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EL REPORTAJE DEL MARATÓN

El muro de los lamentos del maratón 2018

Cuando entra la crisis, a partir del kilómetro 30, unos se detienen, la mayoría continúa andando y unos cuantos abandonan y buscan la salvación en la boca de metro de Selva de Mar

Sergi López-Egea

Un participante aprieta los dientes, en pleno esfuerzo, durante el maratón de Barcelona.

Un participante aprieta los dientes, en pleno esfuerzo, durante el maratón de Barcelona. / JORDI COTRINA

¿Dónde está el muro? Porque el muro no es una tapia de ladrillos situada en medio de las calles de Barcelona por donde corren los maratonianos. "El muro aparece en el momento más insospechado, pero difícilmente surge antes del kilómetro 30". Habla Cristian Llorens, director del maratón. A Jonah Chesum, el sorprendente ganador del año pasado, el que se compró una vaca con el dinero del premio, le surgió antes del kilómetro 27 y aún así terminó 11º en un tiempo por el que muchos fondistas de pro darían parte de su reino.

José, atleta popular, el muro, más que un muro un edificio entero, se lo encuentra de frente a 100 metros del Arc del Triomf. De repente, casi sin avisar, se le suben los gemelos, como si tuviera dos patas de palo y no le queda otro remedio que parar en seco, tumbarse en la acera y aguardar, con la ayuda de dos amigos que lo acompañaban, que los músculos de las piernas recuperen cierta solvencia para, como mínimo, poder moverse. "Tranquilo, llevamos móvil y no necesitamos asistencia", responden los amigos a la pregunta de una persona que quería prestarles ayuda. "José, si no puedes correr, vamos los tres andando pero llegamos al final".

El Paral.lel, interminable

"El Paral.lel es tan largo, tanto, que a veces la plaza de Espanya es como aquella orilla que ves en el horizonte cuando vas nadando y nunca llegas", explica Xavi Llobet, que fue triatleta olímpico pero que sabe el esfuerzo que significa acabar un maratón. Al menos, en el Paral.lel, ya no hay muro en el que lamentarse. Si se llega al Paral.lel ya es para acabar.

El público anima a los participantes del maratón / jordi cotrina

Pero no todos terminan. Algunos, unos cuantos, los que han visto el muro, los que no se han atrevido a escalarlo, han preferido escapar por las profundidades de Barcelona. Sorprende, a eso de las 11 de la mañana, los atletas que han renunciado, que han dicho no puedo más y aquí me quedo, y que han tenido la precaución de guardar un billete de cinco euros o un abono de metro para buscar la salvación en la estación de Selva de Mar (kilómetro 30) y dejar la carrera al verse incapaces de llegar al final.

La salvación del metro

El metro es el transporte que sirve para descubrir el espíritu maratoniano de Barcelona. En uno de los vagones viajan dos chicas –una se llama Montse, según indica su camiseta—y un chico que también se apean en Selva de Mar para correr desde allí los 12 kilómetros finales del maratón. No hay ninguna norma, si se ha pagado la inscripción, que obligue a realizar el recorrido entero.

La meta no es solo un lugar para festejar la victoria, si no para recuperarse del esfuerzo / JORDI COTRINA

O un par de amigas extranjeras, que van con un plano del maratón en las manos, las bolsas que dan a los participantes para guardar la ropa, y que hacen como muchos acompañantes. Cogen el metro y van siguiendo el recorrido para animar a los suyos en lugares concretos de la prueba. O la pareja de Eduardo –todos los participantes se pueden identificar porque llevan inscrito el nombre en el dorsal—que lo aguarda justo debajo del cartel que indica que se transita por el kilómetro 31, en Diagonal Mar-. El beso que recibe Eduardo le da ánimos para continuar.

El final de la aventura

Un poquito más lejos, y media hora más tarde, frente a la Ciutadella, donde el muro ya es insalvable, una familia francesa espera a Pierre, al que ven aparecer con aire cansino. "¡Allez, Pierre!", el típico grito de apoyo que no hace falta traducir.

Si uno se llena de paciencia y aguarda en el mismo lugar a los que corren (o andan) por encima de las 5 horas se observará que ya se han entregado a la tiranía del muro. Hasta hay tiempo de llamar por el móvil a algún conocido para contarle la gesta, como hace un participante llamado Juan. Más vale que su interlocutor, como ocurre en un famoso espot de una marca de cerveza, no le diga que está en un bar tomando unas cañas. Si así ocurre, lo mejor es enviar al muro a hacer puñetas, buscar el metro de Ciutadella y preguntarle al amigo en que bar se encuentra recluido.

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