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La maleta ya estaba hecha

Jordi Puntí

Aficionados marroquís siguiendo el partido en el restaurante La Palmera del desierto.

Aficionados marroquís siguiendo el partido en el restaurante La Palmera del desierto. / CARLOS MONTANYES

“Será un partido bonito”, me dice un señor a mi lado, “y gane quien gane seremos felices. A los marroquíes que llevamos tanto tiempo en España, nos ocurre como en esa canción de Alejandro Sanz: tenemos el corazón dividido”. No puedo evitar corregirle, es superior a mí, y le digo: “Partío”. Él asiente: “Sí, sí, el partío empieza ahora, a las ocho”.

Estoy en el Elías y Zacaria, el restaurante de la calle del Carme, y el ambiente es relajado, como si los dos profetas que dan nombre al local impusieran un silencio respetuoso. En el televisor, situado entre una nevera de la Coca-cola y el cesto del pan, empieza el partido y de repente las mesas se han llenado. Abdelkader, el señor que escucha a Alejandro Sanz, asegura que un empate haría contento a todo el mundo, españoles y marroquíes, pero luego Boutaib marca el primer gol y el estallido de júbilo me hace pensar que no es así: estoy en el Raval, estoy en territorio marroquí. Un chico con la camiseta roja de su país celebra el gol y suelta una frase que podría salir en una película de José Antonio Bayona: “Ahora España ya tiene el susto”.

Cinco minutos más tarde, cuando Isco empata, Abdelkader mueva la cabeza con una satisfacción contenida. Como si estuviera en una tertulia, toma un sorbo de su zumo de naranja y dice: “La maleta ya estaba hecha, para qué van a ganar ahora...”. No parece que sus palabras tengan efecto alguno, y el chico de la camiseta intenta convencerme de que su selección debería clasificarse porque juega al ataque, sin miedo, y frente a Portugal les robaron varios penaltis. “El VAR no existe para todos los equipos”, sentencia.

Que gane Messi

Como ese ambiente me parece muy civilizado para un Mundial, aprovecho la media parte para dar una vuelta por el barrio y me meto en otro restaurante, La Palmera del Desierto, en la calle Hospital. Aquí la media de edad es más baja y las mesas están tomadas por un grupo de jóvenes que, por la forma de reír, vestir y gritar, podrían ser los tois de Neymar. Llevan camisetas de Argelia, de Túnez, y todos quieren que esta noche gane Marruecos. ¿Y el Mundial?, les pregunto, ¿quién va a ganarlo? Risas, excitación. La encuesta de urgencia da resultados dispares. Tres apuestan por España, uno por Alemania, otro por Brasil y otro por “cualquiera menos España”. Otro, aun, apunta que quiere que gane el Barça, es decir, Messi.

Me fijo en ellos y me pregunto si de verdad les gusta el fútbol o están ahí por la fiesta. Para no estar en casa tan temprano. Aplauden y gritan con el segundo gol de Marruecos, y luego aplauden todavía más cuando en la pantalla vemos que un aficionado marroquí se queda con un balón que había ido a la grada. Más tarde, cuando España empata de nuevo, al final del partido, encajan el gol con una resignación que parece innata, o quizá filtrada por la distancia. En esos segundos mi cabeza viaja hacia el otro restaurante, a solo unas calles, y me imagino al chico de la camiseta quejándose del maldito VAR, y al señor Abdelkader satisfecho con el empate, con su corazón tan bien dividido.

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