Centenario del nacimiento de la autora de 'Nada'

Carmen Laforet, la escritora que se negó a sí misma

Carmen Laforet

Carmen Laforet / Bcn

  • Su primera novela, la legendaria ‘Nada’, retrató la falta de expectativas de los jóvenes en el gris franquismo y fue una bomba que renovó la literatura española

  • Insegura y profundamente autocrítica, huyó siempre del éxito de la obra y acabó abandonando la literatura

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Elena Hevia
Elena Hevia

Periodista

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Carmen Laforet llegó demasiado pronto a un lugar en el que no quería estar. Alcanzar la fama a los 23 años en la inmediata posguerra, cuando era inusual e incluso de mal tono que las mujeres, relegadas a las tareas del hogar, saltasen a los periódicos como noticia, llevó a la autora a un vértigo para el que no estaba preparada.

El mito Laforet lo apuntalaron los lectores: 'Nada', que ganó la primera edición del Premio Nadal en 1944, fue un fenómeno editorial cuando ese término apenas existía. Ese fue el cénit de la escritora. Después todo fue bajada, un lento proceso de borrado de sí misma. Este lunes se cumplen 100 años del nacimiento en Barcelona de aquella chica que escapaba a los cánones y que fue diluyéndose en un misterio.

Carmen Laforet en Canarias, en verano de 1939, antes de emprender su viaje a Barcelona.

/ Archivo Laforet

Una España encerrada en sí misma quedó atrapada como en una gota de ámbar en aquella novela sin esperanzas que nada tenía que ver con las historias sentimentales y edulcoradas que escribían las autoras por entonces. Ahí estaba Andrea, la chica que llega a Barcelona cargada de libros e ilusiones para estudiar Filología y se encuentra con una ciudad destruida por la miseria y los bombardeos, y la moral de sus habitantes, carcomida por la mezquindad.

Andrea es naturalmente la propia Carmen, que nació en el piso señorial de los abuelos paternos, en la calle de Aribau tan precisamente retratado en la novela, pero pasó su infancia en Canarias –un lugar donde la contienda apenas si dejó huellas–. Aunque Jean-Paul Sartre no pronuncia su famosa conferencia 'El existencialismo es un humanismo' hasta 1945, es evidente que la autora, sin haber leído a los franceses del momento, ha captado a la perfección, sin ser demasiado consciente de ello, esa angustia ante lo absurdo del mundo, signo de aquellos tiempos.

Rechazo de la familia paterna

Menuda, tímida, atractiva y sobre todo –esto fue lo que más sorprendió– poco intelectual, la prensa se lanzó en barrena frente a aquella muchacha que negó una y mil veces que aquello fuera autobiográfico. Pero estaba claro que no era así. La intensidad de 'Nada' no se comprende sin la experiencia que ella apenas oculta en el texto. Su familia paterna se vio retratada en aquella historia dura y sin esperanzas y, tras la aparición del libro, cortó relaciones con ella. Fue uno más de los movimientos sísmicos que produjo la obra. El aluvión de buenas críticas y de cartas de sus lectores fue ingente.

Haberse casado con Manuel Cerezales, el crítico que la había impulsado a presentarse al Nadal y que fiscalizaba todo lo que ella escribía, no la ayudó a disipar sus inseguridades. La crianza de cinco hijos, tampoco

Anna Caballé, autora junto con Israel Rolón de la biografía definitiva de la autora, la tituló 'Una mujer en fuga' (RBA) porque la huida será su actitud a lo largo de su vida: de su familia, del éxito, del matrimonio y, finalmente, de su vocación escritora. "Laforet viviría una tensión permanente entre el ser y el deber ser", dice la biógrafa. Su ser rebelde le pedía escribir impulsada solamente por su necesidad, mientras que editores y público le exigían año tras año una nueva novela, algo que ella vivía con ansiedad agónica. Se acuña por entonces el término 'laforetismo' para hablar del autor a quien encumbra una sola obra y luego desaparece.

