01 abr 2020

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COPA LIBERTADORES EN MADRID

River-Boca: El ansiado duelo final

River y Boca resuelven el título de campeón de Sudamérica en un clima futbolístico marcado por la ansiedad

Alejandro García

Los jugadores de Boca saludan a los aficionados en la puerta de su hotel en Madrid.

Los jugadores de Boca saludan a los aficionados en la puerta de su hotel en Madrid. / EFE

Como dos insignes caballeros medievales en su último enfrentamiento, el mutuo, el deseado; Boca Juniors y River Plate van a poner fin este domingo (20.30 h.) a la final más larga de la historia. Lo van a hacer a 10.000 kilómetros y tres semanas más tarde de lo que deberían (casi un mes después del partido de ida, 2-2 en La Bombonera de Boca), tras de haber superado todo tipo de vicisitudes y calamidades en un camino que les ha llevado, como a los vetustos protagonistas de las novelas de caballerías, por tierras y aventuras inimaginables, a veces inverosímiles, hasta llegar al momento culminante envueltos en una épica y una vorágine que solo podía generar la extrema pasión argentina por el fútbol. Ese delirio que ha provocado que la final de la Copa Libertadores tenga la resolución más rocambolesca que se recuerda, con tintes de epopeya legendaria, entre los disturbios, la suspensión, el traslado y la peregrinación masiva que ha inundado Madrid.

Aún este sábado, a horas de que se dispute el partido, el TAS desestimó el último recurso de Boca, en el que pedía la suspensión cautelar. La última vuelta de tuerca que le faltaba a esta historia no tuvo lugar y, si ningún incidente de última hora lo impide, se podrá jugar. Se hará a un océano de distancia de dónde procedía, sin la mayoría de aficionados que compraron su entrada en primera instancia y en un continente diferente al que va a coronar campeón, una situación sin precedentes en la historia del fútbol.

Después del ataque al autobús de Boca, cuando se dirigía al Monumental de River, que postergó la vuelta de la final, todo el misticismo que rodeaba al superclásico se ha potenciado sin coto. Por encima del fútbol, lo que caracteriza a esta final es la épica. La sensación de que, gane el que gane, conseguirá un triunfo legendario, porque, además de todas las vicisitudes del último mes, los dos clubes más históricos de América se juegan por primera vez en una final, después de más cien años de enfrentamientos, el título de mejor equipo del continente. 

La hinchada toma Madrid

Madrid, la inesperada anfitriona, respira ambiente de partido trascendental, con el aspecto potenciado de una final de Champions, pero en diciembre y con las dos aficiones más significativas de América paseando por Sol. La ciudad también sobrevive entre la improvisación y el caos que rodea todo el evento. Los aficionados de River y Boca se han fundido con los turistas españoles en cada lugar icónico de la ciudad. En las plazas, en los bares, en los aledaños del Bernabéu, incluso en el partido del Atlético de Madrid, se iban salpicando grupos de hinchas entonando los característicos cánticos argentinos, a veces incomprensibles, a veces maravillosamente ingeniosos. 

Deportivamente, el interés del partido no es mayor que el nivel que ha mostrado el fútbol sudamericano en la última década, ínfimo. Guillermo Barros Schelotto, entrenador de Boca, reivindicaba, como casi cada compareciente público relacionado con el partido, centrar la atención en el fútbol, pero entre jóvenes muy jóvenes y veteranos muy veteranos, la distancia con el nivel de Europa ya parece insalvable. 

El mundialista Pavón,lesionado a la media hora del partido de ida, se ha recuperado y es el gran atractivo de una alineación, la de Boca, forzosamente rocosa, sólida, de más trabajo que talento, en la que ni Gago ni Tévez, los nombres más conocidos en España, no tienen hueco. 

River posee más talento y más calidad, pero sufre los mismos problemas estructurales. Los ex de la Liga Enzo Pérez y Ponzio, y el futurible Exequiel Palacios (pretendido por el Madrid), lideran el centro del campo del equipo de Marcelo Gallardo. Como en la ida, se espera un partido más intenso que bonito, con alternativas más provocadas por los errores rivales que por los aciertos propios, uno de esos días en los que se gana más con el carácter que con la calidad.