20 AÑOS DE LOS ATENTADOS DEL 11-S

Nueva York 11-S / Kabul 26-A: ¿de qué ha servido la guerra contra el terror?

  • La retirada de Afganistán cierra un capítulo de la llamada ‘guerra contra el terror’ lanzada por EEUU y sus aliados hace 20 años en respuesta a los atentados contra las Torres Gemelas

  • Algunas organizaciones yihadistas se han debilitado, pero el pulso está lejos de haber acabado

9
Se lee en minutos
Ricardo Mir de Francia
Ricardo Mir de Francia

Periodista

ver +

El 20 de septiembre de 2001, nueve días después de que cuatro aviones secuestrados por militantes de Al Qaeda se estamparan contra los símbolos del poder económico y militar de Estados Unidos, el entonces presidente George W. Bush compareció ante las dos cámaras del Congreso para anunciar la respuesta de su país al atentado terrorista más sangriento y espectacular de la historia, retransmitido en riguroso directo a una audiencia global.

"Nuestra guerra contra el terror comienza con Al Qaeda, pero no acaba ahí. No nos detendremos hasta que todo grupo terrorista de alcance global haya sido interceptado, frenado y derrotado", dijo el republicano. "Los estadounidenses no deberían esperar una batalla, sino una larga campaña como ninguna otra que hayamos visto hasta ahora", sentenció.

Aquel fue el inicio de la guerra planetaria que cambiaría el curso del siglo XXI, una guerra que continúa hasta nuestros días. Afganistán e Irak fueron invadidos. Pakistán, Yemen o Somalia se convirtieron en campos colaterales de batalla. Al Qaeda quedó seriamente debilitada, pero de sus cenizas nació el Estado Islámico y un sinfín de franquicias yihadistas que sembraron el terror más indiscriminado por el mundo mientras los países musulmanes en el ojo del huracán se desangraban.

Cerca de 387.000 civiles han muerto en estas dos décadas de contienda contra el extremismo islámico y 38 millones de personas han acabado convertidas en refugiados o desplazados internos, según los cálculos del Watson Institute de la universidad estadounidense de Brown.

Afganistán, un punto y aparte

Es tentador pensar que la caótica salida de Afganistán marca el fin de una era. Pero lo cierto es que no es más que un punto y aparte, como lo fue en 2011 la retirada de Irak. Estados Unidos ha dado por terminada la época de las ocupaciones militares para remodelar el mundo a su antojo, estabilizar ciertas regiones o exportar la democracia como punto de partida para entregarse al pillaje comercial. Pero muchos de los resortes que las pusieron en marcha siguen intactos. "Si te fijas en el número de tropas desplegadas en otros países para combatir el terrorismo, verás que no se han reducido significativamente ni se han trasladado a otras zonas. En muchos casos, han aumentado", asegura en una entrevista Anthony Cordesman, asesor de varios presidentes en materia de Defensa

"Lo que hay es un creciente foco en China y Rusia, pero eso no significa que EEUU se marche de Oriente Próximo ni vaya a reducir las capacidades que aporta a sus aliados". Los tentáculos estadounidenses están por todas partes, todo un reflejo de los beneficios que esta guerra ha tenido para su complejo militar-industrial. Abarcan 85 países, más del 40% de las naciones del mundo. En 79 países coopera en la formación antiterrorista de las fuerzas locales; en 41 lleva a cabo maniobras militares; en 12 tiene fuerzas de combate desplegadas y otros siete son bombardeados con cierta regularidad por sus drones, según un estudio del Watson Institute.

EEUU tiene programas antiterroristas en 85 naciones, más del 40% de los países del mundo

Y aunque el país haya entrado en una fase de repliegue aislacionista, más mental que real, no hay planes para una verdadera reformulación de la guerra contra el terror, por más que Obama, Trump y Biden se conjuraran en algún momento para acabar con ella. "Creo firmemente que la mejor forma de salvaguardar nuestra seguridad pasa por una estrategia dura, implacable, precisa y selectiva para golpear al terrorismo allí donde se encuentra hoy, no donde estaba hace dos décadas", dijo esta semana el presidente Joe Biden al dar por finiquitada la guerra en Afganistán en un discurso a la nación. "Es ahí donde residen nuestros intereses nacionales".

Drones y bombardeos quirúrgicos 

Dicho de otra forma, su país pretende apoyarse todavía más en los drones, las operaciones con fuerzas especiales y los bombardeos más o menos quirúrgicos para reducir al máximo los costes económicos y humanos de la contienda para sus fuerzas. La misma guerra teledirigida desde oficinas y búnkeres perdidos por la geografía estadounidense que se normalizó desde la presidencia de Barack Obama, a pesar de los miles de muertos civiles que ha dejado y la consiguiente munición que aporta al yihadismo para reclutar nuevos adeptos. No muy distinta a las torturas en Guantánamo o en la prisión iraquí de Abu Ghraib. Sus últimas víctimas inocentes cayeron el pasado domingo en Kabul: 10 miembros de una misma familia, siete de ellos, niños, alcanzados por la bomba de un dron que iba dirigida contra un presunto y potencial suicida del Estado Islámico. "Si algo ha aprendido estos años el liderazgo estadounidense es que el yihadismo está para quedarse", sostiene Cordesman. "No desaparecerá ni podrá ser derrotado mientras haya tantos países con gobiernos fallidos, economías débiles y problemas sociales profundos".

