19 feb 2020

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BARRACA Y TANGANA

A su manera

Es fascinante cómo idealizamos la alegría ajena. Nos parece siempre limpia y plena

Enrique Ballester

Luuk de Jong, abrazado por Diego Carlos y Fernando tras marcar, al Levante, su primer gol con el Sevilla

Luuk de Jong, abrazado por Diego Carlos y Fernando tras marcar, al Levante, su primer gol con el Sevilla / AITOR ALCALDE (GETTY)

Un delantero en racha es una avenida repleta de semáforos con la secuencia correcta. Cuando se pone en verde el primero y arrancas, quiero decir, y los demás se iluminan justo cuando te acercas ni lento ni rápido, que es una maravilla cómo encajan, que entran ganas de votar y todo, que piensas incluso que el sistema funciona y el ser humano merece la pena, qué maravilla de orden, de rigor y de semáforos en hilera. Un delantero en racha se acerca a la portería como nosotros al semáforo, convencido, del segundo al tercero y del tercero al cuarto, sabiendo que al llegar se iluminará la puerta.

Esa confianza frente al gol tiene mucho de misterio y poco de ciencia. Esa confianza a menudo se evapora sin que se pueda hacer nada. Golosinas vitales siguen a los delanteros en racha: el seleccionador nacional, la gloria y el dinero, pero a mí me gusta seguir a los que no meten una, esos me interesan de veras. Porque cuantas más semanas de sequía acumulen, cuanta más bronca y negación les persiga, mejor, porque más cerca estaremos de voltear el horror, y más valoraremos ese dichoso momento de rabia.

Cuando un delantero lleva horas, partidos, meses sin marcar y al final marca, y lo celebra con furia primitiva y desencajada, vomitando angustias y demonios y gritando el gol al límite de la ele y la palabra, y la grada se llena de puños al aire y avalanchas y un hilo invisible de felicidad conecta a los que estaban a favor y a los que estaban en contra, a los que le pitaban y a los que le apoyaban, a los altos y a los bajos y a los listos y a los gilipollas, cuando todo eso pasa en un segundo, en un clic, cuando todo eso ocurre gracias a un remate, a un instante que es un abismo, cuando todo eso sucede y todos somos uno, el fútbol es la hostia.

Exorcismo televisado

Luuk de Jong fue máximo goleador de la liga holandesa, pero llegó en verano al Sevilla y no marcaba. Le vi fallar goles que no se pueden ni explicar. Seguí su adictivo calvario hasta el minuto 86 de la pasada jornada, al octavo partido, a los 600 minutos de daño.

Cuando los créditos agonizaban, De Jong cazó un cabezazo franco que fue gol de la victoria. No fue un gol sino una catarsis. No fue un gol sino un exorcismo televisado. Me encantan esos momentos. Luego lo entrevistaron y en lugar de buenas noches dijo buenos días. Me encantan esos momentos. Es fascinante cómo idealizamos la alegría ajena. Nos parece siempre limpia y plena. Creo que es porque sabemos, de algún modo y por lo que sea, que la propia casi nunca puede ser completa.

Cualquier plantilla debe asumir, a principio de cada curso, que la mayoría se lesionará en algún momento, que un par lo hará quizá de gravedad, que esperan infinidad de golpes, miedos y miserias, que habrá picos de nervios que dolerán solo de pensarlos, que dormirán mal y despertarán peor, que a menudo más que un deporte el oficio parecerá una guerra. Cualquier plantilla debe asumir eso y más, y qué. Da igual. Cualquier plantilla busca justo eso, y lo termina disfrutando luego a su manera, porque superarlo juntos es precisamente la gracia de este juego, sea en el patio o en Primera.

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