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MI MUNDIAL

Metas volantes

El Mundial es una fotografía de uno mismo, de su estado de ánimo

Josep Martí Blanch

Mario Kempes, con la selección argentina en 1978.

Mario Kempes, con la selección argentina en 1978.

Los mundiales son metas volantes en la vida de un futbolero. Milena Busquets escribía hace unos días que para saber del presente y pasado de un hombre hay que observarlo mientras mira un partido de fútbol. Puede que tenga razón. En mi caso, es cierto que puedo contar todos mis 'yos' por los mundiales que han sido, ahí es nada.

Como todos los 'babyboomers' jugué de titular en Argentina-78 y España-82. Corría en pandilla, bañador y calzado precario por el solar del ya difunto señor Pedrola, mucho antes de que llegaran las recalificaciones y los pisos de la burbuja, en el barrio pesquero en el que crecí. Fijábamos las porterías con piedras y camisetas que molestaban encima de esos torsos de niño anegados de sudor.

Analistas de mar

Emulábamos a Mario Kempes o a Paolo Rossi (¡los pequeños siempre con los campeones!) y desde la inocencia creíamos rememorar con nuestras piernas los partidos que habíamos visto el día anterior en televisión. Éramos mundialistas, aunque jugásemos con pelotas de plástico y con equipos de 15 contra 15 entre hierbajos, hoyos y pedruscos. Hasta teníamos narrador en la banda, aunque su registro lingüístico era limitadísimo.

Llegaron después mundiales que no vi, a excepción de las semifinales y final. México-86 e Italia-90. Los campeonatos de Maradona y Lothar Matthäus. Fueron citas vividas en medio del mar, a bordo de un pesquero de arrastre. Con toda la marinería desmenuzando cada detalle de cada partido que no habíamos visto y que solo podíamos recrear a través del 'Sport' del día anterior que Pancho, el cocinero del barco, traía puntualmente cada madrugada.

El periódico quedaba destrozado antes de soltar amarras de tantas manos como lo disputaban. Esas crónicas de papel hacían posible que analizáramos los partidos como verdaderos especialistas sin haber visto ni siquiera un resumen de lo más destacado. Aprendices de tertulianos argentinos. Los barcos aburren así que ayudan a fabular.

Llorar por culpa de Baggio

Vino después el yo periodista que hasta escribió una crónica del Mundial de EEUU-94 sin pisar suelo americano. El jefe de sección del periódico me mandó a vivir la final que enfrentó a italianos y brasileños a una pizzería del Eixample barcelonés. Me tocaron los perdedores. Lloré con el dueño cuando Roberto Baggio erró el penalti que coronó a la 'canarinha'. Porca miseria.

Luego tocó el turno al yo ajetreado de las responsabilidades de adulto. Un mundial tras otro. Sin recuerdos. A excepción, claro, del 'Iniestazo' de Sudáfrica-10. El yo familiar, celebrando con mis hijos y esposa la primera estrella de la selección española. Sí, celebré la victoria de la roja y voté sí el 1-0. La vida y el futbol son complicados y exigen la presencia de todos colores que caben entre el blanco y el negro.

Hasta hoy, Rusia-18. Con la crisis de los 40 amenazando con perpetuarse en los 50 que ya se vislumbran. Pero ahí está el futbol. Ahí está el Mundial. Dando la bienvenida al verano y al yo del presente. El Mundial es una fotografía de uno mismo. De su estado de ánimo. No anticipa lo que vas a ser, pero como escribió Tusquets, deja ver lo que eres y lo que has sido. Es casi ridículo escribirlo, pero así somos los futboleros.

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