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Barcelona revive el flechazo del 92

El arquero Antonio Rebollo volvió a encender el pebetero e iluminó la noche de Montjuïc para conmemorar los 15 años de la inauguración de los Juegos Olímpicos

JOAN CARLES ARMENGOL / BARCELONA

Antonio Rebollo no falla. El arquero que emocionó al mundo una noche de un 25 de julio, lo volvió a conseguir ayer ante un auditorio más reducido, pero igualmente ilusionado. Barcelona quiso celebrar el 15° aniversario de la inauguración de los Juegos Olímpicos que situaron a la ciudad en el mapa del mundo con un sencillo acto y un momento sublime, como el de aquel verano del 92.

Rebollo, por segunda vez, recogió el fuego de una de las antorchas guardadas en el nuevo Museu Olímpic i de l'Esport de Barcelona, apunto al pebetero e iluminó la noche de Montjuïc con un disparo tan certero como el de hace 15 años. No estaba Epi, el que le pasó entonces el fuego sagrado procedente de Olimpia, ni tampoco muchos de los que fueron protagonistas entonces. De hecho, la convocatoria resultó más reducida de lo previsto, pero a los asistentes se les erizó de nuevo la piel. Incluso al propio Rebollo. "Estaba más nervioso esta vez que hace 15 años. Entonces me enteré solo 15 minutos antes de que iba a ser yo el lanzador, mientras que ahora me han avisado con 15 días y era más consciente de lo que se me venía encima", aseguró el arquero paralímpico, que el pasado jueves estuvo en Barcelona para probar el sistema de encender la flecha. No tuvo tiempo, sin embargo, de probar ni un disparo.

No importó. De nuevo, tras recibir el fuego de Yeray Hernández, un joven campeón de tenis de mesa nacido justamente el 25 de julio de 1992, armó el arco con calma, apuntó al cielo barcelonés y soltó la cuerda para que el dardo ardiendo describiera la parábola adecuada por encima del pebetero. Como hace 15 años --no hay que engañarse-- un sistema activador del gas ayudó en la ignición. En una ciudad que en los últimos tres días ha estado demasiado a oscuras, el pebetero permanecerá encendido cada día, de las siete de la tarde a las diez de la noche, hasta el próximo domingo.

Nuevo museo

"Me han venido muchos recuerdos a la cabeza", aseguró Rebollo tras lanzar la flecha, en esta ocasión desde fuera del estadio hacia adentro. La configuración del nuevo lanzamiento (en las celebraciones del 2002 el pebetero se encendió mecánicamente, sin flecha) vino dada porque los actos se celebraron en el nuevo museo, adyacente al Estadi Olímpic Lluís Companys. Un museo que quiere recoger el legado olímpico, pero también mirar hacia adelante. Por eso también cobraron protagonismo los cerca de 150 jóvenes deportistas, nacidos todos en el 92, que fueron invitados de honor. Visitaron el estadio, se unieron después a la fiesta y con su bullicio dejaron constancia de que que el futuro de la tercera ciudad más deportiva del mundo (solo Boston y San Diego presenta mejor proporción entre habitantes y abonados a clubs deportivos, según recordó el primer teniente de alcalde, Carles Martí) parece asegurado.

"Actos como este simbolizan que el espíritu olímpico sigue vivo en Barcelona", añadió Martí, en representación del lesionado Jordi Hereu, operado ayer de menisco. Pero no hay que olvidar el futuro. Lo advirtió el delegado de Deportes, Pere Alcober. "Las horas difíciles que ha vivido la ciudad demuestran que todavía queda mucho trabajo por hacer", dijo, en referencia al gran apagón.

Pero era difícil sustraerse a los recuerdos. Juan Antonio Samaranch, artífice de los Juegos desde su puesto de presidente barcelonés del Comité Olímpico Internacional en la época, no pudo, ni quiso, hacerlo. "Esta es una noche para la memoria, para recordar los momentos mágicos e imborrables que vivimos aquí al lado", dijo. "El mundo descubrió a una ciudad nueva y diferente, y desde entonces Barcelona-92 sigue viva en el sentimiento del mundo olímpico".

Repetir lo irrepetible

"Estamos aquí para repetir un momento irrepetible", añadió Alcober. Y el encargado de materializar ese deseo fue Rebollo, ante la atenta mirada de Lluís Bassat, diseñador de la ceremonia de apertura que en aquel momento apostó por un atrevimiento sin precedentes en el momento de prender el fuego olímpico. "Como dicen los americanos, sin riesgo no hay emoción".

El riesgo, en el 92, se minimizó con más de 1.000 ensayos en el foso del Castillo de Montjuïc, en condiciones parecidas al fuego real de la inauguración: a 67 metros de distancia y 27 de alto. Ayer, Rebollo estaba un poco más cerca, pero la emoción se mantuvo. Y otra vez los fuegos artificiales culminaron con la música de Amigos para siempre. Una nueva mirada atrás, a aquel verano del 92, para intentar tirar adelante.