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Kepa Acero, el explorador de olas

Este surfista vasco recorre el mundo para practicar su deporte en los lugares más recónditos. Un accidente estuvo a punto de dejarle en silla de ruedas

Ignasi Fortuny

El surfista vasco Kepa Acero, el pasado 25 de marzo en Barcelona.

El surfista vasco Kepa Acero, el pasado 25 de marzo en Barcelona. / ALBERT BERTRAN

El surfista vasco Kepa Acero (Algorta, 1980) ha desafiado las olas más peligrosas de cada continente. Ha sorteado tiburones blancos en Namibia, arrecifes de coral -«cortan como cuchillas»- en Indonesia y aguas gélidas en la Antártida, entre otros trances. «Pones en una balanza lo que quieres y el coste que puede llegar a tener… No es una cosa inconsciente», expone Kepa sobre los peligros del mar. Pero fue «en casa», en la playa de Mundaka (Euskadi), donde la balanza se desequilibró. O directamente se rompió. «Se me apagó la tele», ejemplifica. Poco menos que un milagro le salvó de quedar, como mínimo, en silla de ruedas en un accidente en la costa vasca el pasado 2 de enero. Otro surfista le sacó del agua inconsciente y con varias vértebras rotas. «Ahora uno incluso se plantea creer en Dios», reconoce, entre risas, sabedor de la suerte que tuvo. «En Mundaka no tengo la sensación de coger un compromiso. Es como andar por casa». Dos meses después, tras una larguísima operación ya volvía a surfear. «Si viene esa misma ola ahora le doy con todo», asegura, sonriente.

Kepa Acero es un deportista singular, lo reconoce. Es el menor de tres hermanos, todos ellos surfistas. «Imagínate mis padres, pobres ¡Teníamos la casa llena de arena!», recuerda. De hecho, el mayor de los Acero, Eneko, fue el primer surfista profesional de España. Kepa siguió sus pasos y a los 16 años quedó campeón de Europa júnior. Estuvo años compitiendo y viviendo del surf hasta que un día decidió cambiar de ola. Abandonó la competición e inició un viaje inspirado en lo que es el surf en su esencia: «buscar olas, aventura, conocer gente, países, culturas». Y con esta idea se fue solo a Namibia y empezó el proyecto que marcó su vida: Cinco olas, cinco continentes. Podría haber seguido compitiendo pero un cúmulo de circunstancias le hizo dejarlo. «Los objetivos de la competición eran muy difíciles, tuve muchas lesiones… y en estos momentos complicados empecé a leer a autores que me influenciaron mucho para lanzarme al cambio», cuenta Kepa. 

Así pues, en el 2010 cogió la tabla, una mochila, un ordenador y se marchó a la aventura en busca de las olas más recónditas de cada continente. Y una cámara de vídeo. «Leí libros de Thoreau en los que explica sus experiencias en solitario, luego salieron las cámara subjetivas… y pensé: yo puedo hacer lo mismo pero en audiovisual». Desde entonces graba sus aventuras en solitario por el mundo, las edita y elabora pequeños documentales sobre sus vivencias. «Me fui con mucho miedo y aprendí que los momentos de crisis que tiene uno son oportunidades para que cambie tu vida», explica. «El valor de los viajes son todas las cosas que te han llevado hasta ahí», resume.

UN CRÉDITO A LOS PADRES

Desde entonces afronta los años con un calendario en blanco, que va rellenando de destinos en busca de olas. Hace estudios de profundidades de agua, vientos y se ayuda del Google Earth para escoger la ubicación. Para aquel primer proyecto no tuvo el apoyo de ningún espónsor. «Le pedí un crédito a mis padres. Ahora, siete años después, voy a terminar de pagárselo», cuenta. Más tarde, las marcas le fueron a buscar con la misma decisión que él busca las olas. Es el único surfista de España que vive de este deporte sin competir. «Es un privilegio. En Europa no creo que haya muchos más», apunta. 

Su historia inspira a muchos aficionados al surf, como los que le acompañaron en la charla que dio en el SurfCity Festival, celebrado en Barcelona el pasado 25 de marzo. «Espero que lo que haga sirva para provocar una contradicción en las personas, un cambio de pensamiento. En nuestra sociedad hay un montón de miedos que nos limitan», expone. Este nómada del surf, que reconoce que no sabe en cuantos países ha estado, alerta de que «todas estas vidas bohemias también requieren un compromiso».  Ahora se muere por marcharse a África. Cuando parta hacia el aeropuerto un momento le dará sentido a todo: abrazará a sus padres y su madre le dará un bocadillo de tortilla para el viaje. Como siempre.

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