CENTENARIO DEL NACIMIENTO DEL ARTISTA

Joseph Beuys: el hombre que se encerró con un coyote

El último colaborador vivo del creador, el danés Björn Nörgaard, subraya que fue ecologista antes del ecologismo

Joseph Beuys y el coyote salvaje, en la galería René Block de Nueva York.

Joseph Beuys y el coyote salvaje, en la galería René Block de Nueva York. / Archivo

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Núria Navarro
Núria Navarro

Periodista

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Hace casi 50 años, cuando la ecología no era tema de conversación en absoluto, el alemán Joseph Beuys (1921-1986) montó una acción de lo más revolucionaria: una ambulancia pasó a recogerlo en camilla por su domicilio de Düsseldorf envuelto en una manta de fieltro, fue transportado en avión hasta Nueva York y depositado como un fardo en una sala de la galería René Block, donde habían soltado un coyote capturado en el desierto. Entre hebras de paja y hojas del 'Wall Street Journal' –símbolo del capitalismo–, convivieron durante un mes sin interrupción. La serie de fotos captadas durante el desafío fueron enviadas a un condenado a cadena perpetua de Glasgow, que realizó una escultura inspirada en el material y que, tiempo después, recogió Beuys en persona. La acción, titulada 'I like America and America likes me', hablaba de la fraternidad del hombre y la naturaleza, pero también –no olvidemos al asesino escocés– de lo social y lo asocial. Beuys, interesado desde niño en toda forma de vida, abanderaría la causa ecologista alemana y estaría en la cocina del actual partido Die Grünen (Los Verdes).

Defensa sin peros

La discusión en vida –y de manera póstuma también– era si se trataba de un genio o de un farsante. Pero ahí está su último colaborador vivo, el escultor Björn Nörgaard –creador del sarcófago preparado para la reina Margarita de Dinamarca– para hablar de su ultracontemporaneidad. "Beuys creía que el comunismo, que reprimía la libertad de pensamiento, y el capitalismo, que destruía la naturaleza para hacer dinero, eran ideas inservibles –explica el danés–. Estaba convencido de que el capital de la sociedad era el ser humano, y que este debía cooperar con la naturaleza y no usarla". ¿Cómo? "¡Ese era el papel del arte y la creatividad!".

El escultor danés Bjorn Nörgaard, el último colaborador vivo de Beuys.

/ Jordi Otix

La gracia es que no era un negociado del artista iluminado. "Consideraba que todo el mundo debe aprovechar sus cualidades creativas, haga lo que haga y esté donde esté". Y esa "plástica social" podía cambiar la educación, el Estado, la democracia entera. En el futuro, pensaba, convergirían la naturaleza, los seres humanos y la espiritualidad (el alemán era muy cristiano, a su manera).

Esa oposición a la salvación individual –muy típica de los existencialistas– y la apuesta por las acciones plásticas –y no por legar un montón de obra con la que mercadear– le convirtieron en el artista más influyente de la segunda mitad del siglo XX.

¿Falsa biografía?

Aun así, un puñado de biógrafos insisten en que Beuys tenía "problemas mentales". En el invierno de 1943, el avión de la Luftwaffe en el que operaba como radiotelegrafista se estrelló en Crimea y unos nómadas tártaros le salvaron la vida protegiendo su cuerpo con grasa y fieltro (sus materiales escultóricos favoritos). Recuperado de las fracturas en el cráneo y en varios huesos, resultó herido otras cuatro veces en combate y cayó preso de los británicos. Hasta aquí su relato. No hay forma de demostrar qué parte era verdad, un delirio postraumático o una invención con chispa.

Su lado político también fue cuestionado. Que si era izquierdista, ecologista y defensor de la democracia directa –llegó a presentarse al Bundestag en 1976–, que si defensor de un alma germánica –con lado ocultista incluido– que desprendía un tufillo nazi. Era amable y podía volverse huraño. Su esposa, Eva, aseguró que "estuvo muerto toda su vida, pero siempre estuvo muy vivo". Quizá él mismo fuera una performance infinita y punto. "Si alguien toma la palabra de Beuys como la palabra de Dios, no ha entendido a Beuys en absoluto. Solo es la afirmación de un ser humano. Y una afirmación no es la verdad, es la posibilidad de seguir adelante", matiza Nörgaard. 

Por eso era tan importante verlo, en un espacio y un tiempo, dispuesto a que te cogiera el espíritu por los hombros y te sacudiera. "Yo asistí a cuatro de las acciones de Beuys –recuerda Nörgaard–. No eran puestas en escena. Tenía una concentración extraordinaria y los objetos en relación a su cuerpo generaban una imagen en movimiento. No estaba presente como persona".

El artista alemán, fascinado con Ignacio de Loyola, en la acción 'Manresa'.

/ Archivo

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Creatividad a costa suya

En todo caso, en el centenario de su nacimiento, le habría gustado que cada cual hiciera su interpretación. Nörgaard, que participó en la performance 'Manresa' en la galería Schmela de Düsseldorf –sí, Beuys visitó la capital del Bages en 1966 movido por su pasión por Ignacio de Loyola–, viajará a la ciudad catalana el próximo marzo para realizar una acción que culminará una trilogía que arrancó con la obra de Beuys y que continuó con la exposición que se hizo en el Santa Mònica de Barcelona en 1994. Y volverá a hacer de apóstol de su palabra.