'MeToo' en Australia: el Parlamento, el lugar de trabajo más peligroso para las mujeres

Marchas de mujeres en Australia.

Marchas de mujeres en Australia.

  • Un estudio del Gobierno revela que el 63% de las diputadas ha sufrido algún tipo de abuso por parte de sus compañeros

  • El país vive desde marzo sumido en un 'metoo' tras una cadena de denuncias por violación y acoso en la cámara

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Adrián Foncillas
Adrián Foncillas

Periodista

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Los australianos se preguntan quién les está gobernando tras la cascada de revelaciones y denuncias que empezó a desencadenarse en marzo. La mecha la prendió una fuente anónima del Parlamento, que desveló escenas que sucedían entre sus paredes. Un tipo masturbándose en la oficina parlamentaria de una compañera. Prostitutas enviadas a estancias de la cámara legislativa. Sexo en diferentes salas del complejo, incluida la de rezos. Tráfico de fotos pornográficas en grupos de Whatsapp. Y entre todo este panorama, una funcionara denunció haber sido violada por un colega en la misma institución.  

Tras meses de trabajo, un estudio de 456 páginas encargado por el Gobierno ha medido los daños de ese ecosistema misógino: el acoso sexual no es episódico sino estructural. Lo han sufrido el 63 % de las parlamentarias, muy por encima de la media nacional, que se sitúa en el 39%. Más de la mitad lo padeció de compañeros de superior jerarquía y solo el 11 % lo denunció. La mayoría del millar de mujeres participantes en el estudio piensan que hacerlo no provocaría más efectos que hundir su carrera. “Algunas sienten que carecen de otras opciones que no sean tolerarlo o marcharse”, concluye la investigación. El Parlamento, el lugar de trabajo más peligroso de Australia para la mujer, definen algunos. 

Posición dominante

La Cámara chirría en un país de reputación progresista. Australia ha caído en dos décadas del puesto 15º al 50º en la clasificación global en cuanto a igualdad de género parlamentaria. Disfrutan de una representación paritaria en la Cámara alta, pero solo del 31 % en la Cámara baja y ocupan seis de las 22 posiciones decisivas en la coalición conservadora que preside Scott Morrison. Las mujeres hablan de toqueteos, insultos, chismorreos difamatorios e interrupciones groseras. 

Las mujeres que trabajan en el Parlamento hablan de toqueteos, insultos y difamaciones

“El comportamiento es a la vez el reflejo y la consecuencia de la voluntad del hombre de mantener su posición dominante”, señala Sharman Stone, parlamentaria durante dos décadas y ahora embajadora para mujeres y niñas. “No hay premio para el segundo en política. Ganas o pierdes. La lealtad a tu partido es fundamental para la contratación, ascensos y continuidad, y esa lealtad incluye la renuncia a denunciar el acoso laboral o sexual de colegas que pueden desacreditar a tu líder o formación. Existe un poderoso sentimiento de privilegio en los excesos de los que han sido elegidos y todo está avivado por el alto consumo de alcohol. Muchas sesiones parlamentarias terminan más allá de las nueve de la noche pero no hay obligación de asistir, así que beber en las oficinas con tus colegas es una forma de pasar el tiempo”, añade. 

La lealtad al partido es fundamental para la contratación y los ascensos, e incluye la renuncia a denunciar el acoso laboral o sexual de colegas

La hemeroteca ya sugería un ambiente turbio. Una mujer demandó por difamación a un senador por gritarle desde la bancada que dejara de acostarse con hombres. Ganó pero coleccionó amenazas de muerte. Otra calló los magreos de un colega por recomendación de sus jefes y después leyó en una revista que había descruzado las piernas ante otro para mostrarle que carecía de bragas. También demandó por difamación a la publicación, que retiró el reportaje, pero su partido la empujó a la salida. Las mujeres encuentran solaz en la justicia pero no en la política. 

Denuncia o trabajo

El movimiento MeToo ha permeado países a diferentes ritmos. En algunos fue una lluvia fina que acabó calando. En Australia llegó como un tsunami en marzo. A aquellas revelaciones que dejaban el Parlamento en una hermandad calenturienta se añadió un discurso que funcionó como el aleteo de mariposa. Lo pronunció Grace Tame, víctima de un ataque sexual y nombrada ciudadana australiana del año, y lo escuchó Brittany Higgins. Esta, funcionaria del Parlamento, había aceptado dos años atrás, en 2019, el caballeroso ofrecimiento de un colega de conducirla a casa tras una noche de copas. Se detuvo en el Parlamento y la violó. Su inmediata comunicación a la ministra de Defensa y una docena de políticos le dejaron una impresión inequívoca: denuncia o puesto de trabajo.

La funcionaria Brittany Higgins fue violada en 2019 por un colega. Cuando informó al Gobierno, supo que si denunciaba perdería el trabajo

Y ahí estaba Higgins, en marzo, viendo al Gobierno que había tapado su violación erigiéndose en defensor de la causa feminista. El cinismo le pareció excesivo y al día siguiente habló. Poco después, otras cuatro mujeres admitieron que habían sido violadas por el mismo hombre. Coincidieron las denuncias con la acusación de una mujer sobre una violación de un alto cargo del Gabinete cuando eran adolescentes. El fiscal general del Estado, Christian Porter, admitió que era el sujeto de la denuncia y negó los hechos. 

Movimiento en marcha

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El caudal ya había superado los diques. Decenas de miles de mujeres se manifestaron de negro y con listas con los nombres de las asesinadas en la última década. Exigían investigaciones independientes para las denuncias de violencia de género, más fondos para combatirla y una ley nacional. También más sensibilidad del gobierno conservador. Morrison se congratuló de que las manifestaciones pacíficas tuvieran su hueco en Australia. “No muy lejos de aquí, incluso en estos tiempos, son reprendidas con balas”. No hay consenso sobre lo que quiso decir, pero sí lo hay en que no estuvo afortunado. 

En el epicentro parlamentario radica el hecho diferencial del ‘metoo’ australiano y en el caso Higgins ven los optimistas su final. “Esta vez creo que sí. La tapa ha saltado por los aires. No es esta la cultura que se tolera en el resto de ambientes laborales en Australia. La sociedad, tanto hombres como mujeres, exigen nuevos estándares que reflejen la lucha por la igualdad de géneros, la inclusión y la diversidad. También en el parlamento”, juzga Stone.