El Barça desata la ira del Bernabéu

El Barça humilla al Madrid en un baile que provoca gritos de «Florentino dimisión»

Iniesta celebra su golazo, el 0-3, en el Bernabéu.

Iniesta celebra su golazo, el 0-3, en el Bernabéu. / JORDI COTRINA

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David Torras
David Torras

Periodista

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Faltó uno para el 0-5 y honrar así fielmente la memoria de aquel Barça del 74, justo cuando acaban de cumplirse 40 años de la muerte de quien vivió aquella derrota como una humillación, una crisis de Estado, y cuando uno de aquellos héroes, el autor de la gran obra que es el Barça desde que sigue su pensamiento, Johan Cruyff, anda en una lucha mucho más vitalJohan Cruyff que cualquier partido. No fue el 2-6 pero estuvo a su altura con Suárez (2), Neymar e Iniesta como verdugos. El Madrid perdió de mala manera en el campo y se aleja a seis puntos en la clasificación, pero todavía resultó más doloroso el golpe moral que vivió el Bernabéu y, más que nadie, el ser superior, que bajó de las nubes de un sopapo, señalado por primera vez en mucho tiempo por sus fieles.

«Florentino, dimisión», gritó varias veces la grada, en medio de un baño de padre y señor mío, con el Barça paseándose tan ricamente, tocando casi al paso,  ante un rival desquiciado, arrodillado, que por perder, perdió también ese espíritu luchador que dicen forma parte del escudo. Pues ni rastro. El Madrid cayó a plomo, sin decir ni pío, sin que ni uno solo de los imponentes nombres que amontonó Benítez, tal vez contra su voluntad, sucumbiendo a la presión de ser valiente, alzara la voz ante tanta humillación.

El enorme mosaico blanco que abrió la noche se repitió al concluir el partido. Miles de merengues alzaron las cartulinas blancas, convertidas en pañueños de indignación contra el equipo y el palco, donde Florentino, acompañado por Mariano Rajoy, también de corazón blanquísimo, debió retorcerse de rabia. No es un buen perdedor, desde luego, así que Benítez ya tiene una cruz sobre su cabeza.

UNA AFRENTA IMPERDONABLE

Una afrenta así no se perdona, y es fácil imaginar a Zidane calentando en la banda. Todo fue tan desquiciante que el único jugador aplaudido y ovacionado, despedido como un héroe, fue Isco. No hizo nada especial salvo patear a Neymar y ganarse la expulsión. Pero era lo que pedía el Bernabéu, que ya había coreado aquello de «11 Juanitos, queremos 11 Juanitos». 

En el Barça, no hubo Juanitos. Hubo fútbol de primera clase, toques y más toques, un armónico baile en  el que ni siquiera necesitó que actuara su gran vedette, el rey de todos los escenarios. Por una vez, Leo Messi fue más espectador que protagonista y contempló desde el banquillo cómo sus compañeros han aprendido un poco a vivir sin él, aunque todos quieran seguir viviendo a su lado por los siglos de los siglos. 

0-3 Y SIN MESSI

El 10  apareció con 0-3, en lo que tuvo un aire  de reivindicación del equipo y, al mismo tiempo, provocó que el Bernabéu tragara saliva. La tragedia no se consumó y el marcador engordó menos de lo que pudo haber sido, con unos cuantos goles desperdiciados (también Bravo sacó algunos), en especial el simbólico 0-5 que Munir le arrancó de los pies a Piqué, Era el círculo perfecto. El más maltratado, el blanco de todas las iras, por culé y catalán, estuvo a centímetros de poder alzar otra vez los cinco dedos de la mano en territorio comanche.

Fuera del campo, el clásico se vivió en paz, sin nada que lamentar, en medio de un despliegue policial excepcional que convirtió la entrada al Bernabéu en una sucesión de  controles. La imagen de policías apostados sobre el tejado con miras telescópicas, al estilo hombres de Harrelson, recordaba el aire especial que rodeaba la cita, y que adquirió un tono más trascendente en el minuto de silencio, bajo la bandera francesa y las notas de la Marsellesa, una respetuosa tregua con unos y otros unidos en un mensaje de condena y de solidaridad antes la batalla.

PITOS A PIQUÉ

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En el campo, si hubo víctimas. Todas del mismo bando. No tuvieron nada que hacer, empequeñecidas ante un enemigo que les llevó por el camino de la perdición, ahora por aquí ahora por allá, hipnotizados por el balón, como en los  tiempos del mejor Barça. Este también lo es y ayer adornó el triplete con una conquista que le faltaba, la del Bernabéu  y a lo grande.

Otra gran película de color azulgrana, con escenas conocidas, como los aficionados que empezaron a desfilar a casa en cuanto Iniesta limpió la escuadra en el 0-3. Pero mucho peor fueron los gritos y susurros que desbordaron la grada unas cuantas veces, y de los que no se salvó casi nadie. Tremendo. Después de haberse desgañitado cada vez que Piqué tocaba la pelota, después de haber pitado el nombre de Messi cuando se anunció pese a ser suplente, un gesto inisual que delata la magnitud de la obsesión y de la tragedia que ha significado Leo en la vida del Madrid, el Bernabéu alzó el dedo contra su dueño y señor: Florentino.