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DOS LEYENDAS DEL ALPINISMO CATALÁN

Cadiach y Latorre, unidos por los 14 ochomiles

Ambos montañeros comparten vivencias tras culminar el pasado año el reto de subir los colosos del Himalaya

Jordi Tió

Cadiach y Latorre, en Tarragona.

Cadiach y Latorre, en Tarragona. / PAU SALAS

Les separan 18 años pero les unen muchas cosas, entre ellas, la pasión por la montaña y, en concreto, por los ochomiles, 14 colosos que conocen como pocos porque saben lo que es colgarse de sus paredes hasta alcanzar la cumbre. Ferran Latorre (47 años) y Òscar Cadiach (65) entraron hace escasos meses en la leyenda al compartir, con algún matiz, el mismo título honorífico: el primero se convirtió, en mayo del 2017, en el primer catalán que conquistaba las 14 montañas más altas; el segundo, en julio, inauguraba la lista de los que culminan la misma gesta pero sin la ayuda de oxígeno embotellado. Ambos, por primera vez en público, compartieron ilusiones y vivencias en el reciente 11º Cicle de Muntanya de la Diputació de Tarragona.

Cadiach (izquierda) y Ali Sadpara, en lo alto del Broad Peak /  òscar Cadiach

Latorre y Cadiach también coinciden en otro detalle, dichoso, si se tiene en cuenta que entre ambos suman casi 100 expediciones al Himalaya. «Estoy inmensamente feliz de seguir vivo», proclama el más veterano. Una sentencia que Latorre corrobora aunque le agrega cierta sorna: «Sí, seguir vivo es una suerte; subir ochomiles, una aventura, pero el milagro es haber podido vivir de la montaña», dice, consciente de la dificultad de encontrar patrocinadores.

Apasionados de la música

«Mi madre siempre ha culpado a  Cadiach de que yo fuera alpinista», sentencia Latorre, quien en agosto de 1985, entonces con 14 años,  fue uno de los miles de aficionados que acudieron al aeropuerto a recibir a la expedición que acababa de conquistar el Everest, con Cadiach, Toni Sors y Carles Vallès como protagonistas principales. Los tres llegaron a la cumbre. Desde entonces, el techo del mundo (8.848 metros) se convirtió en la gran «inspiración» de Latorre, cuya pasión, sin embargo, es la escalada en roca. «No cambio ninguno de los ochomiles por la vía de Santbenedictes», en Montserrat.

"Seguir vivo es una suerte; subir ochomiles, una aventura, pero el milagro es poder vivir de las montañas"

Ferran Latorre

Himalayista


En el caso de Cadiach, fue su madre la que le hizo descubrir el mundo de la montaña. Y también el de la música, afición que comparte con Latorre. Curiosamente, ambos estudiaron piano pero finalmente optaron por curtir sus manos en las frías y ásperas paredes en vez de los delicados teclados. No obstante, siguen siendo dos apasionados de la música, especialmente la clásica, en el caso de Latorre, quien sueña con poder escuchar una de las sinfonías de Beethoven en lo alto del Everest, adonde se ha propuesto regresar en la primavera del 2019. Quiere volver a pisar su cima pero, esta vez, sin oxígeno, como hizo siempre.

Ferran Latorre, con el Everest al fondo / Ferran latorre

Atracción especial

«Siempre he hecho montaña de la forma más honesta», añade Latorre, para quien el Makalu (8.481 metros) «es el más bonito e impresionante» de todos los colosos del Himalaya, una cumbre que termina en un afilado y diminuto vértice de hielo. «Era como tener agarrada esa mole enorme con las dos manos», recuerda Latorre, que no pudo llegar a lo alto de esa cima hasta el quinto intento.

"Somos unos supervivientes. No siempre se puede subir y lo más importante, siempre, es regresar a casa"

Òscar Cadiach

Himalayista

También se siente atraído Cadiach por el Broad Peak, el último de sus ochomiles, que no culminó hasta el cuarto intento. «No siempre se puede subir. Lo importante es regresar ya que las montañas no se mueven de su sitio y siempre te dan una nueva oportunidad», añade este montañero, que en el 2012 logró nada menos que ascender el Annapurna (8091 m.), Dhaulagiri (8.167) y K2 (8.611) en tres meses. «Es mi hat trick particular», suelta jocoso.

Nacidos en el Poble Sec de Barcelona, las montañas han unido la trayectoria de estas dos leyendas del alpinismo que han cerrado sus círculos particulares.