La nueva Masía - Publicado 21-10-2011

Alrededor del futbolín

Tutores y deportistas de la nueva Masia luchan por mantener el espíritu solidario que creó la idea

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No fue Oriol Tort. No. Por más inmenso que fuese, no fue él. No se sabe quién fue. Nadie lo ha mirado, ni investigado. Porque no importa. Porque aquello que surge de la gente se mima, se cuida, se riega, se poda, se cosecha, se deleita. Y ahora, cuando el Barça cumple su tercer ciclo mágico, luminoso, de nuevo con gente de la casa, con la misma gente que arropó a Ladislao Kubala y acumuló las cinco copas, que contagió a los vascos y a tres fenómenos foráneos en el seno del dream team o hizo renacer las ilusiones de la mano de Frank Rijkaard y ahora hace babear a la gent blaugrana dirigidos por Pep Guardiola, ahora, cuando se inaugura la nueva Masia, es cuando se puede decir bien alto -no más claro, porque claro estuvo siempre- que el milagro, el encanto, la magia no está en el edificio, por más que sus paredes, las viejas y las nuevas, goteen sabia, resina, pegamento azulgrana. La obra, amigos que los admiráis, que pretendéis imitarles, está en sus gentes, licenciados o profesionales, adultos o jóvenes.

Ese cubo acristalado, que se autoalimenta de luz, de sol, de energía, es redondo por dentro. Redondo como las mesas camillas de nuestras abuelas, aquellas en las que, entre sus patas, había un inmenso brasero. Y ese brasero, que lo sepan aquellos que quieren copiarlos, se alimenta de la historia, de hombres y mujeres en los que han confiado todas las directivas. Esa es la mejor inversión del club: grandes profesionales apasionados en su trabajo educativo. ¿Nombres? Como el primero que movió esa idea, nadie repara en sus nombres ni en sus apellidos.

Gente corriente, nuestra

Porque es el cocinero que fríe las patatas que ese día no toca. O la señora de la limpieza que, además de hacer de mamá en casa, ejerce de mami en los pasillos de la Oriol Tort, que no en sus habitaciones porque no osa entrar. O ese celador, que no es vigilante, ni quiere, que no es segurata, ni lo pretende, que es amigo, o pedagogo, o colega. Y removerá cielo y tierra por una aspirina. O regalará mil abrazos de oso. O ese técnico que, incapaz de resolver el problemilla que se le viene encima, entra en el despacho de Carles Folguera, el director del centro (¿querían un nombre? Pues ahí les va el primero y único) y entre todos, el técnico, el dire, el chaval y sus amigos resolverán el entuerto. Fijo. No lo duden.

Porque un edificio así solo tiene un problema y contra él luchan sus ocupantes: que la comodidad, la amplitud, la modernidad, los grandes espacios, la cama, la mesita de trabajo, la luz, la estantería, el ordenador, el enchufe, la tele que ahora sí, ahora tienen todos, los 80 becados, no les haga ser menos sociables, menos solidarios, menos personas, menos amigos. Porque no está escrito en ningún sitio -ni siquiera en el libro de instrucciones que Folguera reedita cada año sin imprimirlo-, pero la riqueza de este invento está en ser lo suficientemente modélicos como para crear un vínculo afectivo de seguridad en el que los muchachos, además de crecer como deportistas («no hay nada más duro en esta vida que gestionar el fracaso», señala el director), crezcan como personas. Y aprendan que la riqueza está en el camino, no en la meta.

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De ahí que el primer objetivo de los educadores sea que los chicos compartan su vida, sus estudios, su trayectoria deportiva, sus cuitas, en las zonas comunes de La Masia. Es mejor que todo gire alrededor del futbolin, del billar, de la pantalla de plasma, incluso de la Play, que alrededor de la mesita de noche, de la almohada, donde no cabe nadie, donde nadie le oye, ni le escucha, ni puede ayudarle. Es en la planta baja donde vas a encontrar a la gente, a tu gente, la única que te echará una mano y te ayudará a superar ese disgusto, esa nota, ese descarte, ese gol fallado o esa ausencia del titular, esa jornada en el banquillo.

Suena a telenovela mexicana, puede, pero funciona. La intención es vivir como se juega: en equipo. En familia. Y, cuanto más grande, mejor. «Ellos saben que lo sabemos todo, todo, de ellos. Es por eso que, cuando acuden a nosotros, no les podemos fallar», explica Folguera, que afirma que «todos tienen la posibilidad de triunfar, pero no todos tienen el deseo de prepararse para hacerlo». No saben lo que Tort, nadie sabe lo que Tort, pero todos tratan de mantener vivo su espíritu. Así empezaron y así siguen.