El partido del Camp Nou

Regalo de Messi

La estrella firma un póquer, con dos penaltis, en la goleada al Espanyol para asegurar la mejor despedida de Guardiola en el Camp Nou

Messi se escapa con el balón de Baena, Verdú y  Víctor Sánchez, anoche.

Messi se escapa con el balón de Baena, Verdú y Víctor Sánchez, anoche. / JORDI COTRINA

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JOAN DOMÈNECH
BARCELONA

U n par de goles de Etoo inauguraron laera Guardiolaen el Camp Nou y un póquer de Messi la cerró en el estadio, a la espera de la despedida definitiva con la final de la Copa del Rey. El goleador del pasado, el nexo de unión con la etapa de Rijkaard, y el del presente y el futuro plasmaron la voluntad ofensiva y festiva de un equipo inolvidable. El Barça ha entrado en otra dimensión futbolística de la mano de su entrenador, histórica, irreal casi, y lo certificó Messi, el gran líder, que con el póquer de ayer se disparó hasta los 50 goles en la Liga y 72 en la temporada. Con perdón, unaputa barbaridad. De ciencia ficción.

Tan de ciencia ficción como la clarividencia que han adquirido los árbitros en cuanto el Madrid sentenció la Liga. Cuatro penaltis a favor del Barça en dos jornadas invitan a la reflexión; no porque fueran más o menos diáfanos, sino porque otros muy similares y más evidentes se les negaron a los azulgranas. El sarcasmo de Guardiola del miércoles, al decir que ya no hacían falta los penaltis en su día negados, como si pudieran restituirse, mueven a sospechar. Fueran regalados o no los del derbi, el regalo que perdurará fue el de Messi, uno más, protagonista principal de la fiesta de Guardiola.

LA LUZ ES LEO / Nueve goles en los tres últimos partidos rubrican la absoluta dependencia del Barça de la luz que desprende el astro. Aunque Pinto haga una gran parada, aunque Mascherano salve un balón bajo los palos, aunque Adriano le sirva en bandeja una escapada, Messi es el principio y el final, la solución y el problema: en el eclipse individual de la semana pasada, al equipo se le fue la Liga y la Champions.

Messi pintó el derbi de goleada y anticipó la fiesta de Guardiola, con quien se abrazó al marcar el cuarto tanto. Por segunda vez este año perpetró un póquer. No había mejor forma de preparar el homenaje del club y del estadio que lograr la victoria, y si el marcador pintaba amplio y limpio, mucho mejor.

GOLEADA TARDÍA / El asunto se encarriló tarde. Pochettino y el Espanyol volvieron a complicarle la vida a Guardiola y el Barça, pero no pudieron combatir el ansia local por abrochar la temporada con la brillantez con que encadenó las tres anteriores. Pareció en muchos momentos que los puntos tenían relevancia para la clasificación, cuando todo su valor era puramente protocolario. A los 4 minutos Forlín ya vio la tarjeta que anunciaba nubarrones sin que llegara a caer la tormenta, apenas algunas escaramuzas de un Baena histérico que dio a entender que buscaba una pierna y una tarjeta.

Guardiola rechazó la tentación de idear una alineación a su gusto, simbólica, recordable, como sacar el once de gala, el que se recita de memoria, o llenarlo con once canteranos para que quedara constancia de su obra. Fue una alineación híbrida, con otra oportunidad para Montoya, una muestra de gratitud hacia Keita y un empujón a Pedro para que Del Bosque se lo lleve a la Eurocopa.

Más sorprendente resultó que Pochettino prescindiera de Uche o Coutinho, los hombres que mejor buscarían las cosquillas al Barça. Weiss y Verdú se vieron huérfanos de talento para poder combinar. Lo habrían tenido peludo ante la mejor defensa de la Liga. Puyol y Mascherano no dejan pasar una. El capitán apleó a toda su fiereza para impedir cualquier sobresalto.

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EL BALÓN Y LA BOTA / Cuarenta y cinco goles había marcado el Espanyol en toda la Liga y con cuarenta y seis se presentaba Messi a la cita. Se disparó hasta la cincuentena porque el equipo, más que nunca, se ha conjurado para que la falta de la Liga y la Champions no le condicione para ganar el próximo enero el Balón de Oro. La Bota de Oro ya la acaricia.

Consagrado a ese objetivo particular, el Barça trató de hilvanar juego pero ha perdido el hilo sin ese empuje que proporciona la ambición por los títulos. En ello también tuvo que ver un Espanyol indiferente a los fastos azulgranas, bien plantado atrás pero sin presencia arriba. Tres de los cuatro goles llegaron a balón parado, signo inequívoco de que faltó fútbol. No será ese el recuerdo de la noche en que, como otras muchas, deslumbró Messi, pero que, como en todas, desde la primera, hubo la sabia mano de Guardiola.