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DAÑOS COLATERALES DEL SUPERCLÁSICO

El superclásico argentino: "Mamá, el lunes no iré al cole"

Argentina afronta un grave problema: niños de River y Boca se niegan a ir al colegio porque temen al 'bullying' si su club pierde la gran final

Expertos en educación advierten desde EL PERIÓDICO que los chavales no son más que el reflejo de la locura que envuelve a los adultos

Emilio Pérez de Rozas

Partido de futbito en el bonaerense club Estrella Maldonado, de donde salió Saviola.

Partido de futbito en el bonaerense club Estrella Maldonado, de donde salió Saviola.

Pedro, de 8 años, ya le ha dicho a su madre que si su equipo pierde la final de la Copa Libertadores este sábado, el lunes no piensa ir al colegio. “Cada vez que se enfrentan River y Boca pasa lo mismo y más ahora que se trata de la finalísima”, explica su madre al diario ‘La Nación’, de Buenos Aires. “No soporta las burlas de los otros niños, que esperan a los del equipo contrario, a los derrotados, para burlarse de ellos y Pedro, como otros amigos, lo sufre muchísimo, se angustia, lo pasa fatal y algunos hasta se ponen enfermos”.

Pablo Pérez y Leonardo Ponzio, en un River-Boca / MARCOS BRINDICCI (REUTERS) 

Desde que se supo que la final de la Libertadores era ‘el partido del siglo’, en los colegios de Buenos Aires se están celebrando charlas, tutorías, programas especiales de convivencia y talleres sobre las emociones. Los debates que, habitualmente, se dedican en la primera hora del día a comentar cuatro o cinco noticias de la jornada se han convertido en monotema: la finalísima, no hay otra cosa  sobre la que debatir.

“Algo estamos haciendo mal, todos, si un niño de 8 años no quiere ir al colegio después de que su equipo pierda una final, por más Libertadores, por más clásico y partido del siglo que sea”, señala la psicóloga Ileana Berman al diario bonaerense. “Los adultos deberíamos dar ejemplo y quitarle hierro a un partido de fútbol. No tiene sentido que unos niños hagan 'bullying' (acoso físico o psicológico al que someten sus compañeros, de forma continuada, a un alumno) a otros. Debemos enseñarles a disfrutar del fútbol más allá del resultado, debemos enseñarles respetar a los demás, a los diferentes, y no convertir el fútbol en una batalla a vida o muerte”.

La voz de los expertos: una educadora emocional

“Es muy difícil, por no decir imposible, transmitir a los niños tolerancia y respeto por el otro en las aulas o en el patio, en el recreo, cuando, con motivo de esta final apasionante, el Gobierno, la federación y hasta los clubs implicados han decidido prohibir que las aficiones compartan el mismo estadio, impidiendo que hayan hinchas visitantes en los dos partidos de esta final. ¿Vamos a lograrlo nosotros en el patio del colegio?”, comenta Cristina Gutiérrez, educadora emocional y directora de La Granja, una escuela de Santa María de Palautordera. “Hasta el propio presidente de la nación, Mauricio Macri, llegó a decir, al conocer el emparejamiento de los dos equipos de Buenos Aires, que el perdedor padecería la derrota durante cien años. Eso qué significa ¿qué concedía permiso para que la burla durase todos esos años? La verdad, no tiene sentido”.

“El ejemplo es lo que educa, no lo que yo digo que está bien o mal, no, el ejemplo. Es difícil, muy difícil, convencer a los niños de que un partido de fútbol solo es un partido de fútbol cuando ven cómo se comportan los adultos”, insiste Gutiérrez. “Las emociones básicas que hay detrás del fanatismo son la rabia y el miedo. Y la rabia y el miedo duelen. La rabia es peligrosa porque hace que te sientas siempre amenazado, en estado de alerta, a la defensiva y hace que la gente tenga la tentación de saltarte a la yugular. Y el miedo es horrible, el miedo te paraliza”.

Lo que más le duele a Gutiérrez, que convive los 365 días del año con niños y jóvenes, es que le roben el deporte como instrumento educador. “El deporte y, muy especialmente el fútbol, que está presente en todos los colegios y patios, aporta muchos valores positivos a la sociedad y a los profesores nos ayuda muchísimo a educar, a sumar. Educar es muy complejo en cualquier país del mundo. Yo, como educadora, necesito el deporte para que me ayude a educar a mis niños”.

"No puede quitarme el deporte, una de mis herramientas favoritas para educar", avisa la profesora Gutiérrez 

Y, claro, si dos partidos, una finalísima, una derrota se convierten en burlas, odio, desprecio y 'bullying', todo se desmorona. “No puedo convertir el fútbol en algo que me resta, no puedes quitarme una de mis herramientas favoritas para educar, no puedo prescindir de ella porque se transforme en un virus maligno que me intoxica el ambiente. Necesito el deporte para curar, no para enfermar. El deporte es sanísimo para los niños, significa sacrificio, levantarte pronto los sábados y domingos, compartir, solidaridad, equipo, autonomía, ser líder, tener voluntad, capacidad de esfuerzo, sonreír, generar felicidad, sufrir juntos y tolerar la frustración, no podemos convertirlo en una herramienta toxica”.

“Somos seres sociales, tenemos la necesidad innata de integrarnos a un colectivo”, explica Laia Casas, profesora y experta en neurociencia aplicada a la educación. “Este sentimiento de pertenencia es lo que nos lleva a contagiarnos y sincronizarnos con los estados emocionales de nuestros compañeros. Animar, corear al unísono el nombre de nuestro equipo o jugadores, o silbarles cuando no juegan a nuestro gusto, son buenos ejemplos de ello”.

