RICHARD SENNETT:

"En Londres hemos pensado en seguir el ejemplo de Barcelona e implementar las supermanzanas"

RICHARD SENNETT:

"En Londres hemos pensado en seguir el ejemplo de Barcelona e implementar las supermanzanas"

Richard Sennett (Chicago, 1943) es uno de los sociólogos más influyentes de las últimas décadas. Ganó reconocimiento internacional, tanto dentro como fuera del mundo académico, tras la publicación de ‘El declive del hombre público’ (1977), una obra en la que analiza cómo las interacciones públicas han perdido peso frente al individualismo y a la privacidad. También ha estudiado los cambios en el modelo laboral y su transición hacia una mayor flexibilidad y movilidad (‘La corrosión del carácter’, 1998); el impacto del productivismo capitalista en la pérdida de valores como la dedicación y el esfuerzo (‘El artesano’, 2008); o las relaciones de la interpretación con el arte, la política y la vida cotidiana, un asunto que trata en su último libro, ‘El intérprete’ (Anagrama, 2024).

Gran estudioso de las interacciones sociales en el entorno urbano y de la configuración de las grandes ciudades, recibe a EL PERIÓDICO en su apartamento en el centro de Londres, una vivienda sencilla y austera situada a pocos pasos de la London School of Economics, donde ejerce como profesor emérito de sociología. Sennett analiza los cambios que han sufrido las grandes metrópolis en las últimas décadas, el papel del urbanismo y de la política en la lucha contra el capitalismo global y la irrupción de las ‘smart cities’, impulsadas por unas empresas tecnológicas cada vez más poderosas.

El diseño de las ciudades puede ser una herramienta muy útil para mejorar la vida de sus habitantes, pero también puede ser visto como un mecanismo de control. ¿Hasta qué punto los urbanistas deben tratar de cambiar las dinámicas sociales en las metrópolis?

El urbanismo debe permitir a la gente dar forma a sus propios espacios. Hay una distinción entre las ciudades abiertas y las ciudades cerradas. Las ciudades cerradas son aquellas que se hacen de antemano, en las que sus habitantes no son capaces de adueñarse de ellas.

En cambio, las ciudades abiertas permiten dar forma a sus espacios. No sólo a través del diseño, sino también de la economía política. Los problemas que tenemos con plataformas como Airbnb, por ejemplo, tienden a cerrar las ciudades porque excluyen a sus habitantes del acceso a la vivienda. La gente tiene que poder participar en los espacios políticamente y ser capaz, al mismo tiempo, de darles forma.

Usted sostiene que los gigantes tecnológicos también están contribuyendo a cerrar las ciudades. ¿De qué manera?

Estamos ante una nueva era de capitalismo del monopolio tecnológico. Cuando el ‘boom’ de las tecnológicas comenzó hace 20 o 25 años, las pequeñas empresas podían sobrevivir a los cinco o seis gigantes. Pero ahora cuando Google, por ejemplo, ve una compañía que hace algo mejor que ellos hará todo lo posible por comprarla, ya sea para cerrarla o para incorporarla a su marca. Este problema se ha trasladado a las ‘smart cities’ y ha provocado que cada vez tengamos un sistema de herramientas más estandarizado, más tiránico y menos innovador. Un ejemplo son las empresas que desarrollaban sistemas para la regulación del agua con códigos abiertos de programación, muchas de las cuales han sido compradas y escondidas bajo el paraguas de Google. Algunas de las ideas de las ‘smart cities’ son buenas, pero la forma de llevarlas a cabo es cada vez más rígida.

¿Cómo afecta eso a la forma como la gente se relaciona dentro de una metrópolis?

Las empresas tecnológicas han cambiado la experiencia de consumo, de tal forma que interactuamos con otros seres humanos a través de aplicaciones. Esto ha tenido un efecto desastroso en las pequeñas empresas. En Londres cada vez hay menos dependientes en las tiendas, lo cual es algo mucho más cómodo económicamente para las grandes cadenas, porque les permite pagar los alquileres cada vez más altos de los locales. Pero cuanto más suben los alquileres, más se excluye a la población local. Hace años pensaba que los pequeños comercios con dependientes de carne y hueso simplemente se desplazarían al exterior de las ciudades, pero eso fue algo ingenuo por mi parte porque los suburbios pueden ser colonizados de la misma forma. Este es el principal problema que tenemos: si queremos abrir la complejidad del entorno urbano, tenemos que enfrentarnos a aquello que la asfixia, que es el capitalismo del monopolio.

El diseño de las ciudades puede ser una herramienta muy útil para mejorar la vida de sus habitantes, pero también puede ser visto como un mecanismo de control. ¿Hasta qué punto los urbanistas deben tratar de cambiar las dinámicas sociales en las metrópolis?

