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RETRATO DE UN IMPOSTOR

El auténtico falso nueve

Una película y un libro recuperan la increíble historia del brasileño Carlos Kaiser, que en sus más de 20 años de carrera como futbolista profesional no jugó ni un partido

Rafael Tapounet

Carlos Henrique Raposo, en la actualidad. Junto a dos amigas en una imagen del documental ’Kaiser! The greatest footballer never to play football’.

Carlos Henrique Raposo, en la actualidad. Junto a dos amigas en una imagen del documental ’Kaiser! The greatest footballer never to play football’.

Eran las cuatro de la mañana cuando Moisés, entrenador del Bangu Atlético Clube, localizó por fin al delantero Carlos Henrique Raposo, alias Kaiser, en un célebre club de Río de Janeiro llamado Calígula. "Kaiser –le dijo-, el jefe te quiere mañana en el equipo". El jefe era Castor de Andrade, propietario del Bangu y temido cabecilla de la mafia local. "Llevo tres meses lesionado y he pasado la noche de fiesta. ¿Cómo voy a jugar?", replicó el futbolista. "No te preocupes –le tranquilizó Moisés-, te quedarás en el banquillo". Cuando Kaiser salió por fin de la discoteca, se fue directamente al hotel de concentración, al que llegó cuando sus compañeros ya bajaban a desayunar. Ese día, el Bangu recibía al Coritiba en un partido del Campeonato Brasileño. A los ocho minutos, los visitantes ganaban 0-2, y Castor de Andrade exigió a gritos al míster la presencia en el campo de Kaiser, a quien tenía por un 'crack' pese a no haberlo visto jugar ni un solo minuto. El delantero salió a calentar por la banda y, aprovechando un momento de confusión, se enzarzó en una pelea con unos aficionados, por lo que fue expulsado antes de llegar a pisar el césped. Aún hoy, esa es la jugada que más se recuerda de sus más de dos décadas como futbolista profesional. La única, en realidad.

"Kaiser ha sido una de las figuras más icónicas del fútbol mundial. Solo tenía un problema: el balón". Así lo recuerda Ricardo Rocha, el central internacional brasileño que militó en aquel Real Madrid de los 90 que perdía las ligas en Tenerife. Lo dice en la película 'Kaiser! The greatest footballer never to play football', un documental que repasa la inverosímil trayectoria de Carlos Henrique Raposo, el delantero centro que pasó por los más distinguidos clubs de fútbol de Brasil (Botafogo, Flamengo, Fluminense, Vasco da Gama, Palmeiras…) y por otros tantos equipos extranjeros sin jugar un solo partido. El falso nueve definitivo.

La epopeya del futbolista que nunca jugaba, fuente inagotable de leyendas en Río, fue divulgada hace unos años por varios medios internacionales y se convirtió en una obsesión para los irlandeses Tom Markham y Rob Fullam, que decidieron convertir su fascinación en una película y reclutaron para ello al director británico Louis Myles. Explica este que el principal reto a la hora de montar la cinta fue decidir qué elementos de la historia eran auténticos y cuáles eran pura invención. Misión imposible. Kaiser es un 'fantasista' en el peor sentido. "En nuestro primer encuentro –señala el cineasta-, se pasó las dos primeras horas hablando con detalle sobre todos sus logros, tanto dentro como fuera del terreno de juego. Muchos de estos últimos resultaban tan escandalosos que no pudimos incluirlos en la película".

Fútbol de alcoba

Los logros "fuera del terreno de juego" relatados por Carlos Henrique Raposo suelen implicar, además de a sí mismo, a una o más mujeres. Y muy poca ropa. "Si el sexo fuera fútbol, yo sería Pelé", asegura en un momento del filme. En realidad, para Kaiser, el fútbol sí es sexo. Nacido en 1963 en Porto Alegre y criado en Rio por una familia adoptiva, Raposo decidió su vocación en el momento en que descubrió que las chicas se volvían locas por los futbolistas y vislumbró un futuro como jugador profesional lleno de fiestas en lugares exclusivos y encuentros con mujeres de bandera. Su talento con el balón estaba lejos de ser ni siquiera mediano, pero él no iba a dejar que ese pequeño detalle frustrase sus ambiciosos planes.

Tras un fugaz paso como juvenil por el Botafogo, de donde fue invitado a marcharse, Raposo se convirtió en Kaiser. Existen dos versiones distintas sobre el origen del apodo con el que pasó a la historia del fútbol brasileño: él lo atribuye a su parecido con Franz Beckenbauer; los demás sostienen que su cuerpo fornido recordaba a la forma de la botella de una cerveza local llamada, justamente, Kaiser.

En cualquier caso, el delantero se las arregló para encadenar contratos con un montón de clubes sin que sus nulas aptitudes futbolísticas supusieran un impedimento. Se valía para ello de una mezcla de maestría en las relaciones personales y don para la impostura. Trabó amistad con algunos de los más destacados jugadores de su tiempo (Júnior, Branco, Rocha, Valdo, Bebeto, Renato Gaucho…) y eran estos quienes aconsejaban a sus equipos la contratación de Kaiser. En una época sin internet y en un fútbol como el brasileño, controlado por redes mafiosas y hundido en la corrupción, la palabra de un 'crack' era poco menos que ley. A partir de ahí, el 'modus operandi' habitual de Raposo consistía en fingir una lesión en la primera sesión de entrenamiento y ver cómo transcurría la temporada desde la enfermería.

Para mantener vivo el interés de los clubes, Kaiser utilizaba ardides como pagar a periodistas para que le dedicaran reportajes en la prensa escrita (haciendo constar siempre que estaba soltero), regalar camisetas oficiales del equipo a grupos de chavales a cambio de que corearan su nombre en los entrenamientos o filtrar el supuesto interés de algún club extranjero de postín en hacerse con sus servicios. En el libro que el periodista deportivo Rob Smyth acaba de publicar para acompañar el estreno del documental se relata un episodio hilarante en el que Raposo simula ante sus compañeros una conversación telefónica con Josep Lluís Núñez. ¡En portugués! "Señor Núñez, ¿puedo llamarle yo dentro de una hora? Justo ahora hemos acabado de entrenar". 

Aún hoy, Kaiser sostiene que fuera de Brasil militó en el Puebla de México, el Independiente de Avellaneda (en el año en que el Rojo conquistó su segunda Copa Intercontinental, nada menos), El Paso Patriots, el América de Cali y el Gazélec Ajaccio de la liga francesa. De su paso por algunos de estos equipos no existe el menor rastro. En Ajaccio, por ejemplo, nadie lo recuerda. Y es una pena, porque una de las historias más divertidas que el delantero relata en el libro de Smyth se refiere, precisamente, al día de su presentación como jugador del club corso. En un estadio "pequeño pero lleno de aficionados", Raposo vio con horror cómo un empleado del club se acercaba con un saco lleno de balones para que la nueva estrella brasileña mostrara sus habilidades. De modo que tuvo que improvisar. Empezó a chutar todas las pelotas a la grada mientras gritaba "¡un regalo! ¡un regalo!" y se besaba el escudo de la camiseta.

Así fue, dice, cómo se convirtió en el ídolo de la hinchada del Ajaccio sin dar dos toques seguidos a un balón. Es una anécdota deliciosa. Qué más da que, probablemente, también sea mentira.