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La primera visita de 'La Roja' a Albania: un viaje que acabó en boda

El desplazamiento a Tirana quedó marcado en el recuerdo de Zubizarreta, Víctor, Rincón, Joaquín y el resto de seleccionados como la visita a un país fantasma.

Emilio Pérez de Rozas

Joaquín remata a gol en el Albania-España disputado en Tirana en 1986.

Joaquín remata a gol en el Albania-España disputado en Tirana en 1986. / EFE

Andoni Zubizarreta, guardameta de aquella selección española, quedó impactado al comprobar, mientras descendía del chárter de Aviaco que había fletado la Real Federación Española de Fútbol para realizar su primer desplazamiento oficial a Albania (a Tirana) con motivo del segundo partido clasificatorio para la Eurocopa-88 -que acabaría ganando la Holanda de Rijkaard, Koeman, Van Basten y Gullit-, que mientras ellos bajaban del avión con rumbo a la terminal «una mujer inmensa, grandiosa, sacaba, ella sola, sin ayuda de nadie, toooodo nuestro equipaje de la panza del aeroplano a unos carros con ruedas que, luego, maneja también ella sola».

Era el 2 de diciembre de 1986 y la Roja visitaba, por vez primera, un país extraño, ya entonces casi único, gobernado, más bien mandado, por Ramiz Alia, presidente y secretario general del Partido Albanés de los Trabajadores (PAT), que tan solo un mes antes había sido aupado como «líder indiscutido e indiscutible» del PAT y del país. Poli Rincón, que formaba pareja atacante de aquel equipo de Miguel Muñoz con Emilio Butragueño, recuerda «con auténtico esperpento» aquel viaje y aquella visita. «Durante los dos días que estuvimos en Tirana me dio la sensación de estar en el país más triste del planeta, más pobre, más sumiso y más silencioso. Era como volver 50 años atrás. Era una ciudad fantasma habitada por zombis».

RIVAL TEMIBLE EN CASA

No iba a ser aquel un partido fácil. En realidad no lo fue, pues estuvo a punto de consumarse el ridículo. «Me duele que habléis de Albania como la cenicienta de nuestro grupo», criticó Muñoz nada más pisar aquel oscuro país. «En casa son temibles. Aquí ha perdido Bélgica por 2-0 y ha ganado la República Federal de Alemania (RFA) porque le regalaron un penalti inexistente. Yo estoy por firmar el empate antes de saltar al campo», dijo el seleccionador en el hall del hotel que España ocupaba en la plaza más céntrica de Tirana.

Poco después de llegar a ese hostal, los jugadores se desplazaron al estadio Quemal Stafa, con un aforo de 27.000 localidades, que ya estaban todas vendidas a 25 pesetas cada una, para visitarlo y, si era posible, que no lo fue, entrenarse. «Cuando llegamos al campo -relata Víctor Muñoz, aguerrido centrocampista de aquel equipo-, nos encontramos con la sorpresa, desagradable sorpresa, de que el terreno de juego estaba tomado por una brigada de trabajadores uniformados, casi un batallón, que trataba de disimular ¡cosa imposible! los socavones que había. Porque no eran hoyos, ¡eran socavones! Con carros y palas, los cubrían de tierra y paja y, a continuación, pasaban con una pistola y pintaban el parche de verde para disimular el zurcido». Allí era, fue, sigue siendo imposible jugar a fútbol, en efecto.

España, que alineó a Zubizarreta; Chendo, Arteche, Sanchis, Camacho; Joaquín, Señor, Víctor, Michel; Rincón y Butragueño, arrancó un 1-2 tras sortear el ridículo. Se adelantó Albania, en el minuto 27, por medio de Musa, empató el central Arteche (m. 66) y remontó el sportinguista Joaquín, a falta de siete minutos. Muñoz, que conste, se despachó a gusto con sus chicos... y los albaneses, a los que tildó de «sucios y marrulleros». «¿Nosotros? Horrible, muy mal, sin alegría, sin ánimo, sin fuerza. Olvidaron todas mis consignas. Pero bueno, ganamos que es lo único importante de esta visita».

