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DEPORTES Y POLÍTICA

Henrikh Mkhitaryán: fútbol y guerra en las montañas del Cáucaso

El extremo armenio del Arsenal no podrá jugar la final de la Europa League contra el Chelsea, que se jugará en Azerbaiyán

Ereván y Bakú llevan en conflicto desde el fin de la URSS por la posesión del territorio del Alto Karabaj, ahora un Estado independiente

Adrià Rocha Cutiller

André Gomes y  Henrikh Mkhitaryan disputan el balón en un Everton-Arsenal.

André Gomes y  Henrikh Mkhitaryan disputan el balón en un Everton-Arsenal.

Es complicado: su entrenador —y él también— querría que jugase la final de la Europa League. A sus seguidores, tanto los del Arsenal como los armenios, les cuesta entender que no esté. Pero se tendrán que aguantar: Henrikh Mkhitaryán no va a poder jugar contra el Chelsea el 29 de mayo.

No es porque se haya lesionado ningún músculo de nombre impronunciable ni porque haya encadenado demasiadas noches de fiesta sin avisar al cuerpo técnico. Mkhitaryán, media punta del Arsenal, el mejor jugador armenio de la historia, una leyenda y celebridad absoluta en su país, no jugará la final de la Europa League porque el partido se jugará en Bakú, la capital de Azerbaiyán.

La historia viene de lejos. Estalló en 1991: la Unión Soviética, por esos días, agonizaba y, ante la oportunidad, las diferentes repúblicas que la formaban empezaban a redescubrir y desempolvar sus identidades nacionales. Armenios y azeríes —por separado, por supuesto— decidieron construirse sus propios estados: nacieron las repúblicas de Armenia y Azerbaiyán. Pero había un pequeño problema: en medio de las montañas del Cáucaso, en el lado azerí de la frontera, había varios pueblos de población armenia, conocidos como el Alto Karabaj. Hasta entonces no había sido ningún problema porque la línea divisoria entre Azerbaiyán y Armenia nunca había existido; ahora ya sí.

Henrikh Mkhitaryan, durante el entrenamiento del Arsenal en Londres, el martes 21 de mayo / Tim Goode (ap)

Con la URSS muriendo, los ánimos se caldearon. Hubo varias matanzas de población civil y, entonces, en el furor de las soflamas bélicas, Azerbaiyán y Armenia, por ese puñado de territorio montañoso, se declararon la guerra.

30 años y 30.000 muertos después, el conflicto sigue vivo: armenios y azerís, condenados a ser vecinos, no pueden ni verse. Y, aquí, entonces, llega Mkhitaryán, al que le hubiese gustado jugar la final en Bakú contra el Chelsea. «Quiero que juegue —dijo en rueda de prensa esta semana el entrenador del Arsenal, Unai Emery, antes de que se tomase la decisión—. Es todo una cuestión política y no sé cuál es la solución. De verdad, no sé cuál es el problema entre los dos países, pero haremos todo lo que sea para que Mkhitaryán esté disponible».

El Arsenal pidió a la UEFA un despliegue de seguridad extraordinario alrededor del jugador armenio para que no le pasase nada. No se dio: Mkhitaryán no viajará.

Independencia y lavadoras

La guerra entre Azerbaiyán y Armenia terminó en 1994, cuando los dos países firmaron un alto el fuego que aún es vigente. Pero la línea del frente sigue militarizada al extremo y, cada semana, ambos bandos denuncian al otro de romper el acuerdo. El Alto Karabaj, por su parte, controlado por el Ejército armenio, declaró su independencia de Azerbaiyán y se unió informalmente a Armenia.

En la actualidad, ningún Estado en el mundo reconoce el Alto Karabaj como país independiente. «En Azerbaiyán hay mucha hostilidad contra Mkhitaryán porque ha estado varias veces en el Karabaj», explica la parlamentaria armenia Tatevik Hayrapetyán. Como muchos armenios ricos, Mkhitaryán ayuda a los veteranos de la guerra contra Azerbaiyán: en 2011, por ejemplo, les compró varias lavadoras.

«Si Mkhitaryán hubiese acabado viajando a Bakú, durante el partido habría sido abucheado constantemente —dice el experto en el Cáucaso Thomas de Waal, que además se confiesa fan del Arsenal—. Pero la verdad es que este suceso no llega en un mal momento. Los líderes de ambos países han dicho que se tiene que preparar el terreno para la paz: habría sido una señal de normalización si Mkhitaryán hubiese podido jugar».

Hay antecedentes: en la fase clasificatoria de esta temporada, el Arsenal ya viajó a Bakú para jugar un partido contra el Qarabag. Mkhitaryán, porque no era un partido muy difícil, se quedó en Londres.

Deportes y política

La final será caldeada, porque el estadio, según se han repartido las entradas, estará ocupado por una mayoría de población local. «Hay muchos azeríes que perdieron a seres queridos en el conflicto, y es difícil, en este asunto, controlar las emociones —dijo el entrenador del Qarabag, Gurban Gurbanov, en octubre—. Si cinco o diez personas no pueden controlarse, toda la multitud los apoyará. Lo mejor para todo el mundo es que no haya venido. No me gusta mezclar deportes y política, pero a veces es imposible».

Pero esta ocasión, la final de una competición continental, es distinta. «Que esto esté pasando nos tendría que servir para que reflexionemos todos, armenios y azeríes —dice la política Hayrapetyán—. Las cosas no pueden seguir así. Es ridículo que un jugador de fútbol, por el hecho de ser armenio, no pueda jugar un partido en Bakú».