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EL PRIMER MEDALLISTA ESPAÑOL

Paquito Fernández Ochoa, contigo empezó todo

El popular y mítico esquiador de Cercedilla, ganador de un oro en Sapporo-72, se codeó con los mejores esquiadores del mundo

"Que yo ganase una medalla olímpica en esquí era como si un austriaco saliera por la puerta grande en Las Ventas", decía Paquito

Emilio Pérez de Rozas

Paquito y Blanca Fernández Ochoa, dos auténticos mitos del deporte español y el esquí mundial.

Paquito y Blanca Fernández Ochoa, dos auténticos mitos del deporte español y el esquí mundial. / ELPERIÓDICO

El doctor entró en la habitación de Paquito Fernández Ochoa en la clínica Ruber, de Madrid, y le siguió dando malas noticias a uno de los grandes, inmensos, auténtico pionero del deporte español, ganador, en 1972, de la medalla de oro de los JJOO de Invierno de Sapporo, que padecía un cáncer mortal, aniquilador.

Paquito, que de tonto no tenía un pelo, considerado por sus amigos más íntimos como un hombre listísimo y con una inteligencia innata, intuyó, sí, que el médico le iba a decir que tenía que seguir extirpándole partes del cuerpo para sobrevivir al terrible melanoma que sufría. De ello hace hoy 12 años.

“Así, doctor, que me va a tener que cortar las piernas”, cuentan que le dijo Paquito a su médico de cabecera. “Y, dígame, dígame, ¿por dónde me las va a cortar? ¿a qué altura?, porque, claro, ¿no pretenderá que camine con el culo?”, fue el comentario de un Paquito que se sabía sentenciado por la medicina desde hacía mucho tiempo.

"La primera vez que lo vimos en el equipo nacional de esquí pensamos: 'este 'tirillas' se va a matar en el primer descenso que baje'"

Antonio Campañá

Fotógrafo, amigo y compañero de Paquito en el equipo español de esquí

Antonio Campañá, uno de los mejores fotógrafos deportivos españoles de las últimas décadas, amigo personal de Paquito y, sobre todo, colega de aventuras deportivas en el equipo español de esquí, “cuando solo nosotros nos atrevíamos a competir y pelearnos con los franceses, suizos, austriacos, algún americano y alemán”, recuerda haber entrado infinidad de veces en aquella habitación para compartir con Paquito sus últimos días.

El curioso altar de Paquito

Y recuerda que, cada vez que entraba en aquella sala, varias de las estatuillas que el gran Paquito tenía en su mesita de noche, estaban de cara a la pared. Así se encontraban, muy a menudo, San PancracioSan Gabriel, Santo Tomás…y alguno, sí, hasta del revés.

Cuando le preguntaba a Paquito el motivo de aquella posición, el esquiador (Paquito siempre, siempre, se sintió deportista y esquiador) le decía que se habían portado mal. Y es que Paquito, tal vez en el colmo de la desesperación, le pedía, de vez en cuando, algún deseo, algún favor, a uno de sus santos. Y, si no se lo concedían, los castigaba un rato de cara a la pared.

Paquito Fernández Ochoa, en uno de sus descensos en Sapporo 1972. / EFE

Así era el gran Paquito Fernández Ochoa, hermano de la gran, de la tremenda, de la portentosa Blanca, otro símbolo de la España deportiva voluntariosa, más fruto de la fuerza y dedicación personal, que de la organización deportiva. “Nosotros competíamos contra auténticos imperios del deporte. Nosotros no teníamos ayuda de nadie, contra deportistas que tenían a todo un país y un montón de fábricas y marcas detrás de ellos. Éramos unos auténticos aventureros. Eso sí, éramos la gente simpática de los campeonatos, de los Mundiales, de los JJOO, los ‘españolitos’ que, con una mano atrás y otra delante, nos peleábamos contra deportistas que tenían todos los medios, y más, a su disposición, hasta países enteros detrás de ellos”, relata Campaña.

