barraca y tangana

El cuadradito

Unas setenta y cuatro veces al día, mi hijo se acerca y propone: ¿Jugamos a fútbol?

El pasillo donde juega Teo con su padre.

El pasillo donde juega Teo con su padre.

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Enrique Ballester
Enrique Ballester

Periodista

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Unas setenta y cuatro veces al día, Teo se acerca y propone: ¿Jugamos a fútbol? Espero que mi hijo no pierda esa virtud nunca. Si quiere jugar un partido, pide jugar un partido. Si quiere jugar a dar pases, pide jugar a dar pases. Si quiere jugar a quitarla, pide jugar a quitarla. Si quiere jugar a penaltis, pide jugar a “pelantis”, que es mejor todavía. A medida que pasan los años, y Teo solo tiene tres, se esfuma esa claridad de palabra y pensamiento, nos perdemos en rodeos y dejamos de entendernos. A medida que pasan los años nos encriptamos y nos complicamos. A mi hijo aún lo entiendo, que es mucho decir, y lo agradezco. A vosotros casi nunca os entiendo. No sé qué queréis. Decidme primero qué queréis, si es que lo sabéis, y entonces ya lo iremos viendo.

Unas setenta y cuatro veces al día, digo, Teo asoma con la pelota bajo el brazo y articula esas solicitudes irresistibles para ejercitar su zurdita. En casa la portería ha ido ganando espacio hasta condicionar el paisaje al completo. Ha orillado la mesa, ha orillado el sofá, ha orillado un catálogo de prioridades caducas. A los partidos pronto se unió su hermana y últimamente, como gran novedad, también su madre. Teo me elige siempre como pareja porque es un chico listo. Nos entendemos, no cabe duda. Si le digo ven, viene. Si le digo vete, se va. Si le digo pasa, me la pasa, y si le digo tira, pues tira. Si mete gol, grita gol, levanta el brazo y viene corriendo a abrazarme, con la sonrisa más limpia que veré mientras viva. Es todo de una lógica mayúscula y rotunda. Intuyo que seríamos felices aplicándola de continuo en la vida. Pero es tan difícil, pero es imposible.

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Jugamos los partidos en un cuadradito que no hace ni falta que diga que es mi lugar favorito. Mi hija se divierte con entusiasmo noble y limpio. La sorpresa del campeonato es Delia, mi mujer, que ya os conté que el fútbol no es lo suyo, que cuando empezamos a salir pensaba que Ronaldo, Romario y Ronaldinho eran la misma persona con apodos distintos, siempre con sus historias de arte, ballet y moda, esas movidas, yo qué sé, entendéis lo que os digo. Quizá por eso desconocía que me casé con una mezcla de Materazzi y Luis Suárez, capaz de agredir por un balón a su propio hijo. Resulta que nos hace trampas, niega faltas y saca los codos como cuchillos. Creo que no me reta para pegarnos fuera porque no podemos salir de casa al final del partido. Supongo que ya habrá guardado comida por si se pone feo el confinamiento, en algún lugar escondido. No sabes cómo es una persona hasta que has jugado con ella a fútbol, hasta que has competido. Dame siempre una Delia en mi equipo.

De madrugada, cuando todos duermen y me quedo solo, me tumbo en el sofá mirando nuestro cuadradito. Me gusta pensar que un día seremos viejos y contaremos a nuestros nietos lo del coronavirus, les explicaremos los goles de Teo y las trampas de Delia y lo colorearemos para que quede bonito. Diremos que el fútbol nos salvó otra vez a su manera, con lo que aprendimos en la calle de niños: cuando no sabes qué hacer, siempre se puede jugar un partido.