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fútbol internacional

El Monza de Berlusconi prohíbe los tatuajes y las melenas

El 'exCavalieri' impone un estricto código de conducta en el club que compró para regresar al fútbol

La directiva limita a tres el número de extranjeros para acentuar la italianidad del equipo

Irene Savio / Esma Cakir

Silvio Berlusconi, durante una visita al vestuario de su nuevo club, el Monza.

Silvio Berlusconi, durante una visita al vestuario de su nuevo club, el Monza.

Ser un señor bastante anciano, ya curtido en incontables polémicas y escándalos, podría ser razón suficiente para alejarse de esas pasiones que se cuecen en el sector de la industria del fútbol. Pero no siempre es el caso. Ahí está Silvio Berlusconi (Milán, 1936) para demostrarlo: archivada la experiencia del Milan, el gran equipo de serie A del que fue propietario de 1986 a 2017, el incombustible 'exCavaliere' ha vuelto a reincidir. Y lo ha hecho comprándose otro equipo del fútbol del país transalpino: el Monza.

Si hubiera que buscar culpables, el sospechoso número uno sería esa obsesión de Berlusconi por reivindicar su perfil iconoclasta, su audacia empresarial y su instinto populista. El magnate italiano se resiste siempre a capitular. Así, en septiembre pasado, con la sociedad en aprietos económicos y el equipo en la tercera categoría italiana -la llamada serie C del calcio-, Berlusconi decidió pasar al contraataque y adquirir a la empresa. Su objetivo público: lograr el salto del Monza desde abajo hasta la serie A.

Carrera de Ferreira Da Silva y sus compañeros para celebrar una victoria  / AC MONZA

Su primer anuncio, como suele ocurrir con él, fue curioso. Dijo que todo jugador que desease integrar el Monza tendría que estar sin tatuajes, pendientes en las orejas —u en otros sitios—, ir bien peinado, no tener barba y saber escribir su nombre y apellidos de manera legible, no con garabatos. «Hay un peluquero en Monza que les cortará gratuitamente el pelo», ha afirmado. Además, en épocas de soberanistas al alza, el empresario también fijó una regla para garantizar la italianidad de su conjunto: un máximo de tres jugadores extranjeros y el resto todos italianos. 

Las buenas constumbres (de Berlusconi)

«Que haya 11 extranjeros en cada equipo es inaceptable. Tienen nombres impronunciables y demasiado alejados de nuestra tradición. Es feo porque los futbolistas son ejemplos para los jóvenes», ha llegado a argumentar. «Es por esto que quiero convertir al Monza en un modelo para cambiar el fútbol que, en la actualidad, me da pena», ha añadido Berlusconi. Además de ello, también estableció que sus jugadores «cada vez que hagan una falta, pedirán disculpas al adversario. Al árbitro lo tratarán como a un caballero», ha afirmado. 

Al Monza, al menos en cuestiones financieras, las novedades no cayeron mal. En enero, coayudado por su delfín durante la etapa en el club de San Siro, Adriano Galliani, ahora reconvertido en consejero delegado del Monza, Berlusconi compró 16 nuevos jugadores. «El equipo más caro de la serie C», tituló entonces la prensa italiana, al estimar que las compras del magnate italiano rondaron los dos millones de euros, una cifra insólita para un campeonato menor. 

El resultado de ello fue hacerse, entre otros, con el centrocampista Marco Ezio Fossati, de 26 años y nacido en Monza. El modelo ideal de Berlusconi, podría decirse. Fossati empezó a jugar al fútbol con los equipos juveniles del Inter y del Milán y nunca ha abandonado los campeonatos italianos. Fue fichado por el Ascoli, el Bari, el Perugia, el Cagliari y el Verona, todos conjuntos de la serie B (con excepción del Verona, que por una temporada estuvo en serie A).

Hablan los futbolistas

«Es un orgullo ser parte de este equipo. Este deporte no es terreno fácil», afirma Fossati quien, con su nuevo equipo, lleva la camiseta número 5. E, inmediatamente después, aclara: «No. Yo no tengo ni un tatuaje».

Otro es el caso del atacante Reginaldo Ferreira Da Silva, de 35 años. Como delata su apellido, Ferreira Da Silva es uno de los pocos extranjeros de la anterior gestión del Monza que aún forman parte del equipo del 'exCavaliere'. «Sí, soy brasileño, pero llevo mucho tiempo en Italia. Llegué aquí con 16 años… », se defiende. En efecto, su destino lo llevó a jugar casi toda su vida en Italia, con excepción de dos temporadas en las que estuvo en Japón y su natal Brasil. «No pienso que sea algo malo que se quiera dar más espacio a los jugadores italianos. Además, tengo la doble ciudadanía… Por eso a mí todo me va bien», vuelve a insistir. 

¿De quiénes se inspira el Monza? El entrenador del Monza, Cristian Brocchi, quien jura compartir todo aspecto de la filosofía de Berlusconi, vuela alto en sus anhelos. «Todos hablan siempre del Barcelona, aunque también en Bélgica, en Portugal y en Holanda están haciendo un buen trabajo», dice. «Y, ¿ha visto lo que está haciendo el Ajax con jugadores jovencísimos?», observa. El tema es, en esta casa, «también si tenemos la oportunidad de contratar a un jugador muy fuerte y talentoso, consideramos que lo primero son sus valores», aclara Brocchi. 

Salvo luego recular en la inflexibilidad delante de los tatuajes que Ferreira Da Silva tiene en el cuello y en la pantorrilla. «Bueno… es que si no se ven mucho, no pasa nada», matiza, al poner como ejemplo negativo el de Radja Nainggolan, el jugador belga repleto de tatuajes. El peso de su patrón se lo permite. Que de sus fatídicas estrategias oportunistas, y sus anómalas técnicas mediáticas, fue el presidente que más ganó con el Milan. Algo que ahora -quizá- podría también contagiar al Monza, el cual de momento ya ha sido admitido para jugar en la tercera categoría de la Copa de Italia. E incluso sueña con ascender ya a la B.