07 ago 2020

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MITO DEL CLUB QUE REGRESA A PRIMERA

Mágico González, la leyenda del Cádiz que no fichó por el Barça por juerguista

El malabarista salvadoreño llegó a jugar de azulgrana en una gira con Maradona pero la alarma de un hotel alarmó al club

"Las ganas de juerga no me las quita ni mi madre. No me gusta tomarme el fútbol como un trabajo. Si lo hiciera no sería yo", decía

Roger Pascual

Mágico González, en el partido de homenaje que le dedicaron en el 2003 Cádiz y Barça.

Mágico González, en el partido de homenaje que le dedicaron en el 2003 Cádiz y Barça. / JORDI COTRINA

Hay jugadores que tienen un aura especial, que cautivan con su duende a la afición y se quedan para siempre instalados en la memoria colectiva de un club. Artistas únicos que se perdieron por la noche y que muchos se preguntan qué hubiera sido de ellos con algo más de disciplina, aunque su arte no entendiera de corsés ni dentro ni fuera del campo. ¿Qué hubiera sido del Ronaldinho jugador si no se hubiera dejado llevar por el Ronaldinho noctámbulo? ¿Dónde habría llegado el Trinche Carlovich, leyenda argentina de transmisión oral por la falta de vídeos, si en lugar de irse a pescar hubiera aprovechado la oportunidad que le brindó César Luis Menotti (fan suyo como Jorge Valdano) cuando le convocó para ir con la selección albiceleste? O cómo hubiera sido la vida de Mágico González, mito del recién ascendido Cádiz y que llegó a jugar con el Barça de Diego Armando Maradona en una gira norteamericana, si el club azulgrana  se hubiera atrevido a fichar a otro jugador tan impredecible dentro y fuera del campo como el Pelusa.

"Reconozco que no soy un santo", sentenciaba el talentoso delantero salvadoreño en 'Diario de Cádiz', para el que la diversión iba antes que la ambición. "Que me gusta la noche y que las ganas de juerga no me las quita ni mi madre. No me gusta tomarme el fútbol como un trabajo. Si lo hiciera no sería yo. Solo juego por divertirme". El Cádiz, que había descendido a Segunda en 1984, permitió que Mágico se fuera de gira con el Barça, que se planteaba el fichaje de ese malabarista del recorte, que llevaba dos temporadas llevando a las defensas rivales de cabeza con su elástica bautizada como culebrita machetada y un inacabable muestrario de gestos técnicos. "Tuve la suerte de jugar con el en Argentinos Juniors y el Barça y si uno quería imitar al Mágico no podía", reconocía Maradona.

La juerga, como a Diego, le alejó de la gloria en el Camp Nou. Una alarma de incendios en el hotel de concentración en EEUU (que las malas lenguas dicen que activo el propio Maradona) hizo que todo el mundo saliera del edificio. Todos menos Mágico. Cuando llegaron a su habitación se lo encontraron en la cama con compañía. "Si me quedaba dormido en la camilla de masajes en el descanso, imagínate en una cama de hotel; sería el colmo que no me quedara dormido", explicaba en una entrevista en Megavisión Deportes en la que comentaba que hubo "posibilidades y plática" para poder firmar por el Barça, pero que se "disipó con la marcha del clan Maradona y Menotti". Josep Lluís Núñez, escarmentado con las correrías nocturnas maradonianas, prefirió la disciplina inglesa de Terry Venables y al sobrio escocés Steve Archibald al talento impredecible del salvadoreño.

Regates dentro y fuera del campo

Jorge Alberto González llegó a Cádiz en 1982 después de llevar a El Salvador a disputar el Mundial de España. El Carranza, que le cambió el apodo de 'Mago' a 'Mágico', disfrutó de sus regates y goles, algunos tan increíbles como sus hazañas nocturnas. Compañero de parranda de Camarón, sentía una atracción irrefrenable por la noche, la fiesta y las mujeres. David Vidal, cuando era segundo entrenador del equipo, iba de peregrinación nocturna en su búsqueda pero Mágico, con la ayuda de porteros y camareros, siempre se zafaba. Incluso escondido bajo la manta que cubría la mesa del DJ de alguna discoteca.

El Cádiz le puso un compañero de piso para tenerle controlado, pero siempre conseguía darle esquinazo. Las multas no conseguían cambiar su conducta y al final Benito Joanet pidió que le traspasaran. Se fue a Valladolid un enero de 1985 pero el frío y un marcaje estrecho no iban con él por lo que duró poco en Pucela y acabó regresando al año siguiente a su Cádiz, esa ciudad que le había hecho suyo. Ocho años jugaría finalmente allí en los que agrandó su leyenda dentro y fuera del campo antes de volver en 1991 a su país, donde jugó hasta los 42 años, y desde donde el domingo celebró con bufanda cadista al hombro el retorno a Primera, 14 años después, del equipo de su corazón.