El urbanismo debe permitir a la gente dar forma a sus propios espacios. Hay una distinción entre las ciudades abiertas y las ciudades cerradas. Las ciudades cerradas son aquellas que se hacen de antemano, en las que sus habitantes no son capaces de adueñarse de ellas.

En cambio, las ciudades abiertas permiten dar forma a sus espacios. No sólo a través del diseño, sino también de la economía política. Los problemas que tenemos con plataformas como Airbnb, por ejemplo, tienden a cerrar las ciudades porque excluyen a sus habitantes del acceso a la vivienda. La gente tiene que poder participar en los espacios políticamente y ser capaz, al mismo tiempo, de darles forma.

Usted sostiene que los gigantes tecnológicos también están contribuyendo a cerrar las ciudades. ¿De qué manera?

Estamos ante una nueva era de capitalismo del monopolio tecnológico. Cuando el ‘boom’ de las tecnológicas comenzó hace 20 o 25 años, las pequeñas empresas podían sobrevivir a los cinco o seis gigantes. Pero ahora cuando Google, por ejemplo, ve una compañía que hace algo mejor que ellos hará todo lo posible por comprarla, ya sea para cerrarla o para incorporarla a su marca. Este problema se ha trasladado a las ‘smart cities’ y ha provocado que cada vez tengamos un sistema de herramientas más estandarizado, más tiránico y menos innovador. Un ejemplo son las empresas que desarrollaban sistemas para la regulación del agua con códigos abiertos de programación, muchas de las cuales han sido compradas y escondidas bajo el paraguas de Google. Algunas de las ideas de las ‘smart cities’ son buenas, pero la forma de llevarlas a cabo es cada vez más rígida.

¿Cómo afecta eso a la forma como la gente se relaciona dentro de una metrópolis?

Las empresas tecnológicas han cambiado la experiencia de consumo, de tal forma que interactuamos con otros seres humanos a través de aplicaciones. Esto ha tenido un efecto desastroso en las pequeñas empresas. En Londres cada vez hay menos dependientes en las tiendas, lo cual es algo mucho más cómodo económicamente para las grandes cadenas, porque les permite pagar los alquileres cada vez más altos de los locales. Pero cuanto más suben los alquileres, más se excluye a la población local. Hace años pensaba que los pequeños comercios con dependientes de carne y hueso simplemente se desplazarían al exterior de las ciudades, pero eso fue algo ingenuo por mi parte porque los suburbios pueden ser colonizados de la misma forma. Este es el principal problema que tenemos: si queremos abrir la complejidad del entorno urbano, tenemos que enfrentarnos a aquello que la asfixia, que es el capitalismo del monopolio.

"El urbanismo debe permitir a la gente dar forma a sus propios espacios"

¿Cómo podemos combatir esto como ciudadanos?

No se puede parar. En mi generación decíamos que había una cura para el capitalismo, pero estábamos equivocados. Se trata de una enfermedad crónica que sólo puede ser gestionada. En el caso de Nueva York, por ejemplo, los urbanistas trataron de confinar en Times Square a los principales atractivos de la industria turística global –como Disney– y hacer menos atractivo esparcirse por el resto de la ciudad. Yo fui parte de ese movimiento. Esto implica la necesidad de tener planificadores urbanos motivados políticamente, en vez de tecnócratas.

Aún así parece difícil tomar decisiones aparentemente positivas para las ciudades sin que tengan un lado negativo. Un ejemplo es la peatonalización de algunas calles en Barcelona, que también ha provocado una subida de los alquileres en esas zonas.

Muchas veces la peatonalización de las calles se hace de forma permanente. Pero si queremos un ambiente más complejo, necesitamos un ambiente en el que cuando los peatones no están en la calle, esta pueda ser utilizada para hacer repartos o para abrir los negocios. Para ello hay que pensar de nuevo la forma cómo diseñamos las calles. En vez de cerrarlas completamente, se pueden utilizar bolardos automatizados para que bloqueen el tráfico en determinadas horas del día. Son recursos sencillos y baratos. Debemos tener la mentalidad, como planificadores urbanos, de que lo que buscamos es crear espacios complejos para que la gente pueda utilizarlos de distintas formas y en distintos momentos.

Uno de los propósitos de Ildefons Cerdà en el diseño del Eixample de Barcelona fue lograr una ciudad más igualitaria. ¿Cree que estaría orgulloso de la ciudad que tenemos actualmente?

Creo que sí. Una de las genialidades de Cerdà fue cortar las esquinas de las manzanas. El propósito original era facilitar el tráfico, pero también provocó que los chaflanes se convirtieran en espacios sociales, lo cual es algo muy positivo. Era un gran urbanista.

