedrez, imparable.

La Olimpiada de Tesalónica en 1988

Todo estalló en la Olimpiada de Ajedrez de Tesalónica en 1988. Hungría llegó a la cita con un equipo formado por las tres hermanas Polgar y una suplente. Los rivales comenzaron a llamar al equipo 'Polgaria'. Su participación fue un espectáculo. Arrasaron a sus rivales y por primera vez las rusas se quedaron sin un título que parecía ser de su propiedad. Pero la actuación de Judit, con solo 12 años, fue un absoluto acontecimiento. Logró 12,5 puntos de 13 posibles (se le escaparon unas tablas en trece partidas) y fue con diferencia la mejor jugadora del torneo. Kasparov, que jugaba el torneo masculino, asistió en vivo a varias de sus victorias. Le hechizaba aquella criatura que aparentaba tanta fragilidad pero que luego se movía en el tablero con semejante audacia.

Laszlo tomó entonces la decisión de que Judit no volviese a jugar contra mujeres. Solo lo hizo para volver a ganar la Olimpiada de 1990 para Hungría en Novi Sad. Su padre consideraba que el ajedrez menospreciaba el talento de las mujeres y que la mejor manera de presionarles era tomar el camino contrario.

A partir de ese momento ya solo acudiría a torneos para sentarse enfrente de los grandes jugadores del mundo. Y mucho más cuando poco después, con solo 15 años, conseguiría convertirse en el Gran Maestro más joven de la historia (ya fuese hombre o mujer). Judit Polgar rompía en ese momento un récord de precocidad que estaba en posesión del norteamericano Bobby Fisher que había conseguido ese reconocimiento en 1959. Suponía otro logro impensable que una mujer llegase antes a esa conquista que quien era considerado poco menos que un dios del ajedrez.

Una niña entre hombres

La pequeña de las Polgar pasa a ser entonces una niña rodeada de hombres a los que se atreve a desafiar. En un mundo que a lo largo de la historia ha sido abrumadoramente masculino su presencia constituye una revolución en todos los sentidos porque hasta ese instante no existían mujeres en las grandes citas del calendario internacional. No había ni cuarto de baño para ellas. Pero desde ese momento el mundo del ajedrez se ve obligado a acostumbrarse a la presencia de una adolescente húngara junto a los apellidos más ilustres del tablero como KasparovKarpovAnandKorchnoiKramnik...

Esta circunstancia aumentó también la presión para ella porque todas sus actuaciones era analizadas con especial cuidado. Y se enfrentó al inevitable machismo de quienes veían su presencia como una molesta intromisión. Sus victorias se despreciaban, sus errores se magnificaban. Ella incluso llevaba al extremo la clase de vestimenta que elegía para jugar. Pantalones, jerseys amplios, nada de faldas, de escotes para que nadie se le ocurriese esgrimir la idea de que trataba de descentrar a sus rivales.

En su adaptación al nuevo medio tampoco le ayudaron muchos de sus rivales, instalados en los viejos dogmas. Precisamente uno de los más hostiles fue quien más podría haberle facilitado su aterrizaje en la élite: Garry Kasparov. El campeón del mundo, al ser preguntado por la presencia de Polgar entre los mejores del mundo, llegó a decir que "las mujeres son débiles jugadoras que no están preparadas para el ajedrez". Lo más triste de la afirmación es que seguramente 'el Ogro de Bakú' no hacía otra cosa que manifestar el sentir mayoritario de sus compañeros de profesión y de muchos de los responsables del ajedrez mundial. El problema para sostener ese argumentario es que Judit Polgar era un trueno delante del tablero que sorprendía a todos los analistas por su agresividad.

Kasparov y Polgar, en el torneo de Linares.

La curiosidad del principio dio paso a un verdadero interés porque la húngara era la protagonista de muchas de las partidas más atractivas de los grandes torneos. Jugaba bien y ganaba. Tanto que acabó por meter la cabeza en 1994 en el Torneo de Linares (el Wimbledon del ajedrez) donde se vería las caras directamente con los mejores del mundo y también con Kasparov.

La trampa de Kasparov

Durante el duelo con el campeón del mundo se produjo un incidente que condicionó la relación entre ambos. Después de 35 movimientos el de Bakú tenía una ligera ventaja sobre el tablero aunque ambos estaban apremiados por el tiempo. Entonces Kasparov tomó un caballo, lo movió, sus dedos soltaron la pieza y volvieron a agarrarla de inmediato para corregir lo que iba a ser un claro error y pondría en peligro la partida. Judit, de solo 17 años, movió la cabeza buscando al árbitro o a cualquiera que hubiese advertido la maniobra del campeón del mundo. Kasparov no se inmutó.

La partida continuó y la victoria cayó del lado del favorito. Polgar fue incapaz de levantar la voz o de presentar una queja. El árbitro hizo como si nada hubiese sucedido. Su inexperiencia la traicionó en ese instante. Solo las cámaras de televisión grabaron la escena y fueron testigos de la trampa aunque la organización del torneo se preocupó de que no viesen la luz porque supondría una humillación para el mito. El episodio bloqueó a Polgar, que solo firmó unas tablas en las siguientes seis partidas mientras Kasparov intensificó las críticas hacia las Polgar, a las que llegó a llamar "perras amaestradas para jugar al ajedrez". Tres años estuvo sin dirigirle la palabra a la húngara. Mitad soberbia, mitad vergüenza por lo sucedido en Linares.

Pero la húngara no se detuvo ahí y poco después consiguió alcanzar el octavo puesto en la clasificación mundial. Nadie había imaginado nunca a una mujer entre los diez mejores del planeta. Todos los campeones del mundo que coincidieron en su tiempo llegaron a perder en algún momento con la húngara. Solo le faltaba Kasparov, pero ella tuvo la paciencia de esperar por ese momento.

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El desquite y el adiós

Sucedió años después, en el 2002, después de que el de Azerbayán se disculpase personal y públicamente por muchas de las barbaridades que había dicho en el pasado. Ese año, durante el torneo 'Rusia contra el resto del mundo' Judit Polgar, tras una feroz pelea, hizo inclinar a su rey. El círculo ya estaba cerrado. A partir de ese momento comenzó a dar prioridad a otros aspectos de su vida como casarse y ser madre. Nunca se ha apartado del ajedrez que enseña y fomenta en busca de otras chicas que sean capaces de llegar donde un día estuvo ella.