23 oct 2020

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Lecturas para el encierro

La vuelta a Europa en 10 derbis

El libro 'Rivalidades crónicas' viaja a una decena de lugares del continente en los que el fútbol todavía es capaz de moldear la vida ciudadana

Rafael Tapounet

Aficionados del Glasgow Rangers, durantre el derbi contra el Celtic.

Aficionados del Glasgow Rangers, durantre el derbi contra el Celtic. / PAU RIERA

En un partido entre el Olympique de Lyon, club tradicionalmente vinculado a la próspera burguesía ilustrada de la ciudad del Ródano, y su vecino Saint-Étienne, que representa a la clase trabajadora de una población marcada por el desmantelamiento de las explotaciones mineras y la industria metalúrgica, los aficionados lioneses desplegaron una pancarta de ánimo injurioso que decía: "Nuestros abuelos inventaron el cine mientras los vuestros morían en las minas". La anécdota, que ilustra hasta qué punto el deporte ha sido utilizado para canalizar y subrayar las diferencias y los conflictos sociales, la explica Simon Kuper (autor del fundamental tratado balompédico 'Fútbol contra el enemigo') en el prólogo de 'Rivalidades crónicas' (Panenka), un libro en el que el periodista Jordi Brescó y el fotógrafo Pau Riera viajan a 10 derbis de otras tantas urbes europeas (Belfast, Belgrado, Estambul, Estocolmo, Génova, Glasgow, Hamburgo, Nicosia, Praga y Sheffield) para retratar cómo el fútbol puede todavía moldear la vida ciudadana (o podía, antes del cierre total por pandemia) pese a los esfuerzos de sus dirigentes por alejar cada vez más a los clubs de los aficionados.

Kuper, que escribió 'Fútbol contra el enemigo' hace 27 años, en un momento en el que las razones que alimentaban las rivalidades entre equipos (religiosas, políticas, socioeconómicas, geográficas…) estaban más vivas que en la actualidad, sostiene que, a pesar de gestos como la pancarta de los hinchas del Olympique de Lyon, los derbis europeos han dejado de ser "conflictos sociales dirimidos en un estadio" para pasar a ser "solo partidos de fútbol". Los autores de 'Rivalidades crónicas' no difieren demasiado en el diagnóstico -"tengo la sensación de que este libro está escrito en el último instante posible; quizá ya sea demasiado tarde", escribe Pau Riera en el epílogo-, pero aseguran que todavía existen reductos donde esos vínculos entre el equipo de fútbol y la comunidad que lo sustenta siguen teniendo una enorme importancia.

Clubs sin vida

"El fútbol moderno permite que un club sin masa social pueda existir, e incluso progresar a nivel deportivo, y el Basaksehir turco es un buen ejemplo de ello -apunta Jordi Brescó en conversación con EL PERIÓDICO-. Pero un club sin aficionados que se sientan parte de él es un club sin vida. Sin una vinculación con el entramado social del territorio, solo el dinero y los resultados mantienen al club, pero el dinero puede acabarse y los resultados son impredecibles". En este sentido, señala el caso del Glasgow Rangers, al que solo los sólidos lazos que mantiene con su comunidad de aficionados salvó de la desaparición cuando el club descendió a la cuarta división por culpa de la gestión fraudulenta de los dirigentes. "En el primer partido de la nueva temporada, en lugar de dar la espalda al equipo, se reunieron 49.118 espectadores, estableciendo así un nuevo récord mundial de asistencia en un encuentro de la categoría", relata Brescó.

Ese fue precisamente el criterio que se impusieron los autores del libro a la hora de seleccionar las 10 ciudades que se retratan en él: buscar lugares que aún hoy se pudieran contar a través de los conflictos de toda índole que se dirimen en sus estadios (y fuera de ellos) en un día de derbi. "Después de hacer estos 10 viajes, mantengo que todavía sigue siendo así -comenta Brescó-, pero si en lugar de Génova [donde asistieron a un duelo entre el Genoa y la Sampdoria] hubiéramos escogido Milán, quizá no te estaría diciendo lo mismo".

Ambiente en el Derbi Eterno de Belgrado, entre el Estrella Roja y el Partizán. /PAU RIERA

La decisión de no incluir en el volumen ningún derbi de los que se disputan en las ciudades españolas fue tomada por la editorial, pero Brescó aclara que probablemente el único que habría cumplido con los requisitos es el Sevilla-Betis. "No todos los derbis 'mainstream' transforman de forma definitiva la ciudad que los acoge, y esa era nuestra premisa principal. Durante un día de derbi, Praga, Estocolmo o Sevilla se transforman muchísimo más que Madrid o Barcelona, por mucho que el Atlético-Real Madrid y el Barça-Espanyol despierten más interés mediático”.

Un estadio en las afueras

La ubicación de los estadios modernos, construidos a menudo en las afueras de las ciudades y bautizados con nombres de marcas comerciales totalmente ajenos a la historia de los clubs, ha contribuido aún más a alienar a los aficionados y a desnaturalizar los derbis. "En primer lugar, los estadios situados dentro de un barrio forman parte del entramado social del lugar, por lo que sus habitantes sienten que ese es su estadio y el club que juega ahí, su equipo -apunta Brescó-. Clubs que han mantenido su feudo en un territorio durante muchísimos años, como el Fenerbahçe, el Sankt Pauli o el AIK, tienen hinchadas cohesionadas y comprometidas. Y, en segundo lugar, cuando el estadio que acoge un derbi está situado en el extrarradio, los 'corteos', las demostraciones de poder de las aficiones, resultan mucho menos efectivas y uno puede andar por el centro de la ciudad sin enterarse de que algo extraordinario está sucediendo".

