Ir a contenido

UNA CARRERA EN AUGE

"Venga, ¡vamos, vamos!"

Los maratonianos chillaban y pedían a gritos el apoyo de los miles de barceloneses que se han volcado con la carrera

Sergi López-Egea

RAMOS/DE LUNA/PONS/FADRIQUE

"Venga, ¡vamos, vamos!"
Maratonianos siguen la estela de la liebre de las tres horas, en Barcelona.
Avituallamiento en la calle de Gran Via.
Un grupo de corredores de Rios Running Manresa, tras terminar la maratón, en la plaza de Espanya.
Corredora, en la Gran Via.
Participantes en el maratón en la Gran Via.

/

“Venga, ¡vamos, vamos!”. El grito se repite en cada curva del maratón de Barcelona, pero es frente al Arc del Triomf, en el viraje donde el maratoniano aminora la marcha, donde el paso se estrecha por el gran número de personas congregadas, donde se escucha con mejor claridad. Cada participante lleva el nombre inscrito en el pecho, con el número de dorsal, así que para el público es fácil identificar al corredor.

El “venga, ¡vamos, vamos!”, no proviene de los curiosos, turistas, aficionados, simplemente barceloneses que pasean por la ciudad. El grito llega del pelotón, del numeroso pelotón que se sitúa a la estela de las ‘liebres’ de las tres horas. Es Mario quien chilla, quien levanta los brazos, quien aplaude. Y lo hace porque quiere sentir el apoyo de la gente, escuchar gargantas que lo animan, porque en la Ronda de Sant Pere comienza el ‘muro’, el martirio, los dolores de patas, de riñones, de espalda, de brazos. Porque allí es donde todo le molesta al corredor hasta el roce con la camiseta sudada y húmeda. Y es allí precisamente donde el grito de ánimo de la gente se escucha con intensidad y provoca una especie de energia extra, como una medicina natural y sin trampa que da poder a las piernas para afrontar la ruta final hacia la plaza de Espanya.

Un paseo por Barcelona esta mañana ha servido simplemente para constatar que si había 20.000 maratonianos recorriendo la ciudad, la cifra se multiplica y se llenaba de entusiasmo con el aliento del espectador. Se podía ver poco después de las 9 de la mañana cuando poquita gente todavía esperaba al grupo de africanos que comandaba la carrera y que enfiliaba el Paseo de Gràcia hacia la calle Rosselló. Allí ha sido el momento para descubrir el dorsal e incorporarse a la prueba como atleta y escuchar durante seis kilómetros de experiencia, hasta la Meridiana, mucho más de cerca el aliento de la ciudad, tras los pasos de la 'liebre' que marcaba la meta a tres horas de inspiración deportiva. Exagerado ha sido el tránsito ante la Sagrada Familia, tal vez donde había mayor número de turistas quienes por una vez han cambiado el objetivo de las cámaras de sus teléfonos móviles y sus palos ‘selfies’ que en vez de dirigirse hacia el templo han enfocado a los atletas que pisaban el asfalto.

LA LLEGADA DEL PELOTÓN

La llegada del metro, el transporte público, ha aproximado al periodista hasta el Arc del Triomf paravivir el paso de un maratón que se transformaba de una carrera individual por debajo del ritmo las dos horas y media a un pelotón con sinónimo de manifestación a partir del objetivo de cubrir el recorrido por encima de tres horas. Y siempre, el grito del “venga, ¡vamos, vamos!” como señal para que los aplausos del público impidieran un abandono sobre el ‘muro’ de Barcelona.