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La 31ª edición de la carrera popular barcelonesa

Artículo de Miquel Pucurull: 'La gracia del maratón de Barcelona'

Es impagable haber llegado casi a los 10.000 participantes tras pasar tantos altibajos

MIQUEL Pucurull
Exdirector comercial, (70 años) corre hoy su 29ª maratón de Barcelona

Cuando hace cuatro años no se pudo celebrar el maratón de Barcelona, el abajo firmante y muchos miles de corredores anónimos sufrimos un verdadero contratiempo. Y cuando se reanudó en el año 2006, no podíamos suponer que llegaríamos a casi 10.000 personas, como así ha sido este año. Nunca --a excepción del año olímpico-- se había pasado de tres mil y pico. Y, por otro lado, poder correrla completamente dentro de la ciudad, como en estos últimos años, sin oír los cláxones de los coches o los improperios de algunos automovilistas como en el pasado, es impagable.

Afortunadamente, las cosas han cambiado mucho y ahora ya nos hemos acostumbrado, pero durante mucho tiempo tuvimos que correr el maratón de Barcelona... fuera de Barcelona. Para los que habíamos sufrido incomprensión (a más de una mujer le habían dicho: "En la cocina deberías estar"), parece un auténtico milagro poder disfrutar del placer indescriptible de cruzar calles, avenidas y plazas libres de la tiranía del automóvil, haciendo una de las cosas más trascendentes de cuantas se pueden hacer en el año (iba a escribir, en la vida) como es correr un maratón. Afortunadamente, el pasado ya es historia, como corresponde a una prueba llena de leyendas y anécdotas. Algunas de ellas vividas en estos últimos años, como por ejemplo ver a mi lado a un chico recorriendo los 42 kilómetros y pico... con muletas; o encontrarte en la calle Mallorca a unos espontáneos ofreciéndote cerveza y butifarra como avituallamiento; o ver a un corredor en sentido contrario a mitad de la prueba, y al preguntarle la razón, decirte que está buscando en el suelo el chip, perdido, de los que sirven para controlar el tiempo de llegada.

Mil y una historias: como la de ver a más de uno y de dos recortando en los giros, subiéndose a las aceras para tratar de mejorar la marca. A estos, los que corremos les llamamos tramposos, quizás exageradamente, porque no se puede comparar con la auténtica trampa que hizo la ganadora del maratón de Boston hace unos años, cuando llegó primera y no se descubrió hasta después de recibir el trofeo... que había tomado el metro.

Una de las cosas que más nos gusta a los maratonianos es que el recorrido sea bonito; el del nuestro, actualmente es magnífico. Poder correr cerca del Camp Nou --al hacerlo muchos gritamos Visca el Barça-- o por delante de monumentos como La dona i l'ocell del parque de l'Escorxador, o La Pedrera, la Sagrada Família, la Torre Agbar; pasar junto a nuestras particulares torres gemelas de la Vila Olímpica o por debajo del Arc de Triomf como triunfadores, o por el centro de la plaza de Sant Jaume y bajar por la Rambla... Ver a Colón y hacerle caso cuando con su dedo nos señala el Paral.lel; admirar las Drassanes a pesar del cansancio, y entrar en la meta justo enfrente de las Fonts Màgiques de Montjuïc. Todo esto no tiene precio.

PERO EN ESTE mundo del maratón hay cosas que no mejoran: una es la ausencia de jóvenes. Y no me refiero a los muy jóvenes --el reglamento no permite correr a los menores de 18 años-- sino a corredores menos veteranos, dado que la media de edad de los participantes en Barcelona es de casi 41 años. Está claro que el atletismo popular no engancha a la juventud. Las carreras están repletas de gente madura.

Y otra carencia és la participación femenina. Las mujeres representan un 12% de la inscripción, e incluso el número es menor que el año pasado, compensado por el aumento de los hombres. Y a esta desafortunada realidad hay que añadir que la gran mayoría es extranjera. La baja participación de las mujeres, en relación a otros países, sigue siendo una asignatura pendiente que algún día habrá que resolver. Ha sido un asunto ampliamente debatido, con la conclusión de que algunos de los motivos más importantes son aún las diferencias culturales y la famosa falta de conciliación de horarios laborales, que impide entrenarse para pruebas de larga distancia. Uno siente envidia --no de la sana, sino de la más rencorosa-- cuando lee que en EEUU la proporción de maratonianos/maratonianas es del 60/40. Y que incluso en algunos maratones, como los de San Diego y Portland, el número de mujeres supera al de hombres.

Pero hay que remarcar aspectos positivos de nuestro maratón. El más importante, para mí, es el significativo aumento de debutantes, confirmando que la prueba, aunque mantiene su característica de misticismo y heroicidad, empieza a no asustar tanto como antes. Son muchos los que se enfrentan por primera vez --calculo que más de 500 catalanes-- a la enorme satisfacción de superar el reto de terminar. Y es de esperar que continúe la tendencia al alza de los que, pasando por las Torres Venecianas de la plaza de Espanya, conseguimos, emocionados, la gloria.

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