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MI MUNDIAL

Dino Zoff en Sant Boi

La presencia de la selección italiana en un hotel del Baix Llobregat causó estupor entre la población local

Kiko Amat

La expedición italiana en el Mundial 82.

La expedición italiana en el Mundial 82.

El Baix Llobregat es la comarca que todo el mundo cruza, pero nadie visita. Su belleza es un gusto adquirido: mi pueblo, Sant Boi, no es turístico ni doméstico ni una postal. El paisaje está compuesto por polígonos, campos de alcachofas, torres eléctricas, un frenopático enorme. En el siglo XIX, cuando el concepto del turismo estaba a medio hacer, la gente bien de Barcelona venía de veraneo a Sant Boi, pero aquello terminó. Cuando yo era niño mi pueblo ya solo exportaba capital humano.

Y entonces, de repente, en mayo de 1982, por el mundial de fútbol, la FIFA decidió alojar a la selección italiana en un hotel de mi pueblo. Lo cuento en un fragmento de mi última novela, 'Antes del huracán': "La verdad es que es raro, lo de que estén aquí los italianos. Al principio nadie se lo creía, ni siquiera los niños; todo el mundo asumía que se trataba de una inocentada fabricada en Barcelona para reírse de nosotros, los desgraciados del Llobregat. Tuvo que salir en varios periódicos españoles para que la gente empezara a creer, y acudiese aquí en peregrinación, a ver a los italianos, pedirles firmas, bambas, besos, que se nos llevasen pronto".

Una suite con vistas

Nosotros habíamos nacido allí, sí; alguien tenía que hacerlo. Pero, ¿visitarlo? ¿Una selección del mundial? Nadie lo entendía. Los sábados por la mañana los niños se agolpaban en la puerta del hotel para asegurarse de que aquello estaba sucediendo, blandiendo sus álbumes de cromos, señalando a los jugadores, lanzando la ocasional canica al ojo de Enzo Bearzot. Nos tranquilizaba que el hotel fuese de primera categoría, pero nos preocupaban las vistas. "¿Una suite de lujo con vistas a la fábrica de cemento y el párking del Carrefour? El botones le subirá la maleta, señor Zoff". Quizá la gerencia decidiría mantener las persianas bajadas. "Lo siento, señor Rossi. No, no pueden abrirse. Porque no. Créame, 'signore', es mejor así. ¿Este olor? El río, señor. El río, he dicho. No, no flotan en él los mil cadáveres putrefactos de un ejército invasor. Siempre es así". En fin. Con un poco de suerte no se darían cuenta de dónde estaban (nos decíamos).

Se dieron cuenta. La FIFA tomó otra de sus decisiones 'post-bongo de hachís' y ordenó que la selección italiana entrenase en el 'estadio' del equipo local. Aunque carezco de pruebas, imagino que en aquella época debía de ser un cruce entre patatal y zona de pruebas nucleares. Durante el primer entrenamiento algún italiano debió de caerse a un pozo negro, y se acordó trasladar los entrenamientos a otro campo cercano, antes de que alguien resultara herido. Escogieron el campo de algún enemigo milenario de nuestro pueblo, como Cornellà o Gavà, lo que para nosotros fue una humillación peor que el Pacto de Versalles.

Para colmo, ganaron el Mundial. Aún estamos esperando que nos den las gracias.

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