La visita, por cierto, empezó con un susto enorme en el control de pasaportes del aeropuerto de Tirana, nada más llegar. La policía, el Ejército, los funcionarios de tan oscura dictadura se alarmaron al comprobar «todo el material subversivo» que los internacionales españoles (y acompañantes) portaban en las manos: revistas 'Interviú', diarios 'El País', escudos, banderines... Todo eso les fue requisado. «Como dirían nuestros chavales, era para flipar tortillas», recuerda Rincón. «Nos trataron bien, sí, sí, pero nos quedó una sensación de haber intentado, no sé, introducir contrabando, droga».

SENTADOS EN CUCLILLAS

A Zubizarreta se le quedó grabado el trayecto del aeropuerto al hotel de esa céntrica plaza de Tirana. «La carretera, sin apenas tráfico, contenía en las cunetas decenas de personas apostadas, observando el paso de nuestro convoy. Y lo hacían sentadas en cuclillas, de esa manera tan original que se sientan en algunos países asiáticos, como Malasia, por ejemplo. Y, sobre todo, no cesábamos de ver pasar un ingente número de camiones plagados de toneladas de manzanas, ¡manzanas!».

Joaquín, que volvía a selección tras cuatro años de ausencia, celebra con ilusión aquel viaje y su gol, claro. Y recuerda aquella botella de Coca-Cola que ellos habían ya olvidado y enterrado muchos años antes. «Y tuve, sí, esa sensación que expresan muy bien Zubi y Poli de estar en un país fantasma, con una capital fantasma, repleta de zombis. El mismo día del partido, cuando nos despertamos, no se oía un alma. Ni un ruido, nada. Ni coches, ni bocinas, ni pitos... ¡nada! Y, cuando corrías las cortinas de tu habitación, te enfrentabas a un paisaje casi lunar. Cientos de personas, algunas en bicicleta, pero casi todas andando, caminando parsimoniosamente por la plaza, siempre en pareja, indistintamente hombre-hombre, hombre-mujer, mujer-mujer, pero nunca separados. Y todos muy silenciosos, mudos».

FIESTA EN LA DISCOTECA

Las hemerotecas recuerdan que España y Albania aprovecharon este primer partido entre selecciones para oficializar la restauración y normalización de relaciones diplomáticas, con la presentación de las cartas credenciales del primer embajador español en Tirana, bueno, no en Tirana, sino en Belgrado, que es donde tenía su sede diplomática, cargo que ocupó Luis Cuervo. Hasta puede que Cuervo participase en lo que se considera una de las más duras, difíciles y retorcidas negociaciones para que TVE, a través de La 2, pudiese transmitir el partido en directo con la voz, cómo no, de José Ángel de la Casa, que reconoce que aquella negociación («al final conseguimos la señal vía Grecia») fue tan difícil como la llegada del hombre a la Luna. «Fue toda una gesta, sí».

De la Casa, eso sí, recuerda con curiosidad aquel primer desplazamiento a Albania porque acabó en boda sonada en TVE. ¿En boda? «Resulta que el hotel donde estábamos todos, selección y acompañantes, tenía una discoteca», narra De la Casa con su inconfundible voz. «Y, la noche antes del partido, bajamos unos cuantos, no todos, a tomar una copa, oír música, pues había una orquesta cubana, y, si se terciaba, marcarnos unos pasos en la pista».

El hotel se quedó sin bebidas y el comandante de Aviaco ordenó ir a buscar el cátering del vuelo de regreso a España

Lo que no faltó fue la música. «Éramos todo hombres -matiza De la Casa-, hasta que, de pronto, apareció el comandante y el copiloto de Aviaco, que se quedaban con nosotros para regresar a Madrid después del partido, con las tres azafatas del vuelo. Y, simpática y cariñosamente, ellas se apiadaron de nosotros y bailaron, a ratos, con unos y con otros». Pero, de pronto, como en las bodas de Caná, se acabó la bebida. Y alguien se acercó al comandante y le dijo: «Comandante, se les han terminado las bebidas». Ni corto ni perezoso, envió dos operarios del hotel al aeropuerto para que cogieran el cátering del vuelo de vuelta. «Nos los bebimos todo esa noche y, en el regreso, nadie pudo beber».

¿La boda? ¡Ah, sí! En uno de los pequeños bailoteos, un cámara de TVE se enamoró, perdidamente, de una de las azafatas de Aviaco. Y terminaron casándose, sí.

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