TERRITORIO VINTAGE

El Molino: historias (desenfrenadas) de la Barcelona canalla

Actuación en el teatro El Molino, en 1991

Actuación en el teatro El Molino, en 1991 / JULIO CARBÓ

  • El cabaret, recién adquirido por el ayuntamiento, custodia la memoria del ocio popular, picantón y queer del Paralelo

  • Su actual desafío pasa por actualizar los viejos códigos al siglo XXI

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Abel Cobos

"En El Molino hay parte del alma del Paral.lel, y en El Molino y el Paral.lel hay parte del alma de Barcelona". Con esta declaración de amor, Ada Colau anunciaba la compra pública del edificio para evitar que "cayera en manos de un fondo buitre" y "salvar" la que fue una de las joyas de la corona de la época dorada de aquella gran avenida de la diversión. Según Elvira Vázquez, actual propietaria, esta compra servirá para "no desvirtuar" la esencia de un edificio centenario –que data de 1898– y que, desde entonces, ha crecido, evolucionado y madurado junto a la ciudad. 

"La historia de El Molino es la del Paral.lel", coincide Júlia Gutiérrez, historiadora del Arte y miembro de la asamblea del Teatre Arnau. Esta historia, por supuesto, incluye muchas otras: hablar de El Molino es hacerlo de ocio popular, de una Barcelona harta de censuras y con ganas de erotismo y sexualidad, de mujeres con mucho poderío, de una cultura queer cuando todavía no se conocía la palabra y de una Barcelona que ansiaba el destape. 

«Algo flipante»

"La primera vez que fui tenía 16 años, y era algo flipante", recuerda Joan Estrada, que, entre muchos otros títulos, fue director de El Molino en los 80. Para él, de los shows más icónicos que pasaron por el escenario fueron los de Mary Mistral, considerada la primera supervedette y reina del Paral.lel de los 60 y 70. "Yo sabía el truco de sus espectáculos y por eso escogía siempre la misma silla", confiesa. "Ella se apoyaba en un lado del escenario y se movía de tal forma que sus sostenes permitían que se saliera el pezón: desde mi asiento se veía todo". 

La Bella Dorita, reina del Paral.lel en los años 40 y 50.

/ Archivo

Esa imagen, sumada a los "fuertes perfumes de vedette" que llenaban la sala y a que el público estaba muy, muy cerca del escenario, convertían los shows en una experiencia multisensorial, donde el erotismo se veía, olía y hasta casi tocaba. Y, en pleno franquismo, con la censura invadiendo el 'mainstream', este subterfugio era el único contacto de muchas personas con su propio deseo sexual: "El Molino era misterio, las luces rojas, los carteles, los colores de la fachada, sabías que dentro se escondía de todo, y ese mundo tan desconocido te atraía". 

"El Molino era misterio, las luces rojas... Sabías que dentro se escondía de todo, y ese mundo tan desconocido te atraía", afirma Joan Estrada. 

Para Estrada, de hecho, este es uno de los aspectos que explican la decadencia posterior de El Molino. Cuando Franco murió y apareció el porno y el destape, ese misterio, ese erotismo prohibido, perdió su sentido. La fama de El Molino fue hija de su propio contexto, ya que era la única vía de acceso a esa anhelada y negada libertad. Cuando desapareció esa persecución, también lo hizo su magia.

Otra anécdota que ilustra esa tensión erótica que se escondía en lo prohibido de El Molino es la de "la luz roja". A través de un botón en la barra, cuando el encargado veía a los de la censura, "que ya tenía fichados·, activaba las luces rojas y, entonces, "pezón para dentro". Así, el Molino desafiaba la norma social establecida, "y eso lo hacía atractivo", rememora Estrada. 

Independencia femenina

También, para muchas mujeres, subirse al escenario era empoderante. "Yo en las vedettes del Paral.lel siempre he visto a personas fuertes, mujeres que traspasan los límites de lo que se considera la feminidad decente, capaces de expresar su picardía y sensualidad, con estatus e independencia económica". De hecho, incluso, Gutiérrez asegura que todavía hoy es fácil encontrar entre las vecinas del barrio muchas mujeres que pasaron por los escenarios del Paral.lel y que encontraron en la profesión de bailarina una vida de independencia. "Competían por demostrar su poderío con el mayor número de plumas y lentejuelas", bromea Estrada.

Aún hoy es fácil encontrar entre las vecinas del barrio muchas mujeres que pasaron por sus escenarios y que encontraron en el baile una vida de independencia

El Molino también deja un importantísimo legado LGTBI. En los espectáculos de variedades tenían desde travestís, trans y homosexuales, hasta mujeres cis, como Christa Leem, que apostaban por una estética explícitamente andrógina que desafiaba las convenciones de género con una ferocidad muy contemporánea y que enamoró a la élite intelectual de la época, como Joan Brossa o Ventura Pons. 

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La herencia del mamarracheo

Estas son, además, las claves que, según Gutiérrez y Estrada, debería tener la nueva etapa de El Molino: «Mucha memoria, pero hablando a las necesidades de hoy día». Los cabarets o shows drag que se organizan en el Apolo demuestran que los jóvenes quieren volver a vivir ese desenfreno de los 70, así que toca «actualizarlo, incluir, por ejemplo, transfeminismos, pero conservando la esencia», añaden. En resumen, un revival de ese mamarracheo cuya herencia sociocultural ha sido mucho más seria de lo que nunca se llegó a tomarse a sí mismo.

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