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El desierto de las emociones

Mònica Aguilera, ganadora del Marathon des Sables, rememora su aventura de 250 kilómetros por el Sáhara

CARLOS MÁRQUEZ DANIEL
BARCELONA

Mònica Aguilera tiene cara de tierna profesora de primaria, de no haber jugado nunca a picar timbres ajenos, de dejar que la gente mayor le gane al ajedrez. Por eso, y porque no saca pecho sino que destila humildad, su reciente victoria en el duro Marathon des Sables –250 kilómetros en seis etapas por el desierto del Sáhara– es aún más celebrada. «Hacer lo que te gusta es un lujo y participar en una prueba así ya era un premio», resume, después de haber ganado 4.000 euros, un suspiro de Cristiano Ronaldo.

Se presentó en Marruecos con la intención de «aprender» y de sentir en sus piernas una carrera que muchos definen como la más dura del mundo, un calificativo que en este deporte se aplica con tanta facilidad como el fútbol promete un partido del siglo. Acudió junto a su pareja, Aurelio Olivar, otro figura de la especialidad que acabó en un más que meritorio sexto lugar, y sus amigos Nil y Néstor Bohigas; todos, con experiencia en el Sables. «Con lo que te cuentan te haces una idea, pero cuando llegas al desierto ves que hay mucho más, emociones intensas que nunca pensaste que podrías vivir en tan solo una semana. Si te digo que ahora soy íntima amiga de alguien que ni conocía hace diez días, te parecerá imposible», narra Mònica, miembro del equipo Salomon Santiveri Outdoor que ayer se presentó en Barcelona y del que también forman parte Kilian Jornet, Miguel Torres, David Torres, Agustí Roc, Miguel Heras, Nerea Martínez, Stephanie Jiménez, Tòfol Castañer y el propio Aurelio.

Estaba dispuesta a sufrir en una prueba en la que uno debe cargar todo lo que va a necesitar durante una semana, pero nadie le dijo que la edición 25 del Sables sería la más calurosa de todas (50 grados). Contenta por una estrategia que salió bien «casi sin querer», admite que en este tipo de desafíos la mente es más importante que el físico y que se quedó algo más tranquila al comprobar que sus rivales estaban tan hartas y sofocadas por el sol como ella. «En otras carreras, cuando iba en cabeza me sentía mentalmente fuerte, pero aquí no me ha pasado, ha sido un suplicio, sufrí mucho porque los ritmos de carrera no eran nada cómodos», evoca.

Control de principio a fin

Mònica controló la carrera desde la primera etapa. La favorita, la marroquí Touda Didi, abandonó el tercer día por querer ir más rápido de lo que su pequeño cuerpo podía aguantar. La catalana solo debía mirar de reojo a la holandesa Jolanda Linschooten, con la que compartió los 82 kilómetros de la etapa reina. En el tramo final Mònica estaba más fuerte, pero se negó a tirar a pesar de la insistencia de su oponente porque llegar de la mano iba a ser «una sensación única».

Esta corredora de 36 años vive en Peguerinos, un pueblo de Ávila a 1.300 metros de altitud que es un «paraíso para entrenar». Como redactora jefa de la revista Trail, se verá en la tesitura de tener que escribir sobre su proeza, pero como es el quinto aniversario de la publicación, tiene la excusa ideal para evitar esa merecida portada.

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