La Liga de Campeones

Messi despacha al Leverkusen y da color a un duelo de trámite

El delantero logra otra gesta goleadora para que el Barça triture al conjunto alemán

Keita se anticipa de cabeza a Rolfes y a Kiessling, anoche en el Camp Nou.

Keita se anticipa de cabeza a Rolfes y a Kiessling, anoche en el Camp Nou. / JORDI COTRINA

3
Se lee en minutos
JOAN DOMÈNECH
BARCELONA

No tenía historia el partido desde hace tres semanas y no la habría tenido ayer a no ser que alguien decidiera hacer algo sonado. Y el de siempre, el más ruidoso de todos, quiso escribir un capítulo más en el libro de gestas que va redactando. Como ha marcado dobles, triples y póqueres (el último, hace 20 días ante el Valencia), perseguía una manita él solo. La sacó y la extendió, repleto de motivación al salir al campo, entre el resquemor por haberse perdido el partido ante el Sporting por acumulación de amonestaciones y el aliciente de pasar de largo en la enésima efeméride que cumplía: había anotado 49 goles en 68 partidos internacionales y amplió la marca a 54 en 69.

Tampoco quería Guardiola que fuera una noche recordada por una mancha, y colocó al mejor once sobre el campo. Los niños se quedaron sentados en el banquillo para aprender cómo se lidian partidos como el de ayer, cuando parece que está todo hecho y la hinchada se arrellana en la butaquita pidiendo diversión porque los nervios se templaron en la ida. Messi y Busquets, sancionados el sábado, desplazaron a Keita y Cuenca y completaron la alineación de gala que aplastó al Bayer Leverkusen hasta sonrojar a todo el fútbol alemán. Su mayor estandarte, Franz Beckenbauer, pensó en la grada que el pasado siempre fue mejor.

UN RIVAL EXQUISITO / El Barça, en cambio, piensa en que el futuro es superable a lomos de Messi, capaz de marcar dos goles de vaselina con cada una de sus piernas. El equipo encuentra en Europa menos obstáculos ajenos al fútbol, y el desconocimiento y la nobleza de los rivales le confiere una capacidad de sorpresa insuperable. Como en la ida, el árbitro sacó una tarjeta a la primera infracción que lo merecía y mantuvo el encuentro en el terreno deportivo. Exquisito, incluso, porque el Bayer apenas cometió faltas.

Blando como una madre, ni quiso (tampoco tuvo la pelota como los equipos españoles) ni pudo ante la velocidad con que la mueven los azulgranas, nunca vista en la Bundesliga. El Bayer quiso ser más ofensivo que en la ida en casa -una rara costumbre que parece calar en algunos entrenadores- y lo pagó con una tunda. Erró en la estrategia. Colocó dos puntas para apretar a Piqué y Mascherano, juntó las tres líneas en 30 metros y dejó un solar a la espalda de la defensa. Leno, el portero, estuvo temblando los 90 minutos bajo los palos. La tiritona le impidió parar alguna. Cuatro de los seis goles fueron en repetidos mano a mano con Messi y Tello, aprendiz ejemplar del astro que exprimió la última media hora. Como el sacrificado Keita o el joven Muniesa, que descargó los músculos de Adriano.

Noticias relacionadas

MOSCA PISOTEADA / La presión del Leverkusen en el centro del campo, que serviría para ahogar a cualquier equipo hasta desquiciarle, fue para el Barça como una mosca incordiante que se ahuyenta con un aspaviento. O se pisotea si molesta mucho. A la que Xavi ajustó el compás, Messi ajustó los tiempos de salida como un velocista y Alves e Iniesta entretenían a los laterales, empezó la tortura al cuadro alemán. La escabechina concluyó en una barbarie impresionante. Y no se trataba de una primera ronda de la UEFA, como el Hapoel Beer Sheva o el Matador Puchov, nombres que ilustran las mayores goleadas europeas del Barça, sino de unos octavos de final de la Liga de Campeones.

UNA LABOR COLECTIVA / En una espectacular labor colectiva de juego pausado, ordenado y profundo, con Xavi creando, Iniesta desbordando, Cesc desordenando, Busquets limpiando y Messi castigando, resurgió el Barça inmisericorde para destrozar al Bayer, una colección de estatuas de sal, sin alma ni sentimientos, tal vez sin orgullo, y que se llevó el aplauso piadoso cuando marcó el gol del honor en el último minuto del encuentro. Ni para eso sirvió.