Más de 387.000 civiles han muerto y 38 millones han acabado como refugiados o desplazados

 

En estas dos décadas, sin embargo, sí hubo un momento para frenar la ascendencia del fanatismo religioso, llevado hasta su máxima expresión en el califato levantado por Daesh en amplias extensiones de Irak y Siria, un experimento de prodigiosa brutalidad que borró durante tres años las fronteras entre ambos países dibujadas por el colonialismo europeo. La primavera árabe comenzó en Túnez en el invierno del 2010, cuando un vendedor ambulante, Mohamed Bouazizi, se inmoló a lo bonzo para protestar por la confiscación de su mercancía a cargo de las autoridades.

Primaveras sin respaldo 

Aquellas protestas populares, lideradas inicialmente por la juventud urbana secularizada del mundo árabe antes de que los islamistas se hicieran con las riendas de la revuelta, dieron finalmente a Washington y Bruselas la oportunidad de fomentar los cambios que tanto tiempo llevaba reclamando con la boca pequeña. No hacía falta enviar tropas. Quizás hubiera bastado algo parecido a un Plan Marshall, en paralelo a una estrategia de presión convincente. Pero "el balance es bastante penoso", lamenta Jesús Nuñez Villaverde, codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria. "En lugar de ser coherente con sus propios valores y principios, Occidente optó una vez más por la defensa de sus intereses a corto plazo y ha seguido apoyando a impresentables como el Al Sisi en Egipto o al régimen saudí".

Salvo en Túnez, todo ha ido a peor. La contrarrevolución no fue televisada, pero sirvió para que las dos familias mal avenidas del islam trasladaran su vieja lucha por la hegemonía regional a las calles ahora bañadas de sangre del mundo árabe. Unos equilibrios que EEUU ya había trastocado al marginar a los sunís en Irak tras la invasión, unos sunís que tomaron las armas para unirse primero a Al Qaeda y luego al Estado Islámico de Abu Bakr Al Bagdadi. Un jeque que, como Bin Laden, acabaría siendo ejecutado. 

Siria se precipitó en una horrenda guerra civil que ha acabado perpetuando a la familia Asad en el poder con la ayuda de Rusia y el Irán chií. En Egipto, Al Sisi apuntaló su dictadura miliar con la ayuda de las monarquías sunís del Golfo. En Libia continúa la guerra de baja intensidad, después de que Estados Unidos y Francia se marcharan del país tras la caída de Gadafi. En el Bahréin de mayoría chií, las tropas saudís salvaron a la monarquía suní, mientras en Yemen luchan desde hace seis años contra los rebeldes hutis apoyados por Irán en otra guerra devastadora de nunca acabar. 

Y de ahí a la caída de Afganistán, nuevamente en manos de los talibanes, una regresión que podría convertir otra vez al país en un foco de reclutamiento y formación militar para el yihadismo. El mismo estatus que tuvo en los años 80, cuando EE UU y Arabia Saudí financiaron la guerra santa de los muyaidines contra los soviéticos. De momento su victoria ha sido celebrada en buena parte del orbe yihadista, desde Siria a Somalia, donde Al Shabab decretó tres días de fiesta para honrar la gesta de los talibanes. Esta vez los barbudos en Kabul no tienen ningún interés a corto plazo en que su país vuelva a convertirse en un santuario terrorista. Buscan la legitimidad internacional y pactaron con la Administración Trump que no permitirían ataques desde su territorio. 

Pero pocos dudan de que la onda expansiva de su hazaña tendrá un impacto psicológico importante para el salafismo violento, que está lejos de haber tirado la toalla. "Algunos indicadores recientes, como el número de atentados u operaciones en Europa Occidental durante el año pasado, revelan que el terrorismo yihadista ha perdido intensidad desde que el Estado Islámico fuera privado de su control territorial en Siria e Irak", apunta el analista del Real Instituto Elcano, Álvaro Vicente. "Los últimos atentados en Europa han sido cometidos por lobos solitarios, sin conexiones con organizaciones que operan en otros territorios y métodos poco sofisticados".

África, el continente más letal

Lo que no quiere decir que la furia haya amainado. Simplemente ha cambiado de fronteras. África es actualmente el continente más letal para el yihadismo. Y no solo las regiones con más tradición como el Sahel. En las costas de Mozambique, un centenar de militantes del Estado Islámico lanzaron en marzo una sucesión de ataques coordinados contra hoteles, bancos y otros puntos estratégicos de la ciudad de Palma, un ataque que duró varios días y dejó decenas de muertos. Es solo un ejemplo porque, según el American Enterprise Institute, diversos grupos de salafistas violentos, generalmente afiliados al Daesh o Al Qaeda, tratando de hacerse con el control de Mali, Burkina Faso, Nigeria, Mozambique y Somalia. En otros países, sus campañas entrar por el momento en la definición de insurgencias de baja intensidad, como sucede en Kenia, Chad, Libia, Argelia y la República Democrática del Congo.

Pero, en cualquier caso, el panorama es desalentador, como ha reconocido el Pentágono al admitir que muchos de sus programas antiterroristas en el continente negro no están funcionando. "No están cumpliendo los objetivos", dijo el año pasado el general Stephen Townsend, el jefe del Comando para África. "Tanto el ISIS como Al Qaeda siguen ganando territorio". 

Noticias relacionadas

Al final el yihadismo no deja de ser una corriente reformista frente al autoritarismo, la pobreza y la marginación de amplios sectores de la sociedad que impera en buena parte del mundo, por más que estén dispuestos a pasar a cuchillo a todos aquellos que no comulgan con su interpretación rigorista y totalitaria del islam. Y si algo han demostrado estos 20 años es que ni el fanatismo ni el hambre se curan a bombazos.

Imagen del segundo avión que se estrelló contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre del 2001.

Imagen del segundo avión que se estrelló contra las Torres Gemelas el 11 de septiembre del 2001. / SETH MCALLISTER (AFP)