La valentía de aquel pequeño esquiador 

Paquito fue lo que fue gracias a él, a su tremenda voluntad, a su irrenunciable decisión de ser un ganador, a su determinación de comerse el mundo aunque, como explican sus amigos del alma, “fuese un tirillas, pequeño, fuerte pero diminuto si se le compara con sus rivales”. Cuentan que cuando Paquito llegó, con solo 16 años, al equipo español de esquí, sus compañeros se partieron de risa. ¡Cómo aquel pequeñajo pretendía codearse con los hercúleos esquiadores de élite!

“Lo primero que pensamos, lo primero, fue ¡este chaval se matará! ¡este niño se estrellará y acabará muerto en el primer descenso!”, explica Campaña. Era un mocoso sin miedo, atrevido, de piernas de alambre, pero con una voluntad de acero y una ambición sin límites. Esa ambición, esas ganas, esa determinación fue la que, en manos del técnico Bernard Favre, lo convirtió en campeonísimo olímpico.

"Paquito se mereció aquella medalla olímpica porque fue el único valiente que aceptó los riesgos que comportaba aquel descenso"

Jean Claude Killy

Mítico esquiador francés, tricampeón olímpico en Grenoble 1968

Paquito, simpático como pocos, vivo como ninguno, bromista empedernido y, sobre todo, uno de los seres más organizados que ha dado el deporte español, tenía una cabecita privilegiada para sus cosas, para sus asuntos. Esa cabecita que, una vez retirado de la alta competición, le sirvió para convertirse en un ser imprescindible para muchas cosas, y su privilegiada forma, estilo, para ganarse a todo el mundo, porque todos lo veían auténtico, fue lo que hizo que aquel 13 de febrero de 1972, hace hoy, precisamente, 46 años, cuando se coronó ante la élite mundial, llegase a la sala de prensa a hombros de uno de los periodistas más prestigiosos del mundo, del diario francés ‘L’Équipe’.

“Paquito se merecía esta victoria porque ha sido el único valiente que ha aceptado todos los riesgos que comportaba la prueba con más decisión que nadie”, le dijo el mítico esquiador francés Jean Claude Killy, tricampeón olímpico en Grenoble 1968y, entonces, comentarista de la BBC, antes de que el propio Fernández Ochoa reconociese que aquel triunfo “de un españolito” frente a los más grandes esquiadores del mundo, fuese “como si un austriaco saliese a hombros por la puerta grande de Las Ventas”.

Una estatua homenajea a Paquito Fernández Ochoa en Cercedilla.  / PEDRO CARRERO

Puede, sí, que muchos de esos recuerdos estuviesen, no solo en la memoria, sino en una libreta que Paquito guardaba con amor y gran ocultación. “Recuerdo e, incluso, durante un tiempo viví pendiente de encontrarla, y, lamentablemente, nunca la he tenido en mis manos, que Paquito tenía, sí, esa libreta fantástica”, sigue explicando el bueno de Campañá. En esa libreta, Paquito, metódico como pocos, anotaba todo lo que hacía y, sobre todo, el nombre, apellido, dirección y teléfono de aquellos que le ayudaban o a los que él acudía para salir adelante. “Lo que ahora tenemos en nuestro móvil, Paquito lo tenía en esa libreta”.

Nadie podía engañar a Paquito

Y, claro, cuando triunfó y empezaron a aparecer miles de descubridores y mecenas de Paquito, es decir, el típico “yo descubrí a Paquito”, “Paquito llegó donde llegó, gracias a mí” o “yo le compré los primeros esquíes”, él sacaba la libreta y enseñaba los que, de verdad, le habían ayudado. Y también, también, los nombres tachados de esa lista, que eran muchos.

Y es que Paquito, cuya muerte se produjo hace poco más de 11 años, pasó de ser un tirillas a uno de los más sorprendentes campeones olímpicos de la historia, de un simpático españolito que se codeaba con los monstruos más poderosos del mundo del esquí, a vestir a la familia real de Ellese.

Deberíamos encontrar esa libreta.