¿Cómo podemos combatir esto como ciudadanos?

No se puede parar. En mi generación decíamos que había una cura para el capitalismo, pero estábamos equivocados. Se trata de una enfermedad crónica que sólo puede ser gestionada. En el caso de Nueva York, por ejemplo, los urbanistas trataron de confinar en Times Square a los principales atractivos de la industria turística global –como Disney– y hacer menos atractivo esparcirse por el resto de la ciudad. Yo fui parte de ese movimiento. Esto implica la necesidad de tener planificadores urbanos motivados políticamente, en vez de tecnócratas.

Aún así parece difícil tomar decisiones aparentemente positivas para las ciudades sin que tengan un lado negativo. Un ejemplo es la peatonalización de algunas calles en Barcelona, que también ha provocado una subida de los alquileres en esas zonas.

Muchas veces la peatonalización de las calles se hace de forma permanente. Pero si queremos un ambiente más complejo, necesitamos un ambiente en el que cuando los peatones no están en la calle, esta pueda ser utilizada para hacer repartos o para abrir los negocios. Para ello hay que pensar de nuevo la forma cómo diseñamos las calles. En vez de cerrarlas completamente, se pueden utilizar bolardos automatizados para que bloqueen el tráfico en determinadas horas del día. Son recursos sencillos y baratos. Debemos tener la mentalidad, como planificadores urbanos, de que lo que buscamos es crear espacios complejos para que la gente pueda utilizarlos de distintas formas y en distintos momentos.

Uno de los propósitos de Ildefons Cerdà en el diseño del Eixample de Barcelona fue lograr una ciudad más igualitaria. ¿Cree que estaría orgulloso de la ciudad que tenemos actualmente?

Creo que sí. Una de las genialidades de Cerdà fue cortar las esquinas de las manzanas. El propósito original era facilitar el tráfico, pero también provocó que los chaflanes se convirtieran en espacios sociales, lo cual es algo muy positivo. Era un gran urbanista.

¿Las supermanzanas han hecho de Barcelona una ciudad más igualitaria?

Yo creo que sí. En Londres hemos hablado mucho de esto, porque hay zonas en el norte de la ciudad que también están diseñadas en forma de cuadrícula y hemos pensado en seguir el ejemplo de Barcelona e implementarlas también. En Nueva York, por ejemplo, no hay espacios públicos en sus cuadrículas, lo cual hace que las familias estén desempoderadas. Las supermanzanas, en cambio, dan a los habitantes mayores derechos sobre la ciudad. Quizás no lo hagan económicamente, pero en términos de la idea fundamental del derecho a la ciudad, que supone que cualquier persona de cualquier condición puede utilizar el espacio, sí que lo consiguen.

¿Es optimista de cara al futuro de las grandes ciudades?

Tenemos que arreglárnoslas con lo que tenemos, usar nuestra imaginación. Un mundo sin ciudades supondría un colapso económico, social y cultural para la sociedad. La cuestión es entender cuál es el problema, y ese problema es que tendemos a cerrar el dinamismo de las ciudades debido a la propagación del capitalismo global. Se trata de entender cómo resistirlo, y en ese sentido Barcelona es un buen caso de estudio. A medida que te haces mayor sueles ser más pesimista, pero en mi caso es todo lo contrario.

¿Las supermanzanas han hecho de Barcelona una ciudad más igualitaria?

Yo creo que sí. En Londres hemos hablado mucho de esto, porque hay zonas en el norte de la ciudad que también están diseñadas en forma de cuadrícula y hemos pensado en seguir el ejemplo de Barcelona e implementarlas también. En Nueva York, por ejemplo, no hay espacios públicos en sus cuadrículas, lo cual hace que las familias estén desempoderadas. Las supermanzanas, en cambio, dan a los habitantes mayores derechos sobre la ciudad. Quizás no lo hagan económicamente, pero en términos de la idea fundamental del derecho a la ciudad, que supone que cualquier persona de cualquier condición puede utilizar el espacio, sí que lo consiguen.

¿Es optimista de cara al futuro de las grandes ciudades?

Tenemos que arreglárnoslas con lo que tenemos, usar nuestra imaginación. Un mundo sin ciudades supondría un colapso económico, social y cultural para la sociedad. La cuestión es entender cuál es el problema, y ese problema es que tendemos a cerrar el dinamismo de las ciudades debido a la propagación del capitalismo global. Se trata de entender cómo resistirlo, y en ese sentido Barcelona es un buen caso de estudio. A medida que te haces mayor sueles ser más pesimista, pero en mi caso es todo lo contrario.

Un reportaje de El Periódico

Textos de Lucas Font
Coordinación de Rafa Julve