02 abr 2020

Ir a contenido

REAL MADRID

La sombra del nepotismo sobre los Zidane

El caso de Luca, titular por primera vez en la temporada en el segundo partido de su padre en el banquillo, no es aislado

Alejandro García

El portero del Madrid Luca Zidane observa cómo entra el balón en su portería en uno de los goles del Huesca.

El portero del Madrid Luca Zidane observa cómo entra el balón en su portería en uno de los goles del Huesca. / AFP

Portar un apellido ilustre en la espalda, justo por encima del número que históricamente señalaba la posición en el campo, no el linaje; es una de esas ventajas que parecen mejor de lo que son. Ser hijo de un mito del fútbol casi nunca es sinónimo de éxito, aunque para llegar a la élite puede ayudar que tu padre, además, sea el entrenador.

El debut en la temporada de Luca Zidane fue una rareza en una temporada que deambula entre el fracaso y la humillación, la del Madrid, y una carrera que no tiene visos de comenzar a despegar, la del tercer portero blanco. Con un partido sin grandes fallos, pero tampoco sin grandes aciertos, la sombra del nepotismo sobrevuela ante cualquier análisis puramente deportivo sobre Luca Zidane, como lo ha hecho frente a los muchos ejemplos de padres, casi siempre destacados futbolistas, que tuvieron a sus hijos dentro del vestuario que regentaban.

“Courtois estaba mal y quería dar descanso a Keylor Navas tras dos partidos con la selección. Me alegro por él, pero es Luca, es el tercer portero”, reiteró Zidane, el padre, tras la agónica victoria ante el Huesca, como si quisiera proteger a su vástago del inevitable debate que iba a desatar. En su anterior etapa en el banquillo, el francés ya hizo debutar a su hijo mayor, Enzo, en un partido de Copa en 2016. Antes, siendo entrenador del Castilla, ya desató la polémica nombrando a su hijo como capitán. Esta temporada juega con regularidad en el Rayo Majadahonda, un meritorio en camino de permanecer con solvencia en Segunda División.

Precedentes históricos

El caso de los Zidane no es único, ni en su inicio ni en su previsible desenlace, entre las sospechas de favoritismo y, a la vez, el riesgo medido que debe tener un padre al exponer a un hijo ante un escaparate tan frívolo como el del fútbol.

Desde Cruyff hasta Ferguson, la convivencia consanguínea en el mismo vestuario no terminó con un lanzamiento meteórico de las carreras de sus hijos, pese a que en todos los casos terminaron siendo buenos jugadores de clase media, aunque lejos del nivel que se cabría esperar por las oportunidades que tuvieron.

“No dejaba de escuchar el murmullo del Camp Nou cada vez que tenía la pelota. Mi padre fue duro conmigo porque quería demostrar a los demás que no se le daba ventaja a nadie. Me liberé cuando fiché por el Manchester United”, reconoció Jordi Cruyff años después de salir del Barça que entrenaba su padre, antes de ser internacional con Países Bajos en la Eurocopa de 1996. Entonces su técnico era Alex Ferguson, que tuvo a su hijo Darren durante cuatro años en la plantilla del United, entre 1990 y 1994, en las que apenas jugó 27 partidos antes de fichar por el Wolverhampton para no volver a pisar la Premier League.

El apellido también fue una pesada carga para Adrián González, hijo de Míchel, que ha coincidido con su padre en tres vestuarios diferentes, desde el filial del Madrid hasta el Málaga que descendió la pasada temporada, pasando por una época muy complicada en Getafe. “El resto de jugadores iban a estar más tranquilos sin escuchar pitos”, así justificó el técnico una suplencia de su hijo, hostigado por su propia grada. Harry Redknapp, Pepe Moré, Henrik Larsson o Periko Alonso (entrenó a su hijo Mikel en la Real antes del debut de Xabi) tuvieron experiencias análogas.

En las antípodas está, como en casi todo, un Brian Clough que, después de ganar dos copas de Europa con el Nottingham Forest, entrenó a su hijo Nigel durante 9 temporadas en el club de las Midlands en el que acumuló un espectacular bagaje de más de cien goles en 311 partidos.  

Internacionales consagrados

Entre las selecciones nacionales, los casos más destacados no admiten duda: Paolo Maldini, que capitaneó a Italia en el Mundial de Francia 1998, con su padre Cesare en el banquillo; y el del estadounidense Michael Bradley, que debutó con la selección norteamericana tras la llegada de su padre Bob al banquillo, en 2006, y lideró al equipo en sus mejores años, con victoria ante España en la Copa Confederaciones de 2009 incluida.