La experta en neurociencia

Es evidente que, como individuos dentro de un grupo social, nos sentimos alegres y felices cuando nuestro equipo gana un partido y, más aún, si se trata de una final como la Copa Libertadores. “Pero ese júbilo, en caso de derrota”, sigue explicando Casas, “puede transformarse en disgustos, indignación e ira, afectando a nuestra capacidad para razonar e, incluso, conducirnos a desarrollar conductas de las que nos podamos arrepentir”.

"Si nos vence la parte irracional, estallan las emociones más básicas", explica Laia Casas

Casas, habituada a explicar buena parte de sus razonamientos con ejemplos, con metáforas, cuenta que el cerebro es un edificio con tres pisos. “En un primer piso, en un primer estadio, está la parte instintiva, los instintos básicos, lo que hace referencia a la supervivencia. En el segundo piso están las emociones más básicas. Y, en el tercero, la capacidad de pensar, razonar, lo que podríamos conocer como autogestión. Cuando se producen fenómenos de este tipo, es decir, emociones tan fuertes, para algunos, claro, como una derrota de las dimensiones que estamos hablando, el riego sanguíneo se concentra en los dos primeros pisos y nos llega menos sangre a la zona de razonamiento. ¿Qué ocurre en esos momentos?, que nos vence la parte irracional, animal, que todos tenemos y estallan las emociones más básicas”.

Casas, evidentemente, coincide con Gutiérrez, en el sentido de que debemos educar con el ejemplo y, claro, en el caso del fútbol y la sociedad argentina, en el caso de esta finalísima, todo va en contra de la educación de los niños, todo. “En neurociencia, hablamos de ‘neuronas espejo’, es decir, cuando observo una conducta ejemplar, referente, en mi cerebro se activan los mismos circuitos que me permiten copiar esa conducta. Es evidente que si se niega, prohíbe o evita la convivencia de las aficiones de River y Boca, el ejemplo es nefasto”.

La hinchada de Boca Juniors, en un clásico / JAVIER ORTEGA (AFP)

Esta experta en neurociencia aplicada a la educación entiende a las mil maravillas el sentimiento de los Pedro de River y los Pedro de Boca porque sabe de su sufrimiento. “Todos somos capaces de visualizar el momento que teme Pedro en el colegio, en el patio, en el recreo, todos. En un alumno que no se siente integrado en esa situación, que la teme, que la sufre, que la padece, las estructuras de su cerebro que se activan al instante, al segundo, son las mismas que se activan cuando tenemos un dolor físico, pese a que estamos sanísimos. ¿Por qué?, porque somatizan el dolor de barriga, de cabeza, el estrés. Y estrés y aprendizaje, educación, son términos enfrentados, contrarios”.

La visión del sociólogo Cardús

El sociólogo Salvador Cardús considera que el Estado argentino, el gobierno e, incluso, el propio presidente Mauricio Macri dando a entender, no comprendiendo, no, que la final es la peor noticia de todas e, incluso, temiendo que las consecuencias para el perdedor se hagan eternas y malas, tiene mucha culpa. “Cuando el Estado no tiene, por la razón que sea, inestabilidad política, crisis económica brutal, falta de credibilidad de sus mandatarios, la fuerza necesaria para conseguir una presencia simbólica fuerte, aparecen identificaciones como esta del fútbol, que gana fuerza, precisamente, por la ausencia de impulso y presencia del Estado”.

"Cuando el Estado no tiene credibilidad se imponen identificaciones nefastas", sostiene Cardús

La debilidad del Estado argentino y esa postura de Macri, que da por supuestas muchas cosas derivadas de esta finalísima, hace que el fútbol ocupe, según Cardús, un lugar que no le corresponde, con una dimensión política enorme. “Y, si pasamos a la educación, a los colegios, a los niños, a los jóvenes”, insiste Cardús, “y tomamos como ejemplo el caso francés donde los maestros, los profesores, representan algo más, mucho más, que el conocimiento, representan al propio Estado, entenderemos que esa enseñanza sí ayuda a la construcción de una realidad política nacional”.

Si resulta, que es el caso argentino, que el Estado tiene dificultades para situarse por encima del Deporte, quiere decir que la escuela se siente desprotegida, en crisis. “Ya no es”, sigue explicando Cardús, “educar con el ejemplo, la ejemplaridad paterno-filial, no, es algo más grave, pues significa que lo mismo que ocurre en el fútbol, que está fuera del control de un Estado integrador, ocurre con la Escuela, incapaz de representar el imperio de la ley”.

Puede que los niños que se comportan así con sus compañeros de clase, de patio, de recreo, no sean ‘hooligans’, pero sí tienen, desde luego, según todos los consultados un puntito, o puntazo, de fanatismo. “El fanatismo”, señala Cristina Gutiérrez, tiene cinco características: desprecio al diferente, ausencia de realidad (no eres capaz de ver toda la realidad), ideas incuestionables (es eso, y punto), visión cuadriculada (no hay alternativa, mente prefijada) y cero espíritu crítico, ausencia de la parte racional del cerebro”.

La fundamental pertenencia a un grupo

Cristina cuenta que después de comer y dormir, la necesidad de pertenencia a un grupo es vital, fundamental. “Y pertenecer a River o a Boca es sencillísimo, te pones su camiseta, vas a ver sus partidos y los animas: ya eres de River o Boca”. A partir de esa decisión, te sientes importante. “Y haces lo que sea, lo que te pidan, para poder seguir perteneciendo al grupo, en una actitud claramente trivial”.

El mayor problema de este tipo de vinculación, de fanatismo, es que “como tú no has conseguido los logros y objetivos personales que te has propuesto en la vida, necesitas logros ajenos, los de tu equipo. Y es cuando el fútbol, desgraciadamente, se convierte en tu religión, en lo único que te hace feliz…o desgraciado, si pierdes”.