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TESTIMONIO DIRECTO

"Ni se suda, pero es bonito"

Los portadores de la antorcha olímpica disfrutaron con el calor de la ciudad de Barcelona

Albert Guasch

Àlex Corretja, con la antorcha olímpica, en la Rambla.

Àlex Corretja, con la antorcha olímpica, en la Rambla. / ELISENDA PONS

"Es corto, ni se suda, pero es bonito". Un relevista se subió al autobús después de correr los 150 metros que le pertocaron con la antorcha en alto y resumió así su experiencia a otro cuyo turno se aproximaba. En el autobús íbamos todos los que tuvimos la oportunidad de trotar un tramo con el fuego olímpico, rememorando la experiencia de hace 25 años. Entonces, en 1992, unos 10.000 relevistas corrieron 500 metros por toda España. Ayer, pocos más de 30 portadores y al lado otros tantos abanderados por el centro de Barcelona. Y no, esos 150 metros apenas dieron para sudar, pero sí para disfrutar.

Después de atender una ceremonia repleta de discursos de espíritu olímpico en el palacete Albéniz, los relevistas nos pusimos en marcha detrás de Eli Maragall, sobrina del exalcalde Pasqual, aplaudido con ganas antes de empezar los discursos. Habíamos estado más rato de lo esperado quietos, así que el arranque de la excampeona de hockey hierba con la antorcha fue jaleado con ganas. "¡Vamos, vamos!", gritó alguien. Apostaría por Àlex Corretja, quizá el corredor del grupo con espíritu más verbenero.

Corretja corrió de los últimos. No estrictamente el último, porque ese papel volvió a representarlo el exbaloncestista Epi con la elegancia consuetudinaria. Le acompañó en la carrera final la atleta paralímpica Purificación Santamarta y un montón de gente concentrada en la plaça Catalunya. Epi se había bajado antes del autobús para grabar en móvil la carrera de su excompañero Nacho Solozábal, que le tocó un tramo de la Rambla. Como al exdelantero del Espanyol Tamudo. Y a su amigo Dani Ballart, exjugador de waterpolo, ambos muy activos en grabar lo que sucedía a su alrededor. Como todos, en realidad. Ganas de retener una experiencia chula, de guardar el calor de la ciudad.

La antorcha se cambió cada tres relevistas. Había temor a que se apagara el fuego. Y, mira por donde, resulta que el fuego se apagó justo al final, cuando Epi se disponía a compartir la llama con Antonio Rebollo. Suerte de la antorcha de Santamarta. Empezaron con Rebollo unos fuegos pirotécnicos y la fiesta rumbera. Detrás del arquero siempre se sucede la fiesta. 

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