24 oct 2020

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La Liga de Campeones

La mano de Leo

Messi pulveriza la Champions marcando cinco goles y acerca un poco más al Barça a Múnich

DAVID TORRAS
BARCELONA

Para los que todavía arrastran el viejo síndrome culé de tener que sentir un inquieto hormigueo en el estómago para disfrutar, ese punto masoquista forjado durante años y años de sufrimientos, y que aguardaban la cita de anoche con cierta desgana, huérfanos de ese contradictorio aliciente, sabiendo que no había nada que temer, el Barça de Pep Guardiola les dejó otro pequeño álbum con momentos para recordar con la gigantesca figura de Leo Messi en la portada.

Nada extraordinario, es cierto, porque son ya tantos episodios gloriosos que todo parece poco. Pero es probable que algún día se eche de menos lo que ahora se toma como una rutina. Y no lo es. Con Messi en juego, nada es rutinario. No hay nada igual en el mundo. Ayer se convirtió en el primer jugador de la historia de la Champions en marcar cinco goles en un partido. Sí, cinco. Una mano él solo. Hay que reescribirlo y reelerlo para creerlo. Así son las cosas con Leo, tan extraordinarias que parecen mentira. Y a su imagen y semejanza, el equipo que él guía.

PARA RECORDAR / En esta excepción convertida en norma, el Barça trituró al Bayer Leverkusen (7-1, 10-2 en el global de la eliminatoria) como si la Champions fuera un entrenamiento y los alemanes una pandilla de amigotes. No fue un gran partido, pero algún día el Camp Nou añorará noches como esta, y tal vez entonces muchos le den el valor que merece y lamenten no haberlo disfrutado como merecía y haberse marchado a casa antes de tiempo, como ocurrió ayer en el tramo final. Pues nada, se perdieron el gol de Messi. El quinto. Total, uno más. No vendrá de uno. Pues sí. Todo, hasta el más pequeño detalle, merece ser paladeado.

El día antes, en el Emirates, nadie se fue antes de hora, esperando el milagro del Arsenal, el cuarto gol que no llegó y que ha dejado fuera a los ingleses. Como al Manchester United, el finalista de Wembley, o al multimillonario City, y a los que igual dentro de una semana acompaña el Chelsea de Abramovic, que no hay manera de que pueda conquistar la Champions, el gran y único capricho que no puede comprar.

Ni 1-3 ni mandangas; Guardiola trazó la alineación sin mirar el marcador, fiel a su palabra de que Europa no tolera pecados de soberbia. Así que puso en escena un equipo sin reservas, lo mejor de lo mejor salvo las ausencias obligadas de Puyol, Alexis y Abidal, los únicos que podrían meter la cabeza si se jugara la final en el Allianz Arena de Múnich.

EL MADRID, A LA VISTA / Múnich, sí, ese es el punto en el horizonte que va acercándose poco a poco. Un corto camino de cuatro partidos, del que han desaparecido grandes enemigos, pero en el que es probable que tarde o temprano se cruce el peor de todos, si no el único con el que parece obligado pelear por la corona que el Barça luce con tanto honor. Una cita que todo el mundo da por hecha con la única duda de si será antes de Múnich o si será verdad que esta terrible relación que se vive con el Madrid de Mourinho está condenada a escribir una página insuperable. Una final de la Copa de Europa, lo nunca visto.

De momento, el Barça ya ha dado un paso más que el Madrid, pendiente de resolver en el Bernabéu el duelo frente al CSKA tras el 1-1 de la ida. Con Mou ya ha roto la maldición de los octavos y es más que probable que siga avanzando. El Barça le estará esperando otra vez. Y Messi. «Te veré en Múnich», le surruró a Guardiola su colega del Leverkusen, Robin Dutt. «Así lo espero», dijo tímidamente Pep. Allá van.