31 oct 2020

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LA LLEGADA DE LA LLAMA

La antorcha encendió a Barcelona

Centenares de miles de personas estallaron de júbilo cuando Pujol, Maragall y Solozábal recibieron el símbolo de los Juegos Olímpicos en el Moll de la Fusta y lo ofrecieron a la ciudad

ALBERT GIMENO / Barcelona

La llegada de la antorcha olímpica a Barcelona enloqueció a la ciudad. Centenares de miles de personas (algunas fuentes hablaron de un millón) atiborraron el Moll de la Fusta, la Rambla y la Via Laietana para ver o adivinar la llegada del fuego olímpico. Cuando la llama desembarcó del yate 'Rosalind' flamearon las banderas catalanas, las de la ciudad y las barretinas, y cuando la antorcha fue ofrecida a los ciudadanos por el presidente de la Generalita Jordi Pujol, y el alcalde de Barcelona, Pasqual Maragall, la zona portuaria de la ciudad estalló como lo hiceron los barcelonistas con el gol de Koeman en Wembley.

A las 10.50 horas, el capitán desembarcó la llama del yate 'Rosalind',la agitó como si fuera la bandera y se la pasó a Anna Silvestre, una psicóloga industrial de 25 años y voluntaria olímpica, que fue la envidia del resto de sus compañeros. A ella le tocó cubrir el trayecto entre el muelle y el escenario infantil, con escaleras de colores de parchís, en el que aguardaban sonrientes Maragall y Pujol. El President fue el primero en coger la antorcha y ya no la soltó. Al instante se la ofreció a Pasqual Maragall, que puso su mano sobre la de Pujol. Ambos dieron tres giros sobre una pequeña superficie. Con la mejor de las ovaciones, las banderas al viento y el himno olímpico que sonaba al mayor nivel posible de decibelios, Pujol y Maragall parecían realizar la vuelta al ruedo que les toca vivir a los grandes toreros.

Ninguno de los periodistas extranjeros que cubrían la información hubiese creído en ese momento que Pujol y Maragall son grandes rivales políticos y que sus partidos se despelleja a la mínima oportunidad. Lo único que no pasaba inadvertido era el clamor popular. La intensidad del momento se recrudeció cuando Ignacio Solozábal, el hasta hace poco base del equipo de baloncesto del FC Barcelona, recibió el fuego olímpico de las dos instituciones que más han luchado por los Juegos, aunque hayan invertido menos que el Gobierno central. Solozábal subió a lo más alto del peculiar escenario y, desde allí, saludó a la multitud girando lentamente la antorcha como hace un matador con su montera.

Desde que la antorcha tocó tierra firme hasta que Solozábal inició su carrera hacia el centro de la ciudad pasaron sólo cinco minutos, pero la emoción del acto los tiñó de un halo imperecedero.

Con Solozábal desfilaron los centenares de miles de ciudadanos que se agolparon frente al mar. El fervor por ver la antorcha no respetó ni el monumento a Colón, que vio cómo una multitud de barceloneses trepaba por su base y montaba al más puro estilo cowboy a los leones de Vallmitjana que escoltan la estatua.

En los prolegómenos de la llegada del fuego olímpico ya parecía que todo acabaría como lo hizo: con algarabía desbordada, con ríos de gente y sonrisas de oreja a oreja. Era como rememorar la obtención de la Copa de Europa o la Liga. Ayer se demostró que Barcelona vuelve a tener en 1992 el amuleto mágico para conseguir todo lo que quiere y para celebrarlo como desea, sin medida.

Sirenazos y 'castells'

Mientras se esperaba la antorcha hubo un poco de todo: fuegos artificales, sirenas atronadoras de barcos, un Cobi con barretina, castells humanos de los Castellers de Barcelona, banderas independentistas, música enlatada de origen americano servida en altavoces por la organizació y hasta el regalo de un pin de Atlanta del alcalde Maragall a la voluntaria olímpica. Los ciudadanos soportaron horas y horas de pie pero al final todo valió la pena, tanto como señaló la voluntaria que recibió en tierra la antorcha: “Me gustaría que las persona sintiese anlguna
vez la inmensa alegría que yo he tenido esta noche”.