Una imagen del Fenerbahçe-Galatasaray, en Estambul. / PAU RIERA

Aun así, tal como muestra 'Rivalidades crónicas', los derbis siguen siendo partidos especiales en los que se libran batallas que van más allá del deporte, y es justamente esa excepcionalidad lo que los convierte en un elemento subversivo, un fenómeno contracultural en un momento en el que los amos del tinglado proponen disputar partidos sin público para mantener el negocio en tiempos inciertos como los actuales. ¿Podrán los derbis salvar el fútbol? Brescó se muestra escéptico. "Antaño, las condiciones en las que llegabas al mundo marcaban automáticamente el club al que debías apoyar. Si eras hijo de católicos en Glasgow, eras del Celtic; si nacías en el norte de Estocolmo, eras del AIK; si nacías en Nicosia en el seno de una familia de izquierdas, eras del Omonia. Y ese bagaje lo trasladabas luego al estadio. Pero todo invita a pensar que en los próximos años la intensidad de esos vínculos irá desvaneciéndose y la principal motivación que mantendrá la rivalidad en los derbis será la futbolística: querer ser el mejor equipo de la ciudad sobre el terreno de juego".

"El equipo al que apoyas es el partido al que votas"

Jordi Brescó, coautor de 'Rivalidades crónicas', pasa revista a algunos de los 10 derbis europeos que aparecen retratados en el libro.

¿Qué derbi refleja mejor las desigualdades sociales?
Quizá el de Hamburgo [HSV-Sankt Pauli], aunque más que las desigualdades sociales, lo que refleja son las diferentes visiones de la clase social y de su papel en la vida cotidiana de una ciudad. No tanto por el HSV como por el posicionamiento claro del Sankt Pauli. Las desigualdades sociales, junto con la religión, son los dos elementos que fomentaban una rivalidad que es quizá la que más se ha erosionado con el paso del tiempo. También influye otro elemento: a medida que crecían las masas sociales de los clubes, se hacía más difícil establecer un patrón que definiera a los aficionados.

¿Y las diferencias políticas?
Definitivamente, el de Nicosia [APOEL-Omonia]. Marius, un taxista de la ciudad, lo definió a la perfección: "En Chipre, el equipo al que apoyas es el partido al que votas". El Omonia lo formaron una escisión de futbolistas del APOEL que, en 1948, no toleraron que el club se posicionase en contra de los comunistas durante la guerra civil griega. Desde entonces, el Omonia aglutina a la izquierda política de la capital y el APOEL, a la derecha. Esta visión se radicaliza en el caso de los ultras de ambos equipos: los del APOEL se enorgullecen de sus actitudes fascistas, y su sede está llena de simbología nazi.

¿Cuál es el más divertido?
El de Génova [Sampdoria-Genoa], porque en cuestión de picaresca y en el arte de la burla nadie puede competir con los italianos. Nos encontramos con muchos aficionados que nos intentaban convencer de que su bando era mejor que el otro con argumentos de todo tipo.

¿Cuál se vive de manera más apasionada (dentro y fuera del estadio)?
El de Estambul [Fenerbahçe-Galatasaray]. Allí se batió el récord de la hinchada de fútbol más ruidosa del mundo: 132 decibelios, que es un poquito más de los que registra el despegue de un avión. Vi a aficionados entrar en una suerte de trance cuando su equipo marcaba un gol. Es un derbi que tiene todos los ingredientes: fuego, color, pasión y mucho ruido, en la ciudad más mágica de las que visitamos.

¿El más peligroso?
El de Belgrado [Estrella Roja-Partizán]. No en vano, algunos de los ultras que pueblan las gradas de los dos equipos participaron de forma activa en la Guerra de los Balcanes. El mismo Arkan, del famoso grupo paramilitar Tigres de Arkan, era un importante activo de los Delije, los ultras del Estrella Roja. Por muy aparatoso que sea el despliegue policial, los ultras de ambos equipos actúan sin miramientos dentro y fuera del estadio. Por ejemplo, no es que enciendan multitud de bengalas, sino que las lanzan al terreno de juego. Belgrado fue la única ciudad en la que pasé miedo.

¿El más civilizado?
El de Sheffield [Sheffield Wednesday-Sheffield United]. Aunque pueda parecer incongruente, porque es el país donde nació el 'hooliganismo', allí vimos que los enfrentamientos entre los aficionados eran más bien burlas. La presencia policial no habría podido evitar una pelea entre ambos grupos, pero fueron ellos mismos quienes nunca cruzaron esa línea. Creo que el orgullo que todos los habitantes de Sheffield sienten por el hecho de pertenecer a la cuna del fútbol lima esas asperezas entre clubes que quizá sí podamos ver en otras ciudades inglesas.

¿El más sorprendente?
El de Estocolmo [AIK-Djurgarden]. Siempre digo que viajar sirve para romper tópicos, y Estocolmo es el mejor ejemplo. Tenemos una imagen de los suecos muy estereotipada: gente fría, muy individual. Es, de hecho, cierta en la mayor parte del tiempo. Pero cuando entran dentro de un estadio, el hecho de formar parte de un colectivo les invita a liberar todas esas emociones que las convenciones sociales no les permiten expresar.

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