Haberse casado con Manuel Cerezales, el crítico que la había impulsado a presentarse al Nadal y que fiscalizaba todo lo que ella escribía, no la ayudó a disipar sus inseguridades. Los cinco hijos que tuvo con él tampoco fueron precisamente viento a favor.

La escritora con sus cinco hijos.

/ Archivo Laforet

Relación con Lilí Álvarez

Embarazada de su cuarto hijo, en una fiesta Laforet conoce a Lilí Alvárez, una periodista, famosa tenista y estrella cosmopolita que había sido compañera en las canchas del Rey Gustavo de Suecia y se había codeado con Winston Churchill, Bernard Shaw y Maurice Ravel. Álvarez tiene 17 años más que ella. Es todo un personaje, un dechado de excentricidad y libertad, una mujer muy segura de sí misma que abduce a la escritora. Esa fue una de esas relaciones de amistad dependiente, la más intensa de todas, que Laforet mantuvo con mujeres a lo largo de su vida. La influencia de Álvarez será fundamental en la trayectoria literaria de la autora porque propició su novela 'La mujer nueva', que dejó francamente descolocados a sus lectores habituales.

La pulsión erótica, que nunca llegó a consumarse, puede percibirse en la correspondencia con Lilí Álvarez

El retrato de la tenista no sería completo si no se dijera que, a sus 46 años, había dejado a un lado sus esfuerzos deportivos para centrarse con el mismo ímpetu en una poco ortodoxa pero muy intensa vocación religiosa. Y de eso va precisamente la novela de Laforet, de una conversión espiritual, que Caballé interpreta como "la necesidad de sublimación del deseo femenino y como un preámbulo de la huida de la escritora de la vida real". Esa pulsión homoerótica, que nunca llegó a consumarse, puede percibirse en la correspondencia de las dos mujeres. El otro drama es que Laforet escribe la novela para Alvárez pero a esta el resultado no le gusta.

Separación y cláusula de silencio

Era cuestión de tiempo que la brecha abierta frente a un marido que actuó como mentor antes que como compañero terminara alejándolos. A él los celos no le eran ajenos: mientras llueven ofertas que ella no se niega a cumplir, él se siente relegado. Y la puntilla tiene un significado coercitivo: como condición para separarse –en 1970 no existía todavía el divorcio–, él le hace firmar un documento –sin el menor valor legal, todo sea dicho– obligándola a no utilizar en lo sucesivo las vivencias matrimoniales. Esa mordaza psicológica, importante si se tiene en cuenta que es una autora eminentemente autobiográfica, le servirá a ella para responsabilizar a Cerezales de su síndrome de Bartleby, surgido de una profunda autocrítica. Bohemia convencida frente a su burgués marido, será ella la que abandone el domicilio familiar mientras los hijos quedan bajo la custodia del padre.

Carmen Laforet, junto a Ramón J. Sender, con quien mantuvo una larga correspondencia.

/ El Periódico

Periodo íntimo y oscuro

Esa separación marca el periodo más íntimo y más oscuro de la autora. Se convierte en una viajera vagabunda e inicia una correspondencia con Ramón J. Sender, su gran admirador, que desemboca en algo que él desea más íntimo y ella, de nuevo, huye de una posible relación. Durante años le acompañará el manuscrito de 'Al volver la esquina', una novela que detesta y se niega a publicar. De hecho, llegan incluso a existir unas galeradas previas a su edición. Las lee, no le gustan y no lo devuelve a José Manuel Lara, padre, que se queda sin su esperado best-seller. El libro solo aparecerá cuando el alzhéimer, cuyos síntomas empezó a sufrir demasiado pronto, le impida volverlo a rechazar.

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El insondable misterio Laforet. Hay una anécdota que suele contar Anna Caballé y que define muy bien su empecinado ocultamiento a la vez dirige una luz inquietante a su figura. A un periodista, en ocasión de un premio importante a una compañera de generación, se le ocurrió llamarla por teléfono para recabar alguna opinión. Laforet cogió personalmente el aparato –algo que no solía hacer– y espetó a su sorprendido interlocutor: "Hágase usted cuenta de que me he muerto". Todavía no había cumplido 70 años.

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