25N: Día Contra la Violencia Sexista

Empoderar a las hijas, pero sobre todo educar a los hijos: estrategias familiares contra la violencia sexual

"Nos aterroriza que nuestras hijas sean violentadas, pero el trabajo está en que nuestros hijos no sean los agresores del futuro"

Ramon, con sus hijos.

Ramon, con sus hijos.

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Abel Cobos
Abel Cobos

Periodista

Especialista en tendencias, planes, cultura pop, televisión, 'celebrities', memes, internet y temática LGTBI.

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La brutal violación a una menor en Igualada puso sobre la mesa mediática la alarmante exposición de las mujeres a la violencia sexual, que tiene ecos en el Día Internacional contra la Violencia Sexista. Ante este suceso, como ya ocurrió con La Manada, la violación múltiple de Manresa o el caso Marta del Castillo, la reacción natural de miles de padres y madres ha sido la misma: preocuparse por el bienestar de sus hijas e intentar dotarlas de herramientas y empoderamiento para evitar que sea su nombre el próximo que llegue a las portadas. 

Sin embargo, como tuiteaba un grupo feminista de Igualada, “si hay violadas es porque hay violadores”, una proclama que evidencia una realidad que para muchas familias es difícil de digerir: es tan importante empoderar a sus hijas como educar a sus hijos para que no agredan a las mujeres. 

“La sexualidad masculina tradicional se concibe desde la falta de empatía hacia la otra persona, [en la prevención] el discurso no debe focalizarse tanto en las víctimas, sino en evitar que los hombres cometan estos atentados”, asegura Bernat Escudero, presidente de la asociación Homes Igualitaris y padre de dos hijas, en un alegato para dejar de centrarnos en “¿qué pueden hacer las víctimas para evitarlo?”, y apuntarlo hacia “¿cómo podemos impedir que haya agresores?”. "Habría que poner el foco en cómo se construyen estos violadores", coincide la psicopedagoga y especialista en sexoafectividad Mirta Lojo.

"Hemos de dejar de poner el foco en las chicas y apuntarlo hacia cómo podemos impedir que haya agresores”, afirma Bernat Escudero, de Homes Igualitaris  

“Nos aterroriza que nuestras hijas sean violentadas, pero a menudo ni pensamos, o nos resistimos a hacerlo, que nuestros hijos pueden ser los agresores del futuro, cuando justamente el trabajo de familias y escuelas está en hacer esa prevención", afirma Núria, madre de adolescente. Él se encuentra en una edad “fogosa” en la que la sexualidad empieza a abrirse a otras personas y, como muchas otras madres de su entorno, se preocupa por cómo puede trasladarse en su relación con los demás y si la educación recibida desde pequeño –con 'mantras' como el respeto al otro o que la diversión nunca puede ser a costa del malestar de los demás- servirá como prevención de conductas nocivas y agresivas en sus vínculos personales. 

Masculinidades alternativas

Para Ramon Crespo, padre de dos niños de 8 y 12 años, esta cuestión se traslada “en si le has dado herramientas para construir una masculinidad diferente”. Esto ha supuesto replantearse su educación, en la que “estás siempre alerta” para romper con “cualquier inercia que genera la masculinidad prototípica en el día a día” y que, por extensión, implica la reeducación de los padres. “Cosas tan básicas como, por ejemplo, cómo reaccionas en un partido de básquet, cómo gritas desde el público, si tienes una reacción violenta. Es cambiar lo que tienes aprendido y demostrar que se puede ser hombre de muchas formas”, continúa. 

En las aulas, las dinámicas continúan siendo las de proteger a las alumnas y no las de evitar que los alumnos sean agresores

Por supuesto, la educación no solo recae en los padres, las escuelas juegan un papel esencial, y, según Alba Cobos, psicóloga en el centro terapéutico Espai Nacre, a pesar de la mejora en cuanto a formación y sensibilización del profesorado, las dinámicas continúan siendo las de proteger a las alumnas y no las de evitar que los alumnos sean agresores. “Se suele ir directamente a hablar con las madres sobre sus hijas, y no con los padres, ya que, siguiendo los patrones patriarcales de la sociedad, inconscientemente son las madres las que deben procurar y preocuparse de proteger a sus hijas”, mientras que a los hijos se les percibe como algo ajeno a esta casuística. “En definitiva, hay mucho estigma y tabú en reconocer que tu hijo podría convertirse en un agresor”, concluye. 

Resistencias a intervenir en los chicos

Es uno de los problemas que detecta Àgata Segura, madre de un hijo y dos hijas y miembro de la comisión de género de su escuela: “Cuando se habla de estos temas, algunos padres y madres de niños y adolescentes sienten o que no les incumbe o hasta como si se les atacase”. No solo lo ha visto ella, también coinciden Ramon y Núria: “Cuando se empiezan a hacer intervenciones, puede liarse”. 

"El problema recae en que a menudo es fácil crear un discurso que consiste en empoderar a las chicas y obviar el papel de los varones en la violencia", afirma un padre 

“Cuando sales de las obviedades que tenemos interiorizadas y hablas de los micromachismos, que pasan más desapercibidos y que son el origen de muchas violencias, no todo el mundo lo entiende o lo comparte”, asegura Ramon. Pone un ejemplo que se da en la mayoría de las escuelas del país: jugar a la pelota. “Cuando se crea un grupo de chicos que juega en el patio, invaden el espacio”, se les da prioridad e importancia respecto al resto, algo similar al ‘manspreading’ en el metro, que consiste en dar privilegios sobre el uso del espacio a los cuerpos masculinos. 

“Cuando se habla de estos temas, algunos padres y madres de niños y adolescentes sienten o que no les incumbe o que se les ataca”, afirma una madre

Hay más ejemplos, incluso recuerda uno en el que los padres no estuvieron a la altura emocional del reto: “Hubo un caso de ‘bullying’ que, en lugar de dejar que se resolviera con herramientas pedagógicas, que son más lentas, acabó habiendo peleas frente al colegio”, en un alarde de resolución testosterónica de conflictos. “Estos pequeños ejemplos son la punta del iceberg del machismo, y cuando expones a estas familias lo problemáticos que son, te sientes muy solo y poco acompañado”, se lamenta. 

El problema recae en que, en según qué entornos, es “fácil crear un discurso que consiste en empoderar a las chicas” y obviar el papel de los varones en la violencia. Pero, aunque les sea difícil y se generen tensiones e incomodidades en las familias cuando se recuerda, “la clave sigue siendo dirigirse a ellos”, ya que es “donde más se flaquea”, concluye Àgata. 

Aterrizar violencias y dinámicas

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Algunas de las dinámicas en clase que, asegura, mejor han funcionado, son las que se centran en el día a día de los jóvenes y no las que hablan en sentidos más abstractos sobre feminismos teóricos, discriminaciones desde el discurso activista o sucesos mediáticos que quedan lejanos. Por mencionar un ejemplo, “fue muy útil” una sesión en el instituto donde las chicas hablaron de aquellas cosas que las hacían sentirse violentadas en su vida cotidiana y en la que sus compañeros se tuvieron que enfrentar, por primera vez, a una realidad: aunque fuese inconscientemente, habían obrado como agresores. “Toca aterrizar las violencias en su contexto diario”, resume. 

Sin embargo, esta tarea ciclópea se complica, todavía más, en escuelas de alta complejidad. Alba, que ha trabajado en estos entornos educativos, advierte de que uno de los grandes problemas es la poca receptividad de los alumnos, cuyas situaciones emocionales y sociales les sobrepasan hasta tal punto que, para poder tratar temas como las violencias sexuales, los educadores tienen que hacer un ingente trabajo individual con muchos alumnos, “algo para lo que, desgraciadamente, no se invierten suficientes recursos”, provocando así que muchos de los intentos de acercar el discurso de la prevención sean totalmente fútiles.