09 jul 2020

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TANGANA Y BARRACA

Carmen

Pensé qué habría sido de mí sin el kiosco, sin esa rutina de lecturas que me hicieron amar el fútbol y me fueron moldeando poco a poco

Enrique Ballester

Un kiosco del centro de Barcelona

Un kiosco del centro de Barcelona / LUAY ALBASHA

Una de las grandes derrotadas de los últimos meses ha sido la mesura. Lo he notado porque, de manera inconsciente, he dejado de utilizar el emoticono que sonríe mientras le cae una gota de sudor por la frente y he empezado a usar el que se parte de risa entre lágrimas mientras rueda por el suelo. A veces los cambios nos moldean así, sutiles, y te empapas de la inercia exterior poco a poco, sin darte apenas cuenta. Durante el confinamiento emitieron mucho fútbol histórico y era curioso comprobar cómo eran las cosas antes y cómo son ahora. El deporte es el mismo, pero los detalles marcan la diferencia: centrar o no al llegar a la línea de cal, extremos a pie natural o cambiado o lanzar el córner tenso o templado. Es una distinción más estética que ética. Porque lo más importante, antes y ahora, era y es comprender el juego a fondo.

No recordaba muchas cosas de esos partidos, pero en cambio no había olvidado ni las crónicas de los periódicos ni sus portadas. Hubo un tiempo en el que no entendía lo uno sin lo otro, y era un tiempo feliz. De chaval, cuando no estaba en la papelería de mi primo Santi, -un paraíso de prensa, tebeos, bollería industrial, golosinas y cromos- estaba en la del barrio. Se llamaba Ruan, en honor a Rubén y Andrés, los hijos de Carmen, la propietaria, que me río yo del nuevo 'naming'. De todas maneras nadie se refería al kiosko como Ruan, porque era simplemente Carmen.

A mí me gustaba tanto leer los periódicos deportivos que a veces no podía esperar a volver de clase, y antes de subir al autobús del colegio me escapaba a comprar mi dosis a Carmen. El ansia crecía cuando el periódico era la única opción para enterarte de un resultado, algo que ahora parece marciano, pero para un niño que pasaba de la década de los 80 a los 90 no era tan raro.

Durante casi dos décadas, Carmen me acompañó por ese tramo de la vida donde más intenso se vive el fútbol. Me reservaba los periódicos y el Don Balón, me informaba de la llegada de las Guías y los Extras, de las novedades en los álbums de cromos, me vendía antes que a nadie los sobres de las nuevas cajas, las de los 'fichajes bis' y los 'colocas'. Me avisaba si mi padre había ido a comprar la prensa antes, recordaba siempre mis cambios de periódico predilecto, sonreía en silencio si aparecía con alguna chica guapa.

Era lo que se dice una profesional, algo que iba más allá de la compraventa. Yo pisaba Carmen todos los días hasta que de repente dejé de ir. Llega la universidad, te mudas de casa y muta la rutina. Dejas de ir pero nunca has dicho adiós. A veces pienso en qué momento dejó Carmen de reservarme los periódicos y las Guías, de pensar en mí cuando llegaba una nueva colección de cromos. Yo aún la recuerdo de vez en cuando.

Hace unos años pasé por Carmen, pero ya no era ni Ruan ni Carmen. Había traspasado el negocio. Se me ocurrió comprar un periódico en el que salía mi firma, porque imaginé que le habría gustado. Hace poco volví a pasar y vi en el escaparate un cartel de 'Se vende'. El día se nubló: pensé qué habría sido de mí sin Carmen y el kiosco, sin esa rutina de lecturas que me hicieron amar el fútbol y me fueron moldeando sutiles, sin darme apenas cuenta y